Relato del fin

María Sánchez, Fuego la sed, La Bella Varsovia, 2024.

Fuego la sed (La Bella Varsovia, 2024) es el relato del fracaso de un mundo. La historia es interrumpida y nos enfrentamos al riesgo de perder los lugares que conocimos. El punto de referencia es el pasado, la aldea de la que provenimos. Nos queda poco tiempo para asimilar el conocimiento del fin.

María Sánchez quiere narrar el instante anterior a la desaparición, cuando al fin recapitulamos. El agua es ese elemento mágico, la fuente de la vida. Ahora se vuelve escasa, las historias se cierran. ¿Qué existencia nos aguarda más allá de esta realidad? Quizás habitaremos un espejismo. Quizás la realidad será excesiva, sombra de sombra, fulgor de la existencia.

Se abre esta brecha en la historia y la poeta reconoce la necesidad de darle voz al mundo natural, recrear el lenguaje de la resistencia. Los animales hablan en versos, reproducen el murmullo de los siglos, enumeran sus reproches. Las mujeres entonan su canto, un silencio áspero, ardiente. No hemos sabido escuchar estos lenguajes. La palabra del hombre se ha impuesto sobre todas las demás. Ha ensordecido al mundo. El deseo de poder también es un deseo de lenguaje. Este deseo de dominación ha sacrificado nuestra convivencia, ha creado el desierto. ¿Qué haremos con el exceso de lenguaje de los hombres?

El poema es una invocación y un examen de conciencia colectivo. La historia es esa calamidad por la que el agua es pasado y el fuego es futuro, destino trágico, pathos, pesadilla. Asentimos a los equívocos del progreso. Reconocemos la inocencia de la naturaleza frente a los errores de la inteligencia, ese fruto prohibido del que comimos, el inicio de la desmemoria. La lucha por la existencia es también una batalla entre distintos lenguajes: el poder del hombre para nombrar todas las cosas antes de destruirlas, y el lenguaje sometido que solo se conoce a sí mismo. “Reclamamos el espejo”, dicen los animales. Ellos ansían deshabitar la prisión, reclaman el relato de las historias que no fueron escritas, los verbos que se estimaron superfluos, la canción de la sed frente al reflejo roto del universo, los pedazos de vida diseminados en otra dimensión. Somos pasajeros de la migración entre los mundos.

Seducción, casi

Si Sara Torres pretendía escribir una novela sobre la poética de la seducción, el arte de la conquista amorosa, el resultado no cumple las expectativas que podría generar este gran tópico literario. Una joven fotógrafa en invitada a la masía de una escritora veinte años mayor para realizarle un reportaje, albergando la esperanza de que surja una relación. Pero la escritora se muestra esquiva y la rehúye, sumiendo a la joven en una incertidumbre que deriva en la inseguridad y el auto odio, la ansiedad y la exacerbación del deseo. ¿Es posible alumbrar una pasión más grande mediante la negativa a consumarla?

La novela parte de una premisa atractiva que presenta la seducción como un proceso lento que favorece una cierta tensión existencial, la antesala quizás de un amor que nunca llega a nombrarse, como si las relaciones entre personas del mismo sexo debieran tener otro nombre. Pero en la mecánica del relato estas mujeres fluyen a la deriva de sí mismas, sin nunca llegar a encontrarse como personajes, y de ahí lo forzado del falso final feliz. La fotógrafa es egoísta, posesiva y está obsesionada con su propio cuerpo (a quién le interesan sus agobios). La escritora madura es una snob que se encapricha con la idea de poseer una muchacha a la cual dominar con el mismo aire de falsa sabiduría con el que apacigua a su perra o decora su masía, que parece sacada de un frívolo reportaje de interiores de la revista Vanity Fair.

Hay destellos aislados en la escritura de esta novela, pero el desarrollo parte de una serie de tópicos preconcebidos de la contracultura LGTBI. La relación entre las mujeres protagonistas no resulta creíble porque no se logra un grado suficientemente alto de verosimilitud literaria, y no siempre basta con desplegar una ideología o un canon cultural y académico comúnmente aceptado para hacer literatura. La preponderancia de las ideas y de la teoría constriñe el valor artístico del texto, sin dejar lugar para ninguna idea auténtica sobre el lesbianismo, sin dejar lugar para la poesía ni para el gozo.

O relato de rexeitamento

Berta Dávila, Os seres queridos, Xerais, 2022

No Preámbulo de Os seres queridos (Xerais, 2022) hai unha exposición do argumento dunha novela malograda sobre a maternidade e o duelo. Trataba dunha nai que acababa de perder o seu fillo e se mudaba coa súa avoa, unha muller que sufría demencia. Porén, esta novela de ficción non resultou. Así, Berta Dávila confesounos a súa propia crise creativa, o seu intento de rexeitar a escrita de autoficción. Este libro que temos nas mans non o quería escribir. Acabou por sentir vergoña e temor de falar sobre si mesma. Mais o libro acabou por existir e Os seres queridos é o mellor libro de autoficción na lingua galega.  

Despois deste exercicio metaliterario no que es expoñen as propias vacilacións fronte á escrita que se vai acometer, o relato do eu acaba por se impoñer en Os seres queridos. Nesta historia destaca sen dúbida o concepto da maternidade como violencia, non só debido aos efectos que provoca nos corpos das mulleres, senón tamén polo feito das censuras sociais. A narradora adquire unha sospeita sobre todo o que está vivo. A esterilidade convértese nunha promesa de repouso.

Pode existir unha alternativa, a simple renuncia. A narradora vai escribir o relato do rexeitamento do segundo fillo. E con esta mesma vehemencia por negar todas as cousas, o seu propio proxecto de escrita de autoficción esgótase, e xa non vai volver escribir sobre si mesma. Isto é o que ocorre en A ferida imaxinaria, o primeiro proxecto puramente de ficción de Berta Dávila que vén de publicarse neste ano.

El poeta ventrílocuo

Mario Obrero, Tiempos mágicos, La Bella Varsovia, 2024.

Hay libros a los que habrá que regresar una y otra vez para no perder el sentido de la revelación. Mario Obrero es el bardo visionario de unos Tiempos mágicos (La Bella Varsovia, 2024) que son la encrucijada del porvenir. Asistimos a la rapsodia del poeta ventrílocuo que versifica al dictado de un dios iracundo (iracundos son todos los dioses) que declama machaconamente el estribillo de la historia, una fábula ya concluida, una sonata política cuyas enseñanzas se nos habían escapado. El misterio es revelado en renglones torcidos, en cláusulas de luz.

No aprendemos, por eso las imágenes se suceden alucinadamente. Los ecos del pasado retumban en nuestros oídos. Venimos de ese abismo que se abrió en el 36. Ansiamos la salvación en la palabra, en la síntesis que produzca la reunión de las voces que se dispersaron por los caminos, que se ahogaron en las cunetas. El poema es un rompecabezas inscrito con letras de oro. Nos corresponde descifrar el sentido de los acontecimientos, pero el relato es una algarabía. No se ha perdido el rastro de lo divino, no, somos testigos de la palabra. Vivimos tiempos mágicos pero las verdades son susurradas en los callejones de la historia, entre sus desperdicios. El poeta es el rapsoda de la fábula nacional, hace suyo el relato mágico que persiste a través del tiempo que a su vez insiste en torcer los sentidos. Su tarea es manifestar lo indecible, abrir un reguero de luz que salve a España de su memoria, del martirio que oculta los senderos. Por eso el lenguaje se resquebraja. Estos son los fragmentos de los ecos aterrorizados de un destino que ya se consumó. Este mandato vive en la memoria del presente, en todas las ideaciones que proyectamos. Estamos ya en un país que no se recuerda a sí mismo. La voz poética lucha por hacer inteligible un secreto impensable.  

Hemos presenciado un acto de seducción muy voluntarioso. La palabra del dios hastiado de olvido. Una confusión de lenguas nacionales. Un requerimiento de pureza. La ofrenda de una inteligencia nueva. El relato de esta vieja luz que ha nacido.

As casas que non existen

Berta Dávila, Illa Decepción, Editorial Galaxia, 2020

Illa Decepción é unha novela sobre a necesidade de pensar as casas nas que vivimos. A súa estrutura dual dividida en dous narracións independentes reflicte ese interese por contrastar cada fragmento da realidade co seu espello. Quizais esa mesma realidade que cremos habitar está poboada polos soños. “Algunhas casas” comeza coa procura da casa da infancia en Santiago, a casa do pai. Hai unha casa na que todo comeza e todo acaba, un espazo sagrado. A narradora ten a teima de revisitar a súa propia historia. A partir desta narración xorde o protagonismo da casa dos avós na praia no seu imaxinario. Non queda tanto tempo, quizais, para explicarse as cousas.

Nas costuras da novela incial, “Algunhas casas”, xorde un relato paralelo, o seu dobre narrativo, “Illa Decepción”, onde esta mesma narradora se proxecta nun escenario virtual, a illa do videoxogo Beautiful Island, onde haberá de construír unha casa propia. Están as casas da memoria, está tamén esta nova casa nunha realidade alternativa. Habitamos espazos que non existen, que se perderon noutra dimensión do tempo, que fican instalados na imaxinación. Memoria e imaxinación son, así, os eixos fundamentais da novela.

Esta estrutura narrativa simétrica préstase á articulación dun interrogante ontolóxico. Se a realidade é un tecido, e este tecido pode pregarse como un pano da mesa, é posible atopar o noso espello nun outro espazo-tempo remoto. Velaquí o misterio do dobre que fascina á autora. A revelación de afinidades nunca imaxinadas. Toda manifestación no espello é unha revelación. Esta mecánica do real pola que se manifestan simetrías e correlacións entre cousas dispares constitúe unha linguaxe única. Esta é a linguaxe do universo, o pergameo cuántico da Historia.

O xogo da novela consiste nesta contraposición entre instantes diferentes da escrita. Os capítulos de “Illa Decepción” foron escritos durante o confinamento. O mundo no que se interesa a narradora é virtual, en contraste co estudo da memoria das casas nas que viviu. O feixe de postais atopadas en Marsella posibilitan pensar unha nova dimensión das casas, a do soño e a imaxinación. Quizais sempre estivemos a habitar as mesmas casas que non existen.

A casa na lúa

“Sempre estaremos xuntas, verdade, Constance? Onde pode haber un lugar mellor ca este para nós? Quen nos quere, aí fóra? O mundo está cheo de xente horrible”.

A casa dos Blackwood está protexida polo feitizo, pola memoria dun crime nunca resolto. Rinoceronte Editora vén de publicar Sempre vivimos no castelo, unha das novelas máis populares de Shirley Jackson. Hai un mundo estraño a medrar máis alá do valo. Coñecemos os rituais de dúas irmás para se protexer da crueldade da vila, para facer do seu fogar un castelo, para paralizar o discorrer da Historia. Constance, o tío Julian, Merricat e o seu gato Jonas viven illados na vella mansión. Só a chegada dun intruso pode romper o encantamento.

Seis anos atrás o resto da familia morreron envelenados. Sospéitase que alguén puxo arsénico no azucreiro. Constance foi absolta ante a lei, pero na conciencia da vila continúa a ser unha asasina. A súa irmá máis nova Merricat trata de protexela. A súa convivencia na illada mansión é preciosa. Constance encárgase de preparar pratos deliciosos. Merricat consuma os seus rituais no xardín. Enterra unha caixa con dólares de prata. Crava un libro nunha árbore do piñeiral. Repite para si mesma as súas palabras máxicas: MELODÍA, GLOUCESTER, PEGASO. Ninguén deberá romper o encantamento da vida illada de dúas irmás na súa mansión.

Un día de tormenta o curmán Charles Blackwood aparece coa vontade de dominalas. O feitizo está a piques de romper. Un intruso trouxo os cambios, a mudanza nos afectos. O corazón da casa deixa de latexar. Está a piques de se inaugurar o goberno do novo patriarca. Os ciclos da existencia ameazan con repetirse, esa absurda monotonía de facerse maior, a destrución da infancia feminina na súa eternidade perfecta. Merricat precisa practicar un lexítimo ritual de expulsión do novo patriarca. Hai que ser quen de preservar a fábula, os despoxos da propia herdanza, a maldición de dúas irmás para defender o seu mundo. Quizais todo o tempo estivemos a falar dunha pantasma.

A lóxica da beleza

Berta Dávila, Carrusel, Editorial Galaxia, 2019

Carrusel é a primeira novela de autoficción de Berta Dávila, un relato da progresión dunha muller ao longo da experiencia da enfermidade mental e da perda dun embrión. A escrita é, pois, un xeito de ensaiar maneiras de existir no mundo. De domealo. Esta autorrepresentación é o signo da existencia. Fóra da palabra non somos máis ca unha sombra, unha posibilidade que non se cumpriu. Escribir é quizais tamén desprenderse das historias superfluas que esborranchan o destino. O significado está nos detalles, nesa matemática do real onde as series numéricas conectan facendo unha serie de liñas recta que nos proxectan ao infinito.

Nesta escrita dunha mesma, as labores do espírito expándense. Precisamos pescudar o significado exacto das cousas, dos obxectos anódinos que nos arrodean no percorrido misterioso das nosas vidas. Hai unha ciencia exacta detrás de cada acontecer, eses son os elementos da novela. A escrita apréciase como xogo, rito iniciático, compás do porvir que atravesa as nosas xeografías, os nosos medos e máis os soños. En Carrusel asistimos ao estabelecemento dunha poética, dunha teoría da novela, dos principios da escrita de Berta Dávila.

Aparece unha conciencia da percepción como ferramenta que atravesa a realidade para desvelar as súas imposturas. É necesario facer un exercicio de estrañamento, pescudar esas leis non escritas que explican a mecánica dos corpos. Hai unha liña recta que nos conecta co noso pasado. É tamén o percorrido do destino, unha viaxe ineludible. A escrita amosa unha vontade de superar as aparencias e achegar o ollo ao envés intelixible da Creación, a esa matemática perfecta na que se fundamentan todas as cousas. As caixas de música reflicten esa idea de perfección, a dedicación e o encanto da bailarina, as matemáticas da circunferencia, quizais o número cero, o ermo, o instante de silencio absoluto que precede á palabra, o nomeamento de todas as cousas que nos importaron.

Nas novelas de autoficción, a mirada artéllase en base a unha intelixencia dual. Dunha banda, a vontade de traspasar a fina lámina da realidade, de adquirir un coñecemento do mundo. Doutra, unha dedicación á indagación nunha mesma. O encanto de xirar no carrusel, de progresar nesa espiral da existencia, a intuición de todas as orixes, dos finais, a satisfacción de saberse perdida, de aceptar esa destrución do ser, esa liberdade, a caída nas portas do Paraíso.

A crise nun vencello que se considera vital para a existencia, neste caso a relación co tío Carlos, ou a ameaza desa rotura, da deformación das memorias atesouradas daqueles escenarios que nos marcaron, esa é a rompente do trastorno. A experiencia da infancia no carrusel é o escenario do soño, ese carrusel que se converterá en metáfora da experiencia do mundo, dese esforzo por acadar a comprensión de todas as cousas, tamén das roturas nas vidas que quixemos. Esas perdas, esas ausencias, están na orixe da enfermidade, do dano que se transmitiu no ADN, esa aparición do cabalo negro do carrusel, o rastro da maldición, o círculo infinito, a repetirse.

Ese circuíto infinito que é a marca da enfermidade é tamén o sinal da graza. A necesidade de repetir os propios rituais, de afondar nas obsesións, de comprender a orde no mundo. Esa enerxía do mercurio, o elemento desta autoficción, ese esforzo por comunicar os rastros incomunicables da experiencia, é o signo do xenio de Berta Dávila como escritora. Porque todo está na escrita: o soño e máis a súa tradución simbólica, a palabra que é xerada nese eixo, na roda dos tempos, na cruz do pensamento. A escrita é esa vontade de conectar os tempos da existencia, de recuperar o que se perdeu no quebrantamento da conciencia.

Houbo experiencias que explicaron o futuro, é preciso atopalas, mergullarse na memoria, nos fragmentos interrompidos do significado. Vivimos nun tempo que non se explica a si mesmo. Esa é a tarefa da literatura, da arte: a narración dun presente complicado. A vida empeza a ser entendida como xogo, como crebacabezas, como neurose. Escribir novelas é a única ocupación posible. A Historia rematou, e todo o que fica son os anacos, as instantáneas dunha paixón recobrada, o intre da transfiguración.

O carrusel é ese ensimesmamento transcendente, ese entresoño polo que comprendemos o pasado e o futuro, a revelación da vida a escribirse nun presente infinito, todos os designios a facerse aparentes no momento do seu cumprimento. A literatura recolle esa mesma experiencia a repetirse na circunferencia, na fronteira precisa entre o que ficou e o que xa non está. Esa é talvez a ensinanza do mercurio, a comprensión das dobraduras do espazo-tempo, das recorrencias, da serie infinita de transformacións que están na orixe do mundo, a matemática precisa das historias, o noso encaixe na fábula da Creación.

A escrita é para Berta Dávila a mecánica do ser, o código que transcribe as matemáticas da existencia. A palabra permítenos habitar o mundo, poñer orde, apañar o lume do entendemento e proxectalo na literatura, nesta vida escrita, a vida que é vivida no seu relato, nesta autoficción que revela e agocha a experiencia da escritora, que nos descobre a nosoutras mesmas sen traizoar o segredo.

O fogar é ese lugar onde avellentamos, onde fuximos de todo salvo da comprensión de nós mesmas, da capacidade de nos redimir simplemente quedando quedas, sempre a xirar nun mesmo carrusel, o tren que non se colleu, que marchou porque precisabamos despedirnos da novidade, deixar marchar o tempo, renunciar a todas as cousas e ficar en soidade dando voltas na mesma casa en cada estación, na estación da paixón e na estación do dó e da preparación para a morte.

Belleza derramada

Guadalupe Nettel, La hija única, Editorial Anagrama, 2020.

Laura vive su no-maternidad con un fervor evangélico, está convencida de que no debe multiplicarse. Quiere ser libre, vive atada a su escritura. Quiere hacer algo por ella misma. La tientan los viajes interoceánicos, los contrastes entre culturas, la búsqueda espiritual.

Cuando regresa a México, su amiga Alina se queda embarazada. Laura decide involucrarse. Su compromiso emocional se incrementa cuando llegan las malas noticias, en el octavo mes de gestación. El bebé, Inés, padece una microlisencefalia. Su diversidad neurológica es debida a la mutación de un gen en el cromosoma 17. Quizás el destino estaba escrito en las estrellas. La discapacidad es una prueba moral de la que no todas las familias salen airosas. Es una oportunidad de desarrollar la fortaleza del espíritu, de alumbrar una nueva dignidad en la existencia. En los cuidados a las personas dependientes no hay ganancia ni promoción, solamente hablamos de una potencia del alma. Entregarse y perderse en el otro, la familia como contrapeso a los valores del mundo.

Hay tantas oportunidades para que una mujer ejerza la maternidad en nidos ajenos. Laura observa el nido que unas palomas han construido en su balcón. La cría es un pajarito feo que no se parece a sus padres. Las palomas cuidan y alimentan a este pequeño cuco como si fuera propio. Se trata de un caso de parasitismo de puesta. Ocurre algo parecido cuando Laura se ocupa del hijo pequeño de su vecina Doris, un niño traumatizado y difícil cuya madre renuncia a la crianza. Involucrándose en diversas redes de cuidados, Laura experimenta una vivencia alternativa de la maternidad que está de acuerdo con las condiciones que ha establecido para su propia existencia, su decisión de no traer nadie a este mundo porque ya se ha derramado demasiada belleza. Nos abruman las existencias sorprendentes de seres únicos que no son queridos por nadie, que aguardan nuestro gesto de compasión, nuestro compromiso.

Trama y trauma

Charles Dickens, Grandes esperanzas, (1861), Alba Editorial, 2010.

En Grandes esperanzas (1861), de Charles Dickens, el poder de las tramas que atrapan a los personajes, principalmente Pip y Estella, es una parte fundamental de la estructura narrativa. El poder opresivo de estas tramas actúa como parte indispensable de la crítica social. Las tramas que oprimen a los desclasados son hiladas en opulentas mansiones decadentes como Satis House, el centro de las telarañas. La boda de Miss Havisham ha sido suspendida en el tiempo. Los relojes de la casa marcan siempre las 8:40 horas. El romance ha sido pospuesto hasta la tumba y más allá, el suyo es un corazón desintegrado en la nada. Por obra del designio de Miss Havisham, Estella debe endurecer su corazón, poner en efecto una venganza sobre el amor de los hombres.

El joven Pip al inicio de la historia está poco preparado para dilucidar el poder de las tramas en las que se ve envuelto. Dickens despliega el arte de la autobiografía como lectura del mundo de un narrador en primera persona que vuelve una mirada irónica a los ideales románticos de su juventud. Asistimos, como en tantos bildungsroman, a la construcción del relato de uno mismo a partir de los propios errores, el aprendizaje que sucede a las equivocaciones, que se establece en la aceptación final de la propia sombra, el doble maldito que ejecuta nuestros designios más oscuros.

Para ser vivida, la vida ha de ser reinterpretada una y otra vez a la luz de la temblorosa bujía del entendimiento. Pip crece entre dos mundos, entre la fábula y la modernidad. El futuro le pertenece, en el siglo diecinueve se despliega la odisea del Capital, un relato con el poder de transformarnos, quizás, en lo que nunca fuimos.

Miss Havisham acabará por reconocer que ha destrozado la vida de Pip. Quizás, también, ha alentado su progreso, quizás le ha empujado a descubrirse a sí mismo como adulto. El río Támesis serpentea entre el barro de los marjales, a resguardo de la niebla. Quizás es una metáfora del destino, de las esperanzas dudosas. Quizás los páramos se mostrarán un día libres de las cadenas, de las pisadas de los presos, de la desolación.

Charles Dickens escribió Grandes esperanzas hacia el final de su vida, pero la obra está basada aproximadamente en la época anterior al inicio de la era victoriana, alrededor de la década de 1820, en un tiempo paralelo a la propia niñez del escritor. Pip ansía convertirse en caballero, y Dickens se permite reflexionar quizás sobre sus propias humillaciones de la infancia, su propia oportunidad en una sociedad cuyas férreas barreras sociales se empezaban a reblandecer. Grandes esperanzas refleja la transición entre la era pre-industrial y el origen de la modernidad y de la era del capitalismo.

La movilidad social es el gran tema de los bildungsroman del siglo diecinueve, y en muchos casos este ascenso del héroe dependía de su alfabetización, de la oportunidad de recibir una educación que le distinguiera del resto. En su infancia y juventud, el esfuerzo de Pip por “leer” sus circunstancias frecuentemente se ve deformado por su imaginación, por la fantasía que se ha derivado de su sensibilidad privilegiada. Cuando, tras su primera visita a Satis House, Pip descubre que no es más que un niño campesino, se produce su expulsión del paraíso y su pérdida de la inocencia al tiempo que ansía convertirse en un caballero en Londres y conquistar a la inaccesible Estella.

Pip abandona su puesto de aprendiz en la forja de Joe, se muda a Londres con unas perspectivas inciertas y trata de reprimir la memoria de su pasado, su sospecha de los orígenes dudosos de su fortuna, la vergüenza de la clase a la que pertenece su familia. Su redención no se produce hasta que por fin se reconcilia con Magwitch y comprende la sencillez y grandeza de Joe, al tiempo que acepta la disciplina y el trabajo de la ética burguesa de la clase media comerciante que pasa a integrar. Para redimirse, deberá depender solo de sí mismo. La ventura capitalista de su época se convierte en su destino manifiesto. El trabajo es a la vez su condena y su liberación. 

Frente a este ideal burgués que se iba estableciendo para sustituir al delirio del Antiguo Régimen, Joe, el herrero inocente aunque incapaz de actuar más allá de su forja, inútil cuando era preciso poner orden en los asuntos domésticos y proteger a Pip de las violencias de su hermana, aparece como el último habitante de la fábula, justo antes de la llegada de la alienación de la modernidad. Parece que la solidez de los lazos familiares se desvanece, y que cada quién debe sostenerse por sus propios medios. Asistimos a la eclosión del capitalismo burgués. Solo nuestro propio esfuerzo nos pondrá a salvo de nuestros progenitores.

Desde su infancia, Pip anhela escapar de su experiencia de abuso doméstico mediante una proyección romántica, pero la violencia de su deseo supone que esté dispuesto a asociarse (de modo inconsciente) con el submundo criminal con el fin de garantizar esta huida. A lo largo de su juventud se esforzará por reprimir el conocimiento de esta culpa respecto a los verdaderos orígenes de su fortuna. Las tramas reprimidas ocasionan el trauma, que solo será curado al desanudar todos los hilos.

El propio relato que hace Pip de su huida de la miseria integra los hilos retorcidos de las tramas que otras personas han diseñado para su vida por capricho. Cuando consigue poner en marcha el negocio del que finalmente dependerá su salvación, lo hace como un gesto de generosidad desinteresada para con su amigo. No es hasta el final de la novela que ha adquirido suficiente sabiduría para desvelar los hilos ocultos que originaron el trauma compartido por Estella y por él mismo. Trama y trauma parecen complementarse en un juego de espejos. No lograremos liberarnos de la culpa hasta que no seamos capaces de hilar finamente todos los hilos de nuestro propio destino, también aquellos que conectan nuestras aspiraciones y sueños, la pesadilla de los orígenes, nuestra realidad y nuestro presente.  

Dueña de sí

Elisa Victoria, Otaberra, Blackie Books, 2023.

Renata, la protagonista de Otaberra (Blackie Books, 2023), se recluye en su casa para exorcizar su trauma por medio de la escritura. El detonante tiene lugar a partir de la grabación de un reportaje sobre el trabajo en su laboratorio. Ella, que es consciente del coste moral de las rutinas laborales intrascendentes, se ve obligada a observarse a sí misma a través del objetivo. Son las 16:04, una hora propicia para fundirse dentro de su propia conciencia y buscar la perfección. Este es el momento en el que observa el vídeo de su entrevista, y decide registrar el instante en que parpadea en una grabación con su teléfono móvil. Esta imagen del parpadeo, reproducida hasta el infinito, la desubica. Se encuentra ante un portal, el instante propicio para la escritura.  

A partir de este momento, ya en la Segunda Parte de la novela, la historia de Renata es el resultado de su propia reescritura de su trauma, de su traslación al papel de una violencia asumida en la adolescencia como parte inseparable de la existencia. Este ejercicio de introspección la impulsa a bucear en su propia historia, reproduciendo sus insatisfacciones en el amor, su precariedad laboral de la juventud. Su esfuerzo creativo es fragmentario, incide en las rupturas, en la búsqueda de esos estados liminales por los que asomarse a una comprensión más valiosa de sus vicisitudes vitales. Renata precisa disociarse, multiplicarse en voces distintas en el teatro de títeres de su imaginación para asumir esa contaminación de su ser que ha producido Eusebio, el malogrado amigo de su juventud. Quizás sea posible escribirlo todo, hasta lograr la redención.

Así Renata inicia una búsqueda, a través de la palabra, de la posibilidad de una refundación de su propio ser, también de la afirmación de la propia pureza, ese reducto vacío e intachable de la propia inviolabilidad. Así llega a descubrir, en el término del libro, otra imagen de sí misma muy distinta de aquella grabación en su entorno de trabajo: una Polaroid que le habría hecho Eusebio que sí dice la verdad sobre ella misma. Hay también un cromo, el número 23 de un álbum de Robin Hood, que la redime de todo mal. Reproduce el encuentro entre Lady Marian y Skippy en la película de Disney de 1973. Este cromo es un símbolo de lo que nunca llegó a suceder, esa esperanza inquebrantable en la propia inocencia. Otaberra no es tanto el relato de la culpa de la protagonista por no haber evitado el suicidio de su mejor amigo como la afirmación de esa misma renuncia a la actuación que distingue a Renata. Hay una privacidad en los tormentos que ha sufrido a lo largo de su vida y que la impulsan desvelar su trauma a través de los poderes de su imaginación.

Elisa Victoria ha escrito una novela críptica que oculta sus líneas narrativas maestras, como un jeroglífico. No es una historia novelesca fácilmente asimilable, sino que incide en el desconcierto, como una partitura para los iniciados. Hay un esfuerzo por descifrar lo innombrable. Hay un esfuerzo por lograr la comprensión de un mundo endemoniado que nos sustenta, alimentándonos. Hay pecados, faltas, que transforman la existencia de quienes se ven obligados a hacer de testigos desde la inocencia. Eusebio nos violenta con la exhibición de su naturaleza, con su insurrección. Quizás no es posible cambiar lo que sucedió, pero sí mejorar nuestro entendimiento. Hay un profundo reposo que se instala en la aceptación de las cosas verdaderas y en la negación de las falsas. 

Otaberra es una novela de ideas políticas, no es un pastiche emocional. Su lectura nos impulsa a reflexionar sobre las violencias invisibles ejercidas por el consenso social. Hay maldiciones, tabúes, rituales siniestros por los que nos hacemos adultas o quizás somos destruidas en el proceso. Cabe preguntarse si la violencia del juicio dará lugar a la compasión y la empatía en la sucesión de procesos históricos. Este es uno de los grandes temas de nuestro tiempo, el debate sobre los límites del puritanismo.

Las décadas de los ochenta y los noventa aparecen aquí como escenario donde se reproduce el mythos romántico, la repetición de un nuevo ciclo de utopía y represión. El año 1989 es un portal desde el que asistir a un nuevo sacrificio. El año 1981 se repite incesantemente en los diarios de Eusebio recreados por la imaginación de Renata. Al terminar el libro tenemos la sensación de que se nos ha comunicado algo valioso que tal vez haya pasado desapercibido. La conciencia ha hilado un hilo que nos ha conectado con el abismo oscuro del que procedemos. Hay una suciedad en los cuerpos, un espanto en la condena de estar viva. También hay una gracia en la felicidad de saberse, finalmente, entera, dueña del propio ser.