
László Krasznahorkai (Gyula, 1954) es un autor profundamente filosófico. En esta su última gran polifonía apocalíptica las oraciones se extienden sin aparente fin y el lector se sumerge en la mente coral de un pueblo condenado al desastre entre una sintaxis laberíntica. En 2024 apareció en español El barón Wenckheim vuelve a casa (Acantilado, traducción de Adan Kovacsis), novela que el propio autor presentó como su testamento literario y la culminación de una tetralogía que estaría compuesta también por Satantango, Melancolía de la resistencia, Guerra y guerra.
La novela narra el regreso imposible (no podemos, quizás, recuperar el pasado) del barón Béla Wenckheim, un aristócrata húngaro de sesenta y cuatro años y evidente deterioro vital, para recluirse en su ciudad natal de provincias en Hungría después de su exilio en Buenos Aires, lo cual es interpretado en la ciudad como un acontecimiento mesiánico. Todos ven en él al redentor que traerá la salvación económica y simbólica, esto es, el sentido, a una comunidad afectada por los estragos de la modernidad tardía, entre los que se incluyen la corrupción endémica del Estado, el surgimiento de fuerzas paramilitares, la crisis de los refugiados, la desigualdad y la pobreza. Mientras, el barón, que en realidad está arruinado, solo sueña con reencontrarse con Marika, su amor de juventud. El choque entre el delirio colectivo y la patética realidad del barón, un falso mesías, desata una espiral tragicómica que desemboca en el apocalipsis de esta pequeña ciudad, entre notas de humor negro y una belleza desolada y casi mística.
El barón Wenckheim vuelve a casa es también una meditación brutal sobre el vacío espiritual de la modernidad tardía en su deriva ultraderechista, en la Hungría de Víktor Orbán y en Europa y Occidente, y la ambivalencia de la esperanza mesiánica en el final de la historia. Hemos perdido, quizás, nuestro hogar en el mundo, y este es el síntoma que descubre el nacionalismo. El pueblo húngaro es para Krasznahorkai una metáfora del derrumbe y la corrupción total, un síntoma de la entropía por la que nos dirigimos al límite de nuestra finitud.
Krasznahorkai utiliza su característico estilo de frases larguísimas para transmitir la sensación de la necesidad de extendernos hasta la última posibilidad de nuestra existencia confrontada, en una situación social de catástrofe permanente, con el anticipo del Juicio Final. La prosa avanza como materialización de una temporalidad heideggeriana, pero donde Heidegger veía esa misma finitud del ser como posibilidad y apertura, para Krasznahorkai solo es la constatación de la desesperanza. En este sentido el personaje del Profesor funciona memorablemente para articular la filosofía del autor, esa propuesta de que somos esencias transcendentes finitas, ese nihilismo que actúa como una estrategia de purificación espiritual. La misma purificación que produce la visión del zarzal de la ciudad ardiendo, una imagen bíblica que trae la única esperanza de redención en toda la novela.
Krasznahorkai produce el retrato de la condición del hombre europeo en una sociedad en decadencia, a la intemperie, en plena guerra del hombre contra el mundo, una Europa que ya ha consumido su discurrir histórico y se revuelve en un tiempo presente que se revela como colapso. Es esta una de las visiones más lúcidas, oscuras y estremecedoras de la literatura del siglo XXI, que nos presenta como uno de sus mayores logros la representación de la propagación del mal en el seno de las sociedades en el fin de la historia.








