
Los poemas de A la orilla de un pozo (1936) anuncian “una aurora de líneas”, el inicio del devenir poético de Rosa Chacel siguiendo el estilo que alumbró junto a Alberti: la forma clásica del soneto para contener las imágenes inusuales, irónicas, propias de la era del surrealismo. Comienzan a aparecer las temáticas que definirán el conjunto de su poesía: la matriz del arte, el misterio de su generación, y la importancia de la forma. El propósito de todo este andamiaje es descubrir la Verdad, la cifra exacta del verso.
Su poema a Pablo Neruda anticipa lo que ella considerará el deber sacro del poeta; de la composición ha de brotar un aliento aprendido, ensayado, pero profundamente subjetivo y enraizado en el ser. Su soneto a María Zambrano refleja los fundamentos de su estilo. A la vez que exhorta a su amiga a crear, nos anticipa que el amor es la fuente de toda estética, y sus herramientas son la memoria frente al oscuro proceder de la historia y la observación cuidadosa de una realidad impregnada de pasión.
La contemplación de este amor que subyace a todo lo real motiva la composición de los poemas. Es el amor su fundamento estético, por eso una gran parte de los sonetos están dedicados a sus amistades, para resaltar estos vínculos afectivos de la palabra. Pero otro elemento primordial es la oración, esto es, la reflexión íntimamente desgarrada, esa confianza en los procesos ocultos del ser, en las revelaciones que surgirán en el poema. Son estas revelaciones poéticas pequeños nudos o lazos que se van atando a la conciencia para deshacer la dispersión. Hay un propósito místico que se pretende conseguir con la versificación, una búsqueda de la Verdad que no puede darse si no es por un método exacto. La métrica es, pues, la mecánica de la revelación, y la imaginación su contenido.
Todo este empeño místico se proyecta en esa fertilidad genesiaca de la composición. La escritura implica, pues, una elevación del espíritu que no se produce solamente en momentos puntuales, sino que imprime con su ritmo iluminado toda la entera extensión del texto. A lo largo de A la orilla de un pozo se va estableciendo esta prisión de la forma, que más tarde en su carrera, por sentirse encadenada a ella, la llevaría a tratar de prohibir sus versos, y finalmente a escoger el título de Versos prohibidos para su colección posterior.
Este magisterio de la forma no puede darse si no es por la agencia del eros. El eros, o la fuerza primigenia del deseo, es la manifestación de esa voluntad de conocimiento de la Verdad pura. Solo conociendo y fijando esta verdad puede el verso aspirar a la permanencia. Esta es la “Afrodita Semántica”, el poder trascendente del amor por el lenguaje, este “filológico afán” no es sino el amor a la palabra.
El valor hermético de sus versos ya desde A la orilla de un pozo viene dado por un lado por la precisión de la forma y el cultivado irracionalismo del contenido, y por otro radica en el hecho de que el motivo de la escritura de estos poemas se basa en circunstancias personales de las vidas de los distintos amigos a quienes están dedicados, de instantes concretos de su relación con la poeta que a veces pueden ser explicados por la crítica pero otras yacerán en relativa oscuridad. Es esta, pues, una poesía de la experiencia, de la vida vivida y sentida como afecto humano tanto como de la forma más artificiosa. En esta combinación de valores antagónicos reside su genio.
En Versos prohibidos (1978) nos encontramos con una poesía de imágenes, encarnaciones del ser en la palabra, verbo siempre realizado en su forma, con una fiel voluntad de trascendencia. La tensión mística articula muchos poemas, entre ellos aquellos, como “Encrucijada”, en que se produce un lamento hondo por el pecado, que no es otra cosa sino el error. La biografía propia se entiende como un camino en el que hay desvíos y nuevas perspectivas por las que reencontrar la senda perdida. Curiosamente, este poema de desvíos no mantiene la forma clásica. Por otro lado, en “La ventana que da sobre la muerte”, la muerte no es sino la supresión de la palabra, la ausencia del aliento vital para nombrar las cosas, la fuente de la creación reducida al olvido.
Un tema fundamental de la escritura de Rosa Chacel es el elogio del arte, vehículo de la forma según medidas exactas, cifra del acertijo. Hay algo que hermana las obras artísticas con una ley superior, son un fruto divino o, quizás, el reflejo de una idea que el Dios ya olvidó y el artista se esfuerza por retener. Además, la poeta se rinde ante los oscuros artefactos de la inspiración: esa “canción nocturna” trascedente que ilumina el verso en “Mariposa nocturna”, un poema que es una oda al terror místico, aquella tensión enigmática necesaria para la escritura que dota de verdad a la palabra.
La mitología produce un consuelo ante las pequeñas desavenencias y sinsabores de la biografía material. En “La ausente”, el desconsuelo amoroso se transforma en el papel en una afirmación del yo. La poeta es Perséfone, su irrupción en la vida de su marido se cuenta en un relato que enfatiza su radical soledad y su creatividad genesiaca a un tiempo. También hay poemas –como “La culpa”, que subraya la temática de la violencia de los humanos contra el medio natural y los animales–, que se convierten en una oda a los misterios de la noche. Porque en esa oscuridad hallamos el pálpito, quizá un temor o un presagio que alumbra el poema. El grito de los hombres en el ocaso es también aliento, y el aliento verso consumado. De ese terror surge el poema, de esa íntima desavenencia con la creación. Son estos poemas que, partiendo de las excusas que propician su redacción, vuelven una y otra vez sobre el acto creativo.
Quizás el poema central de su vocación sea “Apolo”, que describe, como un rito iniciático, la visión de la estatua de Apolo en la Academia de Bellas Artes de Valladolid cuando era una niña. A partir de ese encuentro con la estatua se le revela el mandato de su vocación, una norma por la que la Verdad solo puede conocerse por estricta obediencia a los preceptos de la Forma. Es así que el clasicismo se anuncia a sus ojos infantiles con las luces de una epifanía. Esta es la ley de sus poemas, el linaje de sus versos. Conviene aferrarse al estilo cuando la alternativa es la caducidad, el tiempo y la muerte.
Esta belleza promete fidelidad en un mundo donde todo fluye: el dolor, la esperanza, los avatares de la historia, incluso los lugares. Pero esa imagen prefijada en la noche presagia la permanencia: “La oscuridad delata tu pureza”, escribe Chacel en “Belleza en Nueva York”. Y nos encontramos, pues, de nuevo, con esa oscuridad de la que brota el fermento artístico. El poema es, finalmente, eternidad. Porque cuando el mundo haya pasado, el verbo permanecerá. La existencia se resuelve así como forma, pues solo en la forma es posible trascender.
Este tema de la creatividad artística es frecuentemente representado como una alegoría de la primavera, con su ardor genesíaco por el que brota el aliento, despiertan los campos y se encarnan la pasión y la belleza. Son frecuentes los poemas en los que introduce personajes de su obra de ficción, pues de eso se trata, de reflexionar sobre las imágenes. De exaltar la lógica de la cifra enigmática por la que surge un mundo. Es esta la magia del número, de la fórmula exacta, esta es la palabra que se fija por siempre en la eternidad.
También son numerosos los poemas que reflejan una crisis personal, normalmente articulada en términos de un pasado añorado y un presente que implica una pérdida. El tiempo es, pues, el vehículo que articula la añoranza y el desconsuelo. El tiempo debe hacerse responsable de la soledad a la que nos dirige la espiral del presente que se vierte en la oscuridad del futuro. Pero solo hay ojos para el pasado, para las ruinas de un momento vivido como más auténtico, más pleno, más vibrante.
En los “Sonetos de circunstancias” vuelve a fijarse en las personas que le rodean. La crisis de su matrimonio, por ejemplo, es interpretada como una consecuencia inevitable del desgaste del tiempo en su soneto “A Timo”, esto es, memoria dolorosa que se pierde en el pasado, decadencia antigua, consternación. En el soneto “A Concha de Albornoz”, que sufrió parálisis cerebral, surge la duda sobre cómo es posible consagrar la “idea” por medio del arte si su destino es perderse. ¿Para qué vivir si todo termina? Cabe preguntase, si la vida es sueño, cuál es el lugar del arte en el recorrido humano. Estamos una vez más ante la misma pregunta que se hace repetidamente Chacel: ¿no hay acaso un valor trascendente en el verbo que debería permanecer más allá de los avatares de la historia?
El elogio a la soledad que hace en su poema “A Patrick Dudgeon”, que le había prestado su casa en Victoria para escribir, se adivina su angustia por la dificultad de enfrentarse al trabajo cuando la voluntad es errática, cuando resulta un reto dominar una mente que tiende a oscurecerse en el caos. De esta zozobra brota la palabra que la redime de su inatención, como un esfuerzo titánico por construir su obra. Esta tribulación mental, inatención o dispersión tiene su correlato poético en la rosa de los vientos del soneto que dedicó a Máximo José Kahn, la materialización de ese caos enigmático que es la cifra de la existencia, la multiplicidad de la que surge el orden.
Lo que es cierto es que Rosa Chacel siente que de este caos oscuro hay que sobreponerse. Hablamos del esfuerzo por hallar la luz, comenzar una ruta, elaborar una imagen, desenvolverse de alguna manera desde un presente incierto para adherirse a alguna certidumbre. Este es el misterio de la vida, no otro: la creación. El amor no es solo la fuerza de la que surge el poema, también es el motivo de la escritura. Estos sonetos dedicados todos a sus amigos transmiten un mensaje de afecto. Las preocupaciones metafísicas de la autora se imbrican en el relato de los días, en las múltiples vicisitudes o “circunstancias” de sus seres queridos.
El amor es, pues, esa ley de la que hablábamos, la fuerza por la que la forma rige el mundo, poder genesíaco, fuerza motriz y también destino del poema. Pues sin esas relaciones entrañables no habría motivo para verterse en el papel, no habría tema que agitara el desconcierto para fijarse en la palabra. El amor es origen, destino, precepto y Ley. La forma no se sostendría si no fuese alentada por el amor de un alma amada.
Esta estética de Rosa Chacel que aspira a la trascendencia, a apresar la verdad en medio del fluir del tiempo, también se resume en un “sagrado fin” que resalta en mayúsculas en su soneto “A Lucerina”: “NEGAR LA NADA”, esto es, afirmar la eternidad del poema. Este es el lugar sagrado que ocupa el arte en la visión de la escritora.
Para esta autora disciplinada, estos mitos genesíacos que han alimentado su escritura han propiciado que de la “semilla” brote el “nombre”, no sin cumplir con los padecimientos necesarios para hallar la forma. Este es el camino místico por el que discurre la creación, secreto o cifra del misterio de la existencia.
Finalmente, la “Epístola” a Julián Marías es una bellísima composición que sintetiza la preocupación central de Chacel: la interpretación del Eros como “ansia del saber”. El impulso primigenio que crea los mundos, el deseo, muestra así su enamoramiento del Logos, una firme razón para ser. Todo esto viene enlazado con una oda al “hoy”, al tiempo presente bajo el signo del amor trágico a España, en lo que es un cántico a la fe y una celebración de la Historia del mundo.








