El pensamiento como destino

En su estudio comparativo de las trayectorias de cuatro filósofos de lengua alemana, Heidegger, Cassirer, Wittgenstein y Benjamin, tres de ellos de origen judío, durante la década entre 1919 y 1929, Wolfram Eilenberger se fija como acontecimiento central la disputa de Davos celebrada el 26 de marzo de 1929 entre Heidegger y Cassirer. En el análisis del autor estos dos filósofos se corresponderían con los personajes de Naphta (Heidegger) y Settembrini (Cassirer) de La montaña mágica de Thomas Mann, de ahí el título, Tiempo de magos, de este ensayo que pretende desentrañar las directrices que tomó la filosofía en esta década convulsa frente al escenario de la crisis de la República de Weimar, resaltando los puntos en común pero también las particularidades de cada uno de los cuatro filósofos, que hacen de este libro una buena introducción al pensamiento del periodo.

La pregunta sobre el nuevo lugar del ser humano estaba de plena actualidad en un mundo agitado por las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, cuya extraordinaria destrucción, que había causado millones de muertos, había puesto en entredicho la retórica ilustrada de la fe en el progreso y la razón. La superioridad moral de la civilización occidental, con el poder de su cultura, su ciencia y su técnica, que advocaba Settembrini en el libro de Mann, había fracasado, mientras que Heidegger, heraldo de una nueva visión del lugar del hombre en el mundo, de alguna manera absorbió la teoría de la relatividad (1905) de Einstein, influencia a la que no hace mención directa Eilenberger pero que fue determinante en el desarrollo de su ontología y probablemente en su victoria en Davos. En aquel contexto filosófico-existencial Cassirer, como Settembrini, se había aferrado a la democracia, al pluralismo de los signos de la cultura y al rechazo de la metafísica, y Heidegger a un concepto radical de la individualidad y el ser que se hacía cargo de la superación de la física newtoniana. También en lo político eran diametralmente opuestos: un judío alemán demócrata y un simpatizante con el incipiente nazismo.

Por su parte Ludwig Wittgenstein y Walter Benjamin también sintieron la necesidad de reconsiderar la nueva existencia del hombre como una realidad que se había vuelto fundamentalmente problemática, aunque en el caso de ambos interpretaron la crisis de la cultura como una crisis del lenguaje. Para Benjamin, después de la caída bíblica, en la modernidad, no hay ninguna manera directa de expresar la verdad. Su preocupación por el lenguaje abarcó la formulación de teorías para la traducción y la crítica, dos de sus principales intereses, que se relacionaron con sus dos preocupaciones constantes con el misticismo judío y con el comunismo.

Para Wittgenstein, todo lo que dota de sentido al mundo se encuentra fuera de los límites de lo enunciable. Esta fue la conclusión a la que llegó en aquel libro mítico, el Tratado, que escribió en las noches de guardia en el frente. Después intentó dejarlo todo y vivir de un trabajo honrado como maestro de escuela rural, pero los demonios del pensamiento volvieron a incitarle. El lenguaje, en todo caso, no era suficiente y el mundo no podía conocerse. Quizás nadie como él trató de poner en palabras el principio de la incertidumbre de Heisenberg (1927), la sensación que sacudió a la cultura de los años veinte de no tener un suelo firme bajo los pies.

Alquimia del pensamiento

Aquí ha reunido Alianza Editorial, con una nota preliminar de Andrés Sánchez Pascual, varios escritos y conferencias de Thomas Mann sobre Schopenhauer, Nietzsche y Freud. El ensayo que abre el volumen, que Mann escribió entre 1937 y 1938, justo al tiempo de su emigración a Estados Unidos, se extiende en una explicación detallada de la teoría de la voluntad de Schopenhauer: “la fuente de todos los fenómenos”, “el engendrador y productor de todo el mundo visible” y se detiene en un análisis de este padecimiento, esta conflictiva enemistad en la profundidad del ser. Infierno de la creación, rueda de Ixión del mundo, de los que nos redimiríamos según Mann por el intelecto y “las bendiciones del arte”.

Frente a este ambiente filosófico un tanto opresivo que se intensificaría con el romanticismo wagneriano, Mann inicialmente propone, en una conferencia dictada en 1924, un mes después de terminar La montaña mágica, el vitalismo de Nietzsche como liberación. Pero esta liberación implica también romper con las ataduras de la moral y de un racionalismo que se ha ido fraguando a lo largo de los siglos. Esta sería la “enfermedad histórica”. Ya en el ensayo más tardío, de 1947, “La filosofía de Nietzsche a la luz de nuestra experiencia”, Mann se manifiesta contra esta visión mediante una defensa de la razón frente al instinto que cuestiona el amoralismo de Nietzsche: “No es la moral, sino la belleza, la que está vinculada a la muerte”. Nos aclara que desde la perspectiva de Nietzsche, el cristianismo es el germen de la democracia, de la Revolución Francesa y de las odiadas “ideas modernas”, ideas que Mann no repudiaba aunque admirase la base de esta crítica de Nietzsche a cierta retórica utilitarista de las democracias como la que exponía Settembrini en La montaña mágica (1924).

No obstante según Mann es en Freud en quien culmina este retroceso a la noche sagrada originaria, al “seno materno romántico-histórico-mítico”, que no es sino un avance ilustrado, paradójicamente, pues el psicoanálisis pretende hacer consciente lo inconsciente, traer luz donde antes había irracionalidad. Es así que pretendió arrebatar a los nacionalsocialistas los conceptos del mito y del inconsciente: “El hecho de que la burguesía alemana confundiese la irrupción nazi con los sueños de Nietzsche acerca de la barbarie renovadora de la cultura fue el más estúpido de los malentendidos”. La genialidad de Mann, finalmente, es devolvernos a Schopenhauer en este punto, cuando reinterpreta la “irracionalidad” de Nietzsche asimilando el “ello” freudiano a la “voluntad” schopenhaueriana.