«Adivinanza», de Alice Oswald

“¿Qué soy yo que

lleva mi cabeza

escondida en el agua desde dentro

y un ojo no puede ver al otro?

.

No el sueño, pienso

ni el polvo …”

.

Diciendo esto, la niebla

con pies de lana, guantes blancos y

escondiendo su cuerpo en su barba

apareció entre los mundos perdidos y

.

No

.

Y entonces los bosques no eran

el viento no era

.

El golpe en la puerta no era

.

Los dos que permanecían allí

y los dos que los vieron no

dijeron lo que dijeron

.

Porque entonces sus bocas no eran,

sus palabras no eran …

“¿Qué es eso que

llora al levantarse…”

No la niebla dijo la niebla

.

Llorando

.

The Paris Review, Winter 2025

El pensamiento como destino

En su estudio comparativo de las trayectorias de cuatro filósofos de lengua alemana, Heidegger, Cassirer, Wittgenstein y Benjamin, tres de ellos de origen judío, durante la década entre 1919 y 1929, Wolfram Eilenberger se fija como acontecimiento central la disputa de Davos celebrada el 26 de marzo de 1929 entre Heidegger y Cassirer. En el análisis del autor estos dos filósofos se corresponderían con los personajes de Naphta (Heidegger) y Settembrini (Cassirer) de La montaña mágica de Thomas Mann, de ahí el título, Tiempo de magos, de este ensayo que pretende desentrañar las directrices que tomó la filosofía en esta década convulsa frente al escenario de la crisis de la República de Weimar, resaltando los puntos en común pero también las particularidades de cada uno de los cuatro filósofos, que hacen de este libro una buena introducción al pensamiento del periodo.

La pregunta sobre el nuevo lugar del ser humano estaba de plena actualidad en un mundo agitado por las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, cuya extraordinaria destrucción, que había causado millones de muertos, había puesto en entredicho la retórica ilustrada de la fe en el progreso y la razón. La superioridad moral de la civilización occidental, con el poder de su cultura, su ciencia y su técnica, que advocaba Settembrini en el libro de Mann, había fracasado, mientras que Heidegger, heraldo de una nueva visión del lugar del hombre en el mundo, de alguna manera absorbió la teoría de la relatividad (1905) de Einstein, influencia a la que no hace mención directa Eilenberger pero que fue determinante en el desarrollo de su ontología y probablemente en su victoria en Davos. En aquel contexto filosófico-existencial Cassirer, como Settembrini, se había aferrado a la democracia, al pluralismo de los signos de la cultura y al rechazo de la metafísica, y Heidegger a un concepto radical de la individualidad y el ser que se hacía cargo de la superación de la física newtoniana. También en lo político eran diametralmente opuestos: un judío alemán demócrata y un simpatizante con el incipiente nazismo.

Por su parte Ludwig Wittgenstein y Walter Benjamin también sintieron la necesidad de reconsiderar la nueva existencia del hombre como una realidad que se había vuelto fundamentalmente problemática, aunque en el caso de ambos interpretaron la crisis de la cultura como una crisis del lenguaje. Para Benjamin, después de la caída bíblica, en la modernidad, no hay ninguna manera directa de expresar la verdad. Su preocupación por el lenguaje abarcó la formulación de teorías para la traducción y la crítica, dos de sus principales intereses, que se relacionaron con sus dos preocupaciones constantes con el misticismo judío y con el comunismo.

Para Wittgenstein, todo lo que dota de sentido al mundo se encuentra fuera de los límites de lo enunciable. Esta fue la conclusión a la que llegó en aquel libro mítico, el Tratado, que escribió en las noches de guardia en el frente. Después intentó dejarlo todo y vivir de un trabajo honrado como maestro de escuela rural, pero los demonios del pensamiento volvieron a incitarle. El lenguaje, en todo caso, no era suficiente y el mundo no podía conocerse. Quizás nadie como él trató de poner en palabras el principio de la incertidumbre de Heisenberg (1927), la sensación que sacudió a la cultura de los años veinte de no tener un suelo firme bajo los pies.

Mujer vegetal

Olga Tokarczuk ha escrito una novela de sanatorio que dialoga con La montaña mágica y cuyos pacientes tuberculosos filosofan sobre la tradición y la modernidad, el logos y la naturaleza, Dios y los demonios, el hombre y la mujer. En su particular crítica de la cultura occidental, la autora ha incluido razonamientos misóginos de multitud de sus prohombres. Detrás de la sonrisa de la Mona Lisa, ¿no hay quizás una voluntad equívoca de seducción? Es este espacio instintivo, no racional, que habitaría la mujer del que Tokarczuk se apropia para exponer una historia de venganza de las fuerzas femeninas y oscuras de la naturaleza contra el patriarcado y la civilización. Después de todo, en Görbensdorf tienen lugar misteriosas muertes justo después del equinoccio de otoño, cuando las noches comienzan a crecer y la oscuridad cubre la imagen de cuento infantil de la aldea con su manto.

En la Pensión de Caballeros a la que llega el joven polaco Miecysław Wojnicz hay una peculiar afición por consumir un licor de setas que se conoce como Schwärmerei, y que produce un extraño efecto, una disociación de los sentidos por las que la realidad se desdibuja. Es quizás el poder del bosque acechando con sus garras. Las empusas son unas criaturas demoníacas femeninas de la mitología griega que se alimentaban de jóvenes solitarios y desprevenidos. Los hombres de la pensión disertan sobre los aquelarres en el monte Homole y la persecución de las brujas. Quizás aquellas mujeres torturadas se han encarnado en las fuerzas del bosque para cobrarse su venganza.

El joven Wojnicz podría parecer una víctima propicia, pero antes de que llegue la fatal noche del sacrificio ha recibido una importante educación por parte de su amigo Thilo, que le enseña a entrenar su mirada observando las formas ocultas en un cuadro de Herri met de Bles. Quizás el bosque esconde su propio rostro, una forma humana, una mujer vegetal, como las Puppe, muñecas construidas con residuos naturales para que se desfoguen con ellas los carboneros. Herr Frommer también le habla de geometría, de la “cuarta dimensión”. Este es el problema de la realidad, el problema del conocimiento. ¿Cómo saber si lo que vemos se corresponde con valor objetivo alguno? Este entrenamiento de la mirada acercará a Wojnicz al poder del bosque. ¿Cómo vamos a temer lo que ya es parte de nosotros?

Como en La montaña mágica, en Tierra de empusas el joven protagonista es el sujeto de un proceso alquímico, una transformación por la que se refina el centro mismo de su conciencia. En el caso de Wojnicz esta metamorfosis es explícita, pues el suyo es un caso de fluidez de género. Hay efectivamente un mundo intermedio, como dijo Platón, un tercer espacio mediador en el que se deshacen todos los dualismos, todas las mentiras que nos contaron los grandes sabios y filósofos en ese magno y moralmente incierto esfuerzo por construir la cultura.