mi traducción de los tres primeros capítulos de «La letra escarlata»

CAPÍTULO 1
La puerta de la prisión

Una multitud de hombres barbudos, vestidos con prendas deslucidas y sombreros grises puntiagudos como los chapiteles de los campanarios, mezclados con mujeres, algunas de las cuales llevaban capotas, y otras la cabeza descubierta, estaba reunida en frente de un edificio de madera, cuya puerta había sido construida con gruesos maderos de roble, y estaba tachonada con puntas de hierro.

Los fundadores de una nueva colonia, cualquiera que sea la Utopía de virtud humana y de felicidad que hayan proyectado originariamente, han debido siempre reconocer entre sus necesidades prácticas iniciales el disponer una porción de la tierra virgen para el cementerio, y otra porción para erigir la prisión. De acuerdo con este principio, puede darse por sentado que los fundadores de Boston edificaron la primera cárcel en las cercanías de Cornhill, casi con tanta seguridad como que trazaron el primer cementerio en el terreno de Isaac Johnson, alrededor de su tumba, que con posterioridad se convirtió en el núcleo de todo el conjunto de sepulcros del viejo camposanto de King’s Chapel. Lo cierto es que, unos quince o veinte años tras el asentamiento de la población, la cárcel de madera ya mostraba las marcas producidas por el tiempo atmosférico y otras indicaciones de la edad, que concedían un aspecto aún más sombrío a su fachada ceñuda y lúgubre. El óxido sobre la pesada herrumbre de la puerta de roble tenía una apariencia más antigua que ninguna otra cosa en el Nuevo Mundo. Como todo lo relacionado con el crimen, parecía que nunca hubiese conocido una edad joven.

Al pie de este feo edificio, y entre él y el camino de la calle, había una parcela de hierba, con mucha bardana y otros desagradables hierbajos de ese tipo, los cuales evidentemente encontraban algún elemento de su gusto en el suelo que había tan tempranamente albergado la flor negra de la sociedad civilizada, la prisión. Pero a un lado del portal, con las raíces partiendo casi del mismo umbral, había un rosal salvaje, cubierto, en este mes de junio, con las preciosas y delicadas flores que podría imaginarse ofrecían su fragancia y frágil belleza al prisionero que entraba, y al criminal convicto que se adentraba para vivir su condena, como señal de que el profundo corazón de la naturaleza podía compadecerse de él y mostrarle su bondad.

Este rosal silvestre, por una extraña casualidad, ha pervivido en la historia; pero si meramente sobrevivió, salido del austero y frío bosque, tanto tiempo después de la caída de los gigantes pinos y robles que originariamente le daban sombra, o si, como dice la tradición, creció bajo las pisadas de la devota Ann Hutchinson al cruzar ésta la puerta de la prisión, no me propondré determinar. Al encontrarlo de este modo en el umbral de nuestra propia narración, que va seguidamente a dar comienzo desde un portal tan poco propicio, no podemos dejar de arrancar una de sus flores y ofrecerla al lector. Podrá servir, esperemos, para simbolizar alguna apacible lección moral que nos encontremos por el camino, o podrá suavizar el oscuro final de una historia de fragilidad y sufrimiento humanos.

Capítulo 2
La plaza del mercado

El campo frente a la prisión, una mañana de verano de no hace menos de doscientos años, estaba ocupado por un número considerable de habitantes de Boston que miraban fijamente la puerta de madera de roble con remaches de hierro. En cualquier otra población, o en un periodo más tardío de la historia de Nueva Inglaterra, el aspecto sombrío y rígido de los rostros barbudos de aquella buena gente habría anunciado que se preparaba algún asunto terrible. Habría significado nada menos que la próxima ejecución de algún criminal notable, sobre quien la sentencia de un tribunal legal no habría sino confirmado el veredicto de la opinión pública. Pero, dada la severidad que mostraba el carácter puritano en aquellos primeros tiempos, una conclusión de este tipo no estaría exenta de dudas. Podría ser que algún esclavo perezoso, o un niño desobediente, a quien sus padres habían entregado a la autoridad civil, iba a recibir un correctivo a base de latigazos. O podría ser que un seguidor del antinomianismo, un quákero, o el adepto de alguna otra secta religiosa, iba a ser expulsado de la ciudad, o que un indio vagabundo y ocioso, a quien el aguardiente del hombre blanco hubiese impulsado a armar jaleo en las calles, iba a ser conducido a golpes a la espesura del bosque. Podría ser, también, que una bruja, como la vieja señora Hibbins, la malhumorada viuda del magistrado, iba a morir en el cadalso. Cualquiera que fuera el caso, se reflejaba en los espectadores en gran medida el mismo aire de solemnidad, como correspondía a una gente para la cual la religión y la ley eran casi idénticas, y en cuyo carácter ambas estaban tan irremediablemente entrelazadas, que tanto los más leves como los más severos actos de disciplina se hacían a una vez venerables y terribles. Poca y desapasionada era la simpatía que podía encontrar un transgresor, entre concurrencia como ésta, en el cadalso. Por otro lado, una pena que, en nuestros días, provocaría un cierto grado de ridículo e infamia, podría entonces estar revestida con una dignidad casi tan solemne como la de la misma pena capital.

Era una circunstancia digna de notarse, en la mañana de verano en la que da comienzo nuestra historia, que las mujeres, de las que había varias entre la multitud, parecían estar especialmente interesadas en el castigo que se esperaba. Aquella época no era tan refinada como para que sentido alguno del decoro impidiese a aquellas personas que habitualmente portaban enaguas y miriñaque salir a las vías públicas, si se presentaba la ocasión, y abrir paso a sus voluminosos cuerpos entre la multitud más cercana al cadalso con ocasión de una ejecución. Moral, tanto como físicamente, había en aquellas esposas y doncellas recién llegadas de Inglaterra un material más tosco que en sus hermosas descendientes, separadas de aquéllas por una serie de seis o siete generaciones; pues, a través de aquella línea genealógica, cada madre había transmitido sucesivamente a su hija un rubor más suave, una belleza más sencilla y delicada, y un porte físico menor, además de un carácter menos fuerte y sólido que el suyo mismo. Las mujeres que estaban en ese momento reunidas en torno a la puerta de la prisión se hallaban a menos de medio siglo de distancia del periodo en que la reina Isabel, que había sabido gobernar como un hombre, las había representado no sin acierto. Ellas eran sus rudas súbditas; y la ternera y la cerveza de su tierra nativa, acompañadas de una dieta moral no más refinada, daban consistencia a sus personas. El brillante sol de la mañana, por lo tanto, alumbraba anchas espaldas y pechos bien desarrollados, y mejillas redondas y encendidas, que habían madurado en la lejana isla, y apenas se habían vuelto más delgadas o más pálidas en la atmósfera de Nueva Inglaterra. Había, por encima, un atrevimiento y una rotundidad en el lenguaje de estas matronas, pues todas ellas parecían serlo, que nos sobresaltaría a todos nosotros en el tiempo presente, bien por su intencionalidad o su volumen.
—Comadres, —dijo una ruda dama de unos cincuenta años—, voy a daros mi opinión. Redundaría en beneficio público si a nosotras, mujeres de edad madura y feligresas de buena reputación, nos fuese encomendado el castigo de tales malefactoras como esta Hester Prynne. ¿Qué pensáis, deslenguadas? Si la fresca fuese juzgada por nosotras cinco, que estamos aquí reunidas como en una piña, ¿saldría librada con una sentencia como la que le han dado los venerables magistrados? ¡Doy fe de que no!
—Se dice, —dijo otra—, que el reverendo Dimmesdale, su piadoso párroco, está profundamente afligido por que un escándalo como éste haya tenido lugar en su congregación.
—Los magistrados son buenos hombres temerosos de Dios, pero excesivamente misericordiosos, eso es cierto, —añadió una tercera matrona, ya entrada en años—. Al menos deberían haberle marcado la frente con hierro candente. Eso habría afectado a Madame Hester, estoy segura. Pero a ella, la desvergonzada, ¡poco le va a importar lo que le coloquen en el corpiño del vestido! Pues, pensad, ¡puede que lo cubra con un broche, u otro adorno pagano de ese tipo, y seguir andando por la calle como si nada!
—¡Ah, pero… —exclamó, con mayor suavidad, una joven casada que llevaba a un niño de la mano—, dejadla que cubra la marca como buenamente pueda, el remordimiento siempre anidará en su corazón.
—¿Qué importan las marcas y los signos, tanto en el corpiño de su vestido como en la carne de su frente? —gritó otra mujer, la más fea al tiempo que la más implacable entre este grupo de ellas que se habían constituido como jueces—. Esta mujer ha manchado el nombre de todas nosotras, y debería morir. ¿No hay una ley para ello? Ciertamente la hay, tanto en las Escrituras como en los estatutos de la ciudad. ¡Entonces que los magistrados, que han hecho de ella caso omiso, se agradezcan a sí mismos si sus propias esposas o hijas se desvían del camino correcto!
—¡Que el cielo se apiade de nosotros, señora! —exclamó un hombre entre la multitud— ¿acaso una mujer sólo ha de ser virtuosa si tiene un sano miedo al cadalso? ¡Pues ése es el juicio más terrible que se ha expresado hasta ahora! ¡Callad ahora, cotillas! Pues el cerrojo de la puerta de la prisión está girando y ya llega la misma Hester Prynne.

La puerta de la prisión se abrió de golpe desde dentro y apareció, en primer lugar, como una sombra negra saliendo a la luz del sol, la sombría y espeluznante figura del alguacil, portando una espada hacia un lado, y su bastón de mando en la mano. Este personaje ilustraba y representaba con su aspecto toda la sombría severidad del código de leyes puritano, que era su responsabilidad hacer cumplir hasta las últimas consecuencias para el culpable. Extendiendo el bastón de su oficio con su mano izquierda, dejó descansar la derecha sobre el hombro de una joven mujer, a la que así hizo avanzar, hasta que, en el umbral de la prisión, ésta se zafó de él, en un movimiento caracterizado por la dignidad natural y la fuerza de su carácter, y salió al aire libre como si fuese por su propia voluntad. Llevaba en sus brazos una criatura, un bebé de unos tres meses de edad, que pestañeaba y escondía su pequeño rostro de la luz demasiado vívida del día; probablemente porque en su existencia, hasta este momento, sólo había conocido la penumbra gris de una mazmorra, u otro oscuro apartamento de la prisión.

Cuando la joven mujer, la madre de esta criatura, se halló en presencia de la multitud, pareció ser su primer impulso el de estrechar a la niña contra su pecho, no tanto como un impulso de amor maternal como para ocultar una cierta señal, que había sido bordada o fijada a su vestido. Al momento siguiente, sin embargo, sabiamente comprendiendo que una señal de su vergüenza difícilmente iba a servir para ocultar la otra, sostuvo al bebé con el brazo, y, con el rostro azorado, pero con una sonrisa altiva y una mirada que se resistía a ser humillada, contempló a sus convecinos. En el seno de su vestido, en una hermosa tela roja, rodeada de un bordado muy elaborado y con fantásticos adornos en hilo dorado, aparecía la letra A. Había sido confeccionada tan artísticamente, con tanta creatividad y exuberancia de la imaginación, que tenía el efecto de una acertada decoración final al conjunto que llevaba puesto, que era tan esplendoroso como correspondía al gusto de la época, aunque mucho más de lo que era permitido por las leyes suntuarias de la colonia.

Aquella joven mujer era alta, y su figura derrochaba elegancia. Sus cabellos eran abundantes y oscuros, tan brillantes que reflejaban con vivos destellos los rayos del sol; su rostro, además de ser hermoso por la regularidad de sus facciones y la luminosidad de su tez, tenía toda la fuerza de expresión que comunican un entrecejo bien marcado y unos ojos profundamente negros. Tenía el aspecto de una dama, además, tal como éste era concebido en aquellos tiempos, esto es, la caracterizaban una cierta majestuosidad y dignidad, más que la gracia delicada, evanescente e indescriptible por la que se reconoce a las damas hoy en día. Y nunca había parecido Hester Prynne más una dama, en la antigua interpretación del término, como cuando salió de la prisión. Aquellos que ya la conocían, y habían esperado verla apagada y oscurecida por una nube sombría, sintieron un profundo asombro, e incluso sobresalto, al percibir cómo su belleza irradiaba un halo que partía de la desgracia e ignominia que la cubrían. Puede ser cierto que, a los ojos de un observador atento, había algo exquisitamente doloroso en todo ello. Su vestido, el cual, ciertamente, ella misma había confeccionado para la ocasión en la prisión, siguiendo solamente su propio gusto, parecía expresar la actitud de su espíritu, la desesperada inquietud de su talante, en su estilo salvaje y pintoresco. Pero lo que atraía todas las miradas, y que, de hecho, transfiguraba a la mujer —de modo que tanto los hombres como las mujeres que habían tratado con Hester Prynne anteriormente tenían ahora la sensación de estar viéndola por primera vez en sus vidas— era la Letra Escarlata, tan fantásticamente bordada e iluminada sobre su pecho. Tenía el efecto de un conjuro, sustrayéndola de las relaciones ordinarias con la humanidad y situándola en una esfera propia.
—No puede negarse que es hábil con la aguja —comentó una de las espectadoras— pero, ¿ha habido mujer alguna, antes de esta fresca, que idease manera tan descarada de mostrarlo? Amigas, ¿qué significa esto sino que se ríe en la cara de nuestros piadosos magistrados, convirtiendo en motivo de orgullo lo que ellos, caballeros de gran valía, quisieron infligir como castigo?
—Deberíamos, —murmuró la anciana con el rostro más férreo— arrancarle ese bonito vestido de los delicados hombros de Madame Hester, y por lo que se refiere a la letra roja que ha cosido de manera tan peculiar, yo puedo darle un trapo de esta franela que uso para mi reumatismo.
—Hágase la paz, vecinas —murmuró la más joven de ellas— que no os oiga. Cada puntada de esa letra bordada debe de haberla sentido en su corazón.

El sombrío alguacil hizo ahora un gesto con su bastón.
—¡Haced paso, buenas gentes! ¡Haced paso, en el nombre del Rey! —gritó. Abridle paso, y os prometo que la señorita Prynne se dirigirá a un lugar desde el cual cualquier hombre, mujer o niño podrá contemplar su atrevido traje desde esta hora hasta la una de la tarde. ¡El cielo bendiga la virtuosa colonia de Massachussetts, en donde la iniquidad es obligada a salir a la luz del sol! Ven por aquí, Madame Hester, para mostrar vuestra letra escarlata en la plaza del mercado.

Inmediatamente se abrió un camino de entre la turba de espectadores. Precedida por el alguacil, y seguida por una comitiva irregular de hombres de duro semblante y mujeres de rostros poco amables, Hester Prynne echó a andar hacia el lugar que se había determinado para su castigo. Un grupo de ansiosos y curiosos colegiales, que entendían más bien poco de lo que ocurría, sacando que resultaba en pasar medio día sin clases, corrían en frente de ella, volviendo las cabezas continuamente para mirarla a la cara, y al bebé que parpadeaba en sus brazos, y al ignominiosa letra en su seno. No había una gran distancia, en aquellos días, entre la puerta de la prisión y la plaza del mercado. Pero desde el punto de vista de la prisionera, debió de parecer un viaje algo largo, pues, aunque su manera era altiva, ella probablemente agonizaba a cada paso de todos aquellos que se amontonaban para verla pasar, como si su corazón hubiese sido arrojado a la calle para que todos ellos lo escarnecieran y lo pisotearan. Sin embargo, nuestra naturaleza es tal que, maravillosa y misericordiosamente, la víctima no llega usualmente a conocer la intensidad de su sufrimiento en el momento de la tortura, sino merced a la amargura que deja tras de sí. De modo que, con un andar casi sereno, Hester Prynne sufrió esta parte de su castigo, y llegó hasta una suerte de cadalso que se levantaba en la extremidad occidental de la plaza del mercado, prácticamente bajo los aleros de la iglesia más antigua de Boston, como si formara parte de la misma.

De hecho, este cadalso constituía una parte de la maquinaria penal, la cual, desde hace dos o tres generaciones, ha constituido meramente parte de nuestra tradición histórica, pero que era considerada, en aquellos tiempos, tan efectiva en la promoción de la buena ciudadanía como lo fue la guillotina entre los terroristas de Francia. Se trataba, pues, de la plataforma sobre la que se alzaba la picota, ese instrumento de disciplina ideado para sujetar la cabeza humana firmemente, y así mostrarla a la visión del público. El propio ideal de la ignominia se hallaba encarnado y se hacía manifiesto en esta armazón de madera y hierro. No puede haber una afrenta, considero, contra nuestra común naturaleza humana, —cualesquiera que hayan sido los delitos del individuo— ninguna afrenta más flagrante que prohibir al culpable que oculte su rostro por la vergüenza, tal como era la esencia de este castigo. En el caso de Hester Prynne, sin embargo, y como no era infrecuente en otros casos, su sentencia establecía que debería quedarse un cierto tiempo sobre la plataforma, pero sin tener que estar sujeta a aquel cepo por el cuello. Sabiendo bien lo que tenía que hacer, ascendió un tramo de peldaños de madera, y así apareció a la vista de la multitud que la rodeaba, aproximadamente a la altura de los hombros de un hombre que estuviese en la calle.

Si hubiera habido un papista entre la multitud de puritanos, podría haber percibido en esta hermosa mujer, tan llamativa en su manera de vestir y en su semblante, y sujetando al bebé contra su pecho, la viva imagen de la Divina Maternidad, que tantos pintores ilustres han rivalizado por representar: alguien que le recordaría, ciertamente, aunque sólo por el contraste, a aquella sagrada imagen de maternidad libre de pecado, cuyo Hijo iba a redimir el mundo. Aquí se hallaba la mancha del pecado más grave sobre la cualidad más sagrada de la vida humana, y el resultado era que el mundo se aparecía más oscuro ante la belleza de esta mujer, y más perdido a causa de la niña que había tenido.

La escena estaba revestida de cierta solemnidad, como la que debe siempre acompañar a un espectáculo de culpa y vergüenza ajenas, antes de que la sociedad se haya vuelto lo suficientemente corrupta para sonreír, en lugar de sobrecogerse ante el mismo. Los testigos de la desgracia de Hester Prynne aún no habían superado esta simplicidad. Eran lo bastante rudos como para poder contemplar su muerte, si ésta hubiese sido la sentencia, sin murmurar sobre su severidad, pero tampoco tenían la falta de corazón de una clase social diferente, que habría hallado objeto de burla en una exhibición como la presente. Incluso si hubiese habido una predisposición a ridiculizar el asunto, ésta habría sido reprimida y contenida por la solemne presencia de hombres tan dignos como el gobernador, y algunos de sus consejeros, un juez, un general, y los sacerdotes de la ciudad, todos los cuales se hallaban sentados o de pie en un balcón de la casa parroquial, observando la plataforma desde lo alto. Al hallarse allí congregadas personalidades de ese calibre, sin que esto pusiera en evidencia la majestad o reverencia de su rango, podía con toda seguridad deducirse que la sentencia legal iba a ser aplicada de manera enérgica y eficaz. En correspondencia, la multitud permanecía sombría y grave.

La infeliz condenada se mantenía en pie como buenamente podía, bajo la atenta mirada de mil ojos implacables, todos fijados en ella, y concentrados en su seno. Era prácticamente intolerable. Siendo de naturaleza impulsiva y apasionada, se había endurecido para soportar los dardos y las puñaladas envenenadas de la afrenta pública, que se descargaría por medio de todo tipo de insultos; pero había una cualidad tan terrible en la actitud solemne del pueblo, que habría preferido observar aquellos rostros rígidos deformados por una alegría desdeñosa, de la que ella fuese el objeto. Si la multitud hubiese estallado en carcajadas —cada hombre, cada mujer cada niño de voz aguda contribuyendo por su parte— Hester Prynne podría haberles correspondido con una amarga y desdeñosa sonrisa. Pero, bajo la severidad del castigo que estaba condenada a soportar, sentía, por momentos, la necesidad de gritar con todo el poder de sus pulmones, y arrojarse del cadalso al suelo, para no volverse loca.

Había, sin embargo, intervalos en los que toda la escena, en la cual ella desempeñaba el papel más destacado, parecía desvanecerse frente a sus ojos, o, cuando menos, brillaba indistintamente, como si los espectadores fuesen una masa de figuras imperfectas y de imágenes espectrales. Su mente, y en especial su memoria, mantenían una actividad casi sobrenatural, y continuamente se le aparecían escenas diferentes a esta tosca calle en una pequeña ciudad junto al borde de las tierras salvajes del oeste: otros rostros distintos a los que la observaban desde los bordes de aquellos sombreros con forma de chapitel. Se trataba de reminiscencias aparentemente nimias e insignificantes, episodios de su infancia y de sus días de colegio, juegos, peleas infantiles, y de su vida doméstica en sus años de soltería se agolpaban en su mente, entremezclados con recuerdos de todo aquello que revistió gravedad en su vida posterior. Cada imagen era tan vívida como la siguiente, como si todas tuviesen la misma importancia, o todas fuesen igualmente un simple juego.

Posiblemente se tratase de un resorte instintivo de su espíritu para liberarse, mediante la exhibición de estas formas fantasmagóricas, del cruel peso y de la dureza de la realidad.
Sea como fuere, podría decirse que el cadalso de la picota le ofrecía a Hester Prynne un punto de vista desde el que le era revelada toda la senda por la que había ido avanzando desde su feliz infancia. De pie sobre aquel miserable promontorio, contempló de nuevo su aldea natal, en la vieja Inglaterra, y el hogar de sus padres: una casa decaída de piedra gris, con un pobre aspecto, aunque retenía un escudo de armas medio borrado sobre el portal, como prueba de una antigua hidalguía. Vio el rostro de su padre, con su frente determinada, y una venerable barba blanca, que flotaba sobre el anticuado cuello isabelino; el rostro de su madre también, cuyo semblante reflejaba un amor atento y ansioso siempre en sus recuerdos, y el cual, desde el día de su muerte, había a menudo reprendido dulcemente a su hija en su camino. Vio su propio rostro, brillando con su belleza juvenil, e iluminando por dentro el oscuro espejo en el que se le había dado por mirarse. Allí contempló otro semblante, el de un hombre bien entrado en años, el rostro pálido, delgado, de un hombre dedicado a los libros, con los ojos débiles y borrosos por efecto de la lámpara de la que se habían servido para inclinarse sobre muchos libros sesudos. Sin embargo aquella misma mirada borrosa tenía un poder extraño y penetrante, cuando el propósito de su dueño era el de leer el alma humana. Esta figura perteneciente al estudio y al claustro, como la imaginación femenina de Hester Prynne no dejaba de percibir, estaba ligeramente deformada, con el hombro izquierdo un poco más alto que el derecho. A continuación se alzaban ante ella, en aquella galería de la memoria, las avenidas estrechas e intricadas, los altos edificios grises, las enormes catedrales, y los edificios públicos, de construcción antigua y de delicada arquitectura, de una ciudad europea, en la que una nueva vida le había aguardado, todavía en conexión con el erudito deforme: una nueva vida, pero alimentada de materiales gastados por el tiempo, como una mata de musgo sobre un muro derruido. Finalmente, en lugar de estas escenas pasajeras, retornó la tosca plaza del mercado del asentamiento puritano, donde todos los habitantes de la ciudad se habían reunido, y dirigían su severa mirada a Hester Prynne —sí, a ella misma que seguía de pie en el cadalso de la picota, con una niña en sus brazos, ¡y la letra A, en color escarlata, fantásticamente bordada con hilo dorado, sobre su seno!

¿Podía ser cierto? Apretó a la niña tan fieramente contra su pecho que ésta emitió un gritito. Bajó la vista para contemplar la letra escarlata e incluso la tocó con su dedo, para asegurarse de que la criatura y la vergüenza eran reales. ¡Sí! —éstas eran sus realidades— ¡todo lo demás se había desvanecido!

Capítulo 3
El reconocimiento

De esta intensa conciencia de constituir el objeto del severo escrutinio general, la mujer que portaba la letra escarlata se vio liberada al discernir, al fondo de la concurrencia, una figura que se apoderó irresistiblemente de sus pensamientos. Un indio, con su habitual indumentaria, se encontraba allí. Pero los pieles rojas no visitaban las colonias inglesas tan infrecuentemente como para que uno de ellos hubiese atraído la atención de Hester Prynne en un momento como aquel, y mucho menos hasta el punto de excluir cualquier otro asunto o idea de su mente. Al lado del indio, y en términos evidentemente amigables con el mismo, se hallaba un hombre blanco, vestido con una extraña mezcla de ropas civilizadas y salvajes.

Era de pequeña estatura, y tenía el semblante surcado por numerosas arrugas, el cual, sin embargo, difícilmente podría describirse como el de un anciano. Sus rasgos mostraban los signos de una gran inteligencia, como si a fuerza de cultivar sus facultades mentales se hubiese modelado su apariencia física, haciéndose su ingenio manifiesto por medio de señales inequívocas. A pesar de que, debido a la aparentemente descuidada disposición de su heterogénea vestimenta, se había esforzado por ocultar o disimular la peculiaridad, resultaba evidente a los ojos de Hester Prynne que uno de los hombros de este hombre se alzaba más alto que el otro. Una vez más, nada más descubrir aquel rostro delgado, y la ligera deformidad del porte de aquel personaje, estrechó a su criatura contra su seno, con tal convulsión que el pobre bebé profirió otro grito de dolor. Pero la madre no pareció oírlo.

A su llegada a la plaza del mercado, y desde algún tiempo antes de que ella le viera, el extraño había clavado sus ojos en Hester Prynne. Fue descuidadamente al principio, como si fuera un hombre acostumbrado a mirar mayormente en su interior, y a quien los asuntos ajenos son de poco valor e importancia, a no ser que se relacionen con algún elemento de su mente. Muy pronto, sin embargo, esta mirada se volvió determinada y penetrante. Una expresión de horror se retorcía sobre sus facciones, como si una serpiente se deslizase con rapidez sobre ellas, deteniéndose de cuando en cuando, y exhibiendo todas sus circunvoluciones a la luz del día. Su rostro se oscureció por obra de alguna fuerte impresión, la cual, sin embargo, éste controló instantáneamente por un esfuerzo de su voluntad, de modo que, salvo por ese único momento, se diría que su expresión general era de calma. Tras un breve instante, la convulsión se hizo apenas imperceptible, y finalmente se recluyó en las profundidades de su naturaleza. Cuando descubrió los ojos de Hester Prynne clavados en los suyos, y vio que ella parecía reconocerle, lenta y tranquilamente alzó el dedo, hizo un gesto con el mismo en el aire, y lo llevó a sus labios.

Entonces, tocando el hombro de un parroquiano que estaba a su lado, se dirigió a él, de manera formal y cortés:
—Dígame, buen señor —dijo— ¿quién es esa mujer? ¿y por qué motivo se halla aquí expuesta a la vergüenza pública?
—No debe de ser usted de esta región, amigo —respondió el parroquiano, observando con curiosidad al que le hacía la pregunta y a su salvaje compañero— de otro modo habría oído hablar de Hester Prynne y de sus fechorías. Ha causado un gran escándalo, le puedo jurar, en la congregación de nuestro piadoso párroco, el señor Dimmesdale.
—Tenéis razón —replicó el otro—, soy un forastero, y acabo de pasar un tiempo viajando, muy en contra de mi gusto. He sufrido terribles contratiempos por tierra y por mar, y he sido prisionero largo tiempo de las tribus paganas hacia el sur, y ahora he sido traído aquí por este indio, para ser liberado de mi cautividad. ¿Le importaría mucho, por lo tanto, explicarme qué ofensas ha cometido esta mujer, Hester Prynne… si he dicho su nombre correctamente, y qué es lo que la ha traído a aquel cadalso?
—Ciertamente, amigo. Y pienso que debe de ser motivo de satisfacción, después de las dificultades de su estancia en las tierras salvajes —dijo el parroquiano— comprobar que se halla finalmente en una tierra en la que la iniquidad es investigada, y sometida a castigo a los ojos de los gobernantes y del público, como es el caso aquí en nuestra bendita Nueva Inglaterra. Aquella mujer, señor, como usted debe saber, era la mujer de un hombre de ciencia, un inglés, pero que vivió por un tiempo en Amsterdam, desde donde, hace ya algún tiempo, tenía la intención de viajar para asentarse entre nosotros los de Massachussetts. Con este propósito, envió a su esposa, quedándose él allá para ocuparse de ciertos asuntos. Pero el caso es, buen señor, que en estos dos años, o menos, en que la mujer ha habitado aquí en Boston, ninguna noticia ha llegado de este hombre de ciencia, el señor Prynne, y su joven esposa, ya veis, al ser abandonada a su propio criterio…
—Ah, ya veo —dijo el forastero, con una sonrisa amarga—-. Un hombre tan sabio como el que describís debería haber aprendido esto también en sus libros. Y ¿quién, según usted, señor, sería el padre de aquel bebé, que debe de tener tres o cuatro meses, me parece a mí, que las señora Prynne sujeta en sus brazos?
—Verdaderamente, señor, ese asunto es aún un enigma, y el profeta Daniel que lo exponga aún no ha aparecido —respondió el parroquiano—. La señora Hester se niega tajantemente a hablar, y los magistrados han conferido sobre el asunto en vano. Quién sabe si el culpable se halla contemplando este triste espectáculo, sin que le conozcan los hombres, y olvidando que Dios sí le puede ver.
—El hombre de ciencia —observó el forastero con otra sonrisa— debería venir él mismo a investigar este misterio.
—Sería muy apropiado, si aún vive —respondió el parroquiano—. Si bien, buen señor, nuestros magistrados de Massachussetts, considerando que esta mujer es joven y hermosa, y que, sin duda, sufrió una gran tentación, y que, además, como parece lo más probable, su marido probablemente se encuentre en el fondo del mar, no se han atrevido a imponerle nuestra recta ley. La pena por su culpa es la muerte. Pero en su gran misericordia y bondad han condenado a la señora Prynne a permanecer sólo durante un espacio de tres horas en la plataforma del cadalso, y luego, permanentemente, por el resto de su vida natural, a llevar una señal de ignominia sobre su seno.
—¡Una sabia sentencia! —exclamó el forastero, inclinando la cabeza gravemente—. Así ella se convertirá en un sermón viviente contra el pecado, hasta que la letra ignominiosa sea grabada sobre su lápida. Me molesta, sin embargo, que el cómplice en su iniquidad no deba, al menos, permanecer en el cadalso junto a ella. Pero, ¡ya se sabrá quién es! ¡ya se sabrá quién es!

Inclinó la cabeza cortésmente hacia el comunicativo parroquiano, y, tras susurrar unas pocas palabras a su ayudante indio, ambos se abrieron camino entre la multitud.

Mientras esto ocurría, Hester Prynne había permanecido en su pedestal, todavía fijando la mirada en el forastero, una mirada tan fija que, en los momentos de mayor concentración parecía que todos los demás objetos del mundo visible desapareciesen, dejándolos solos a él y a ella. En caso de producirse tal entrevista, probablemente ésta habría sido más terrible incluso que encontrarle ahora del modo en que lo hizo, mientras el caluroso sol del mediodía caía sobre su rostro e iluminaba su vergüenza, con la señal escarlata de su infamia sobre su seno, con la criatura nacida del pecado en sus brazos, con toda aquella gente, atraída como si de un festival se tratase, mirando fijamente la fisonomía que debería haber sido contemplada sólo a la cálida luz de la chimenea, en la feliz reclusión del hogar, o bajo un velo en la iglesia. Horrible como era su situación, sin embargo le proporcionaba un refugio encontrarse en la presencia de estos miles de testigos. Era mejor hallarse así, con tanta gente entre él y ella, que tener que verse cara a cara, los dos solos. Buscó refugio, por así decirlo, en su exposición pública, y temió el momento en el que esta protección le fuese retirada. Sumida en estos pensamientos, apenas percibió una voz tras ella que repetía su nombre, en un tono alto y solemne, que podía ser oído por toda la multitud.
—Óyeme, Hester Prynne —dijo la voz.

Ya se ha mencionado que justo sobre la plataforma en la que se encontraba Hester Prynne había una especie de balcón, o una galería abierta, que partía del edificio parroquial. Era el lugar en el que se hacían las proclamaciones, entre un nutrido grupo de la magistratura, con todo el ceremonial que era propio de tales oficios públicos en aquellos días. En el caso que nos ocupa, el gobernador Bellingham atestiguaba la escena en cuestión, y rodeaban su silla cuatro guardias que portaban alabardas. Llevaba una pluma oscura en el sombrero, una capa con los bordes bordados, y una túnica de terciopelo negro por debajo; se trataba de un caballero de edad avanzada, en cuyas arrugas se había escrito la dura experiencia de su vida. Era un hombre muy a propósito para hallarse al frente de una comunidad que debía su origen y progreso, y el presente estado de su desarrollo, no al impulso de la juventud, sino a las severas y templadas energías de la edad viril y a la sombría sagacidad que reunía tantos logros, precisamente por carecer apenas de imaginación y esperanza. Las otras eminentes personalidades por las que estaba rodeado el mayor dignatario se distinguían por la dignidad en el porte, que correspondía a un período en el que era considerado que las formas de la autoridad poseían la sacralidad de las instituciones divinas. Se trataba, sin lugar a dudas, de hombres buenos, justos y sabios. Pero, de entre el conjunto de la familia humana, no habría resultado fácil seleccionar un número similar de personas sabias y virtuosas, que habrían sido menos capaces de sentarse a juzgar el corazón de una mujer extraviada y de separar en él lo bueno de lo malo, que estos sabios de aspecto rígido hacia los que

Hester Prynne ahora dirigía su rostro. Ella parecía consciente, ciertamente, de que cualquier tipo de simpatía que pudiera esperar se hallaba en los corazones más grandes y cálidos del gentío, pues, mientras alzaba sus ojos hacia el balcón, la infeliz palideció, y tembló.

La voz que había llamado su atención era aquella del famoso y reverendo John Wilson, el clérigo más longevo de Boston, un gran erudito, como la mayor parte de sus contemporáneos en la profesión, y además un hombre con un espíritu amable y jovial. Esta última cualidad, sin embargo, estaba menos desarrollada que sus dones intelectuales, y él la contemplaba como un rasgo por el que avergonzarse antes que congratularse. Allí estaba; un borde de pelo rizado entrecano le sobresalía por debajo de la gorra, mientras que sus ojos grises, acostumbrados a las sombras de su despacho, pestañeaban, como los de la criatura de Hester, bajo el sol implacable. Tenía la apariencia de aquellos retratos que aparecía en los oscuros grabados de antiguos volúmenes de sermones, y no tenía mayor derecho que el que cabría suponer a uno de esos retratos para aparecer allí, como lo hacía ahora mismo, y entrometerse en una cuestión de pasión, angustia y culpa humanas.
—Hester Prynne —dijo el clérigo— me he esforzado en compañía de este joven hermano, cuya predicación de la Palabra has tenido el privilegio de escuchar, —en este momento el señor Wilson puso la mano sobre el hombro de un pálido joven que se encontraba a su lado— me he esforzado, como decía, por persuadir a este buen joven de que tratase contigo, aquí, frente a la faz del Cielo, y en presencia de estas sabias y rectas autoridades, y ante los oídos de toda la gente, en referencia a la vileza y negrura de tu pecado. Conocedor de tu temperamento mejor que yo, él podría mejor juzgar qué argumentos emplear, si suaves o terroríficos, de modo que prevaleciesen sobre tu dureza y obcecación, de modo que dejases de ocultar el nombre de aquél que te tentó a caer de esta manera. Pero él me señala, con la suavidad propia de un hombre joven, aunque sea más sabio de lo que sus años señalarían, que no estaría de acuerdo con la propia naturaleza femenina el obligarte a descubrir los secretos de tu corazón a plena luz del día, y en presencia de una multitud tan grande.

Verdaderamente, tal y como me he esforzado en convencerle, la vergüenza se debe hallar en cometer el pecado, y no en mostrarlo. ¿Qué dices sobre esto, una vez más, hermano Dimmesdale? ¿Deberías ser tú, o yo, quien tratase con el alma de esta pobre pecadora?

Se produjo un murmullo entre los dignos y reverendos ocupantes del balcón, y el gobernador Bellingham expresó en voz alta lo que discutían, hablando con una voz firme, aunque templada por el respeto al joven clérigo al que se dirigía.
—Mi buen señor Dimmesdale —dijo él— la responsabilidad del alma de esta mujer recae mayormente sobre vos. Os corresponde, de este modo, exhortarla a que se arrepienta y a que, como prueba y consecuencia de esto, confiese.
La decisión de estas palabras condujo las miradas de toda la multitud hacia el reverendo señor Dimmesdale, un joven clérigo que había llegado de una de las mejores universidades inglesas, trayendo toda la sabiduría de la época a nuestros bosques salvajes. Su elocuencia y su fervor religioso ya le habían hecho eminente en su profesión. Era una persona de apariencia muy llamativa, con una frente blanca y elevada, ojos grandes, marrones y melancólicos, y una boca que, a menos que éste la contrajese por su voluntad, solía parecer temblorosa, lo que expresaba tanto sensibilidad nerviosa como un gran dominio de sí mismo.
Así era el joven que el reverendo Wilson y el gobernador habían presentado al público, al pedirle que se dirigiese, frente a los oídos de todos los allí presentes, a aquel misterio que es el alma de la mujer, tan sagrada incluso cuando se corrompe. Al encontrarse en tal difícil tesitura la sangre desapareció de sus mejillas, y sus labios temblaron.
—¡Háblele a esa mujer, hermano! —dijo el señor Wilson—. Es de gran importancia para su alma, y, por lo tanto, como dice nuestro venerable gobernador, de gran importancia para la tuya, a cuyo cargo está la de ella. ¡Exhórtala a que confiese la verdad!
El reverendo Dimmesdale inclinó la cabeza, en actitud orante, como parecía, y luego dio un paso adelante.
—Hester Prynne —dijo, asomándose al balcón, y mirándola fijamente a los ojos— ya has oído lo que ha dicho este hombre justo, y ves lo que se espera de mí. Si sientes que traería la paz a tu alma, y que tu castigo terrenal de este modo será más efectivo para tu salvación, ¡te exhorto a que digas el nombre de tu compañero en el pecado y en el sufrimiento! No mantengas el silencio al interpretar erróneamente que le debes compadecer y amar, pues, ciertamente, Hester, aunque tuviese que descender desde una posición prominente para encontrarse junto a ti en tu pedestal de vergüenza, sería mejor esto que ocultar un corazón culpable a lo largo de una vida entera. ¿De qué puede servirle tu silencio, excepto para tentarle, sí, conducirle, por así decirlo, a añadir hipocresía a su pecado? El Cielo te ha concedido que tu ignominia sea pública, para que de este modo puedas triunfar públicamente sobre el mal que tienes dentro y sobre la tristeza que te embarga. ¡Fíjate lo que haces al negarle, a quien, quizás, no tiene el coraje de tomarla por sí mismo, la amarga pero gratificante copa que es presentada a tus labios!

La voz del joven pastor era dulce y trémula, rica, profunda y entrecortada. El sentimiento que manifestaba con tanta evidencia, antes que el significado directo de las palabras, hacían que vibrase en todos los corazones, y produjo en los que le escuchaban una simpatía unánime. Incluso el pobre bebé que Hester sujetaba contra su seno pareció verse afectado por la misma influencia, pues dirigió su mirada, hasta entonces vacante, hacia el señor Dimmesdale, y alzó los bracitos con un murmullo en parte gratificado, en parte quejumbroso. Tan vehemente pareció la argumentación del ministro, que a la gente no le cabía dudar que Hester Prynne diría el nombre del culpable, o que, de otro modo, el mismo culpable, donde quiera que se encontrase, por elevada o humilde que fuese su posición, saldría hacia adelante presa de una necesidad interior inevitable, y ascendería al cadalso.

Hester negó con la cabeza.
—¡Mujer, no transgredas más allá de los límites que marca la misericordia del Cielo! —gritó el reverendo Wilson, en un tono más severo que el adoptado previamente—. Ese bebé ha secundado con su vocecita el consejo que se te ha impartido. ¡Pronuncia el nombre! Eso, y tu arrepentimiento, podría arrancar la letra escarlata de tu seno.
—¡Nunca! —replicó Hester Prynne, fijando los ojos, no en el padre Wilson, sino en los profundos y turbados ojos del joven sacerdote—. He sido marcada con ella en lo más profundo de mi ser. No podéis arrancármela. ¡Y ojalá pudiera yo soportar tanto su agonía como la mía!
—¡Habla, mujer! —dijo otra voz, con frialdad y severidad, procedente de la multitud que rodeaba el cadalso—. ¡Habla, y dale un padre a tu hija!
—¡No hablaré! —respondió Hester, volviéndose pálida como la muerte, pero respondiendo a esta voz, que seguramente reconoció—. Y mi niña debe conformarse con su Padre celestial, ¡nunca conocerá uno en la tierra!
—¡No quiere hablar! —murmuró el padre Dimmesdale, el cual, inclinado sobre el balcón, con la mano sobre el corazón, había esperado por el resultado de esta petición. Ahora se apartó, respirando profundamente—. ¡Qué maravillosa la fortaleza y generosidad del corazón de una mujer! ¡No quiere hablar!

Al comprender el resuelto talante de la mente de la pobre culpable, el clérigo de más edad, que se había preparado cuidadosamente para la ocasión, dirigió a la multitud un discurso sobre el pecado en todas sus ramificaciones, pero con especial referencia a la letra ignominiosa. Con tal vigor se explayó en lo concerniente a este símbolo, durante la hora o poco más en que sus elaboradas frases rodaron sobre las cabezas de la gente, que éste asumió nuevos terrores en sus imaginaciones, y hasta les pareció que su tono escarlata procedía de las llamas del hoyo infernal. Hester Prynne, mientras tanto, se mantenía en su lugar sobre el pedestal de la infamia, con los ojos borrosos y un aire de cansina indiferencia. Había sobrellevado aquella mañana todo lo que la naturaleza humana puede soportar, y como su temperamento no era del que escapa de un sufrimiento demasiado intenso desmayándose, su espíritu sólo pudo hallar refugio bajo una insensible corteza pétrea, mientras sus facultades físicas permanecían en funcionamiento. En este estado, la voz del predicador rugió sin tregua, pero sin dar resultado, sobre sus oídos. La niña, durante la última parte de esta prueba, había llenado el aire con sus lloros y gritos. Hester intentaba callarla mecánicamente, aunque de modo ausente. Con las mismas duras formas, fue conducida de vuelta a la prisión, y desapareció de la vista de todos tras el portalón con remaches de hierro. Aquellos que la siguieron con la mirada susurraron que la letra escarlata arrojaba un destello espeluznante a lo largo del oscuro pasillo interior.

un canto a la fantasía y a su pérdida

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Ana María Matute, Paraíso inhabitado, 2008

Adriana, ya desde la perspectiva de lo que parece ser una serena madurez, nos relata la historia de su infancia y de cómo ésta llegó a su fin gracias al rito de iniciación en la vida adulta que supuso su amistad con el Niño de los bucles dorados, el hijo de la bailarina rusa, que vivía con su criado Teo en el piso debajo del terrado. Aislada en su hogar de sus hermanos mayores, ya crecidos, y de sus padres, inmersos en una separación matrimonial, Adri recurre a la riqueza de su mundo interior, frecuentemente alimentado por las historias de las dos criadas, Tata María e Isabel, en la zona “innoble” de la casa, la que tiene el suelo sin encerar, en la que habitualmente pasan su tiempo los miembros del servicio, y que tiene su corazón en la cocina.

Su secreto pasatiempo consiste en escabullirse de la cama por las noches y arrastrarse hasta el salón, donde, refugiada bajo un sofá, intenta descifrar el lenguaje secreto que utilizan los destelleantes cristales de las lámparas, que reflejan la luz de las farolas de la calle. Es allí que un día descubre la huida del Unicornio del tapiz, una noche de otoño de su primera infancia en que oyó crepitar las hojas caídas bajo las pezuñas del Unicornio. “Todavía no había estado aún en un bosque, y, sin embargo, lo presentí…” (p. 16). En los cuentos de Andersen había aprendido que los objetos de la casa despiertan en la noche, y, al abrigo del silencio y de la oscuridad, ella intenta iniciarse en este lenguaje mágico de las cosas.

Para ella es imperioso descubrir este nuevo lenguaje que sustituya al lenguaje tramposo de los adultos, a los que ella llama Gigantes, que se revela como una estafa cuando empieza a ir al colegio y comprueba que la realidad no es como se la habían contado. Su madre y las monjas consideran a su hermana Cristina como el modelo de comportamiento. Pero Adri no quiere ser como las otras personas, sino descubrirse a ella misma, desarrollar su propia originalidad, y de ahí nace su espíritu de rebeldía.

La tía Eduarda, la hermana de mamá, que vive en un viejo castillo en el norte, parece ser la única que es capaz de comprenderla, y la simpatía de Adri hacia su tía crece todavía más cuando ésta le habla de la rama normanda de la familia, a la que, dice, salta a la vista que Adri, que no es como sus hermanos, pertenece.

Pero antes de realizar el tan deseado viaje al castillo de Eduarda en el norte, que su tía le promete, Adri deberá superar una dura enfermedad y entablar una profunda y misteriosa amistad con Gavrila, un niño tan sabio que parece venido de otro mundo, el Niño que vive debajo del piso del terrado, que le promete enseñarle a volar cuando llegue la primavera, y con el que comparte sus primeras horas de felicidad mientras hojean libros de cuentos favoritos como el de «El Rey Cuervo», del que nunca quieren leer el último capítulo.

Mientras ambos van creciendo a pasos agigantados, —y al tiempo que el clima de convivencia en la ciudad se va enrareciendo en lo que son los prolegómenos de la guerra civil española— cuando llega la primavera el Niño cumple su promesa de mostrarle los secretos de la ventana que mira al cielo en la terraza de su casa, pero en la Noche Mágica de San Juan un traumático acontecimiento pondrá el fin definitivo a la infancia de Adri. Es sólo entonces, cuando el espíritu de rebelión aprendido de su amigo Gavrila ya se ha fortalecido en su interior, que Adri habrá crecido lo suficiente para poder viajar finalmente con su tía Eduarda al castillo de ésta en el norte. Pero ésa ya es una historia que, por desgracia, no tiene cabida en este mágico libro.

Adiós a la Infancia

El amante, en traducción de Ana María Moix en RBA Coleccionables.
El amante, en traducción de Ana María Moix en RBA Coleccionables.

El trasfondo de la excelente novella de Marguerite Duras, El amante, es la precaria existencia de una familia de colonos franceses con pocos medios en la Indochina (actual Vietnam) de los años 30 del siglo pasado. La peripecia relata la manera en la que la protagonista, cuyo nombre nunca llegamos a conocer, consigue librarse de un destino poco propicio en Saigón, mediante una temprana relación sexual con el hijo de un millonario chino en la que se pone a prueba su capacidad de hacerse valer de su precoz intuición de sus armas de mujer. Ella tiene quince años y medio solamente cuando atraviesa el Mekong en un transbordador que va de Vinhlong a Sadec, llevando puesto un vestido blanco casi transparente, unas sandalias doradas de tacón alto y un sombrero rosa de hombre con una cinta ancha.

La imagen de esta escena actúa como una visión poética recurrente. La novella está estructurada en una serie de fragmentos cortos introspectivos en los que los recuerdos de la narradora sobre un episodio crucial que marcaría un punto de inflexión en su vida, se desarrollan bajo el prisma de un inquisitivo sentir filosófico de gran lirismo.

Hasta cierto punto se trata de la historia de una justificación personal. La narradora, desde una edad que ya suponemos avanzada, se propone devolvernos aquella imagen que ella tiene de sí misma; como si alzase un espejo milagroso al pasado, en la novella se suceden una serie de estampas, escenas sólo parcialmente desarrolladas, intercaladas con comentarios dolientes por la amargura a la que la induce la memoria de un tiempo ya lejano pero que fue determinante para su formación como ser humano y como mujer.

La familia de la narradora reviste una gran importancia en su relato y conforma el marco en el que se desarrolla su ritual de maduración. El padre ya ha muerto cuando los hechos más relevantes de la historia tienen lugar. La madre, directora de una escuela en Sadec, parece permanentemente al borde de la locura, una locura amenazadora para los tres niños, que no tienen otra figura familiar, y una locura ante la que la narradora es la única de los tres con la capacidad de sentirse responsable y útil. El hermano mayor es el predilecto de la madre, pero es violento e irresponsable, despilfarra el dinero de la familia y es incapaz de ganarse un sustento hasta los 50 años. El hermano menor representa la indefensión y la infancia. Es con él con quien más se identifica la narradora, pues siente la necesidad de protegerlo. El hermano menor, que acaba muriendo de una bronconeumonía, representa aquella parte de sí misma que necesita ser rescatada.

El enfrentamiento del abusivo hermano mayor con el menor, que reviste el papel de víctima, constituye una dramatización del rito de paso que experimenta la niña fuera de casa, en un apartamento en la parte más sórdida de Saigón, entregada al placer de su frío descubrimiento del sexo. Es así que ella mata su infancia e ingresa en la edad adulta, aquellos rasgos de su carácter que se enfrentan al ambiente aniquilan a sus rasgos más débiles. El hermano menor es matado por el mayor. La niña por la mujer.

Se desliza entre las líneas de la novella la sutil pero contundente sugerencia de que las cosas no pueden ser de modo diferente a como ocurren. Albergamos en nuestro interior las posibilidades todas de aquello en lo que vamos a devenir, igual que la narradora a sus quince años y medio, justo antes de conocer al que sería su amante, guardaba en las líneas de su poderoso rostro los rasgos del deseo. Pasado, presente y futuro se entrelazan en la historia de la vida, pues somos aquello que fuimos, y no seremos más que aquello en lo que no podremos evitar convertirnos.

Y, sin embargo, a pesar de este aparente determinismo que envuelve la narración, la historia es en gran medida la celebración de una opción personal por la que la niña se desmarca de sus compañeras en el pensionado, que aspiran con suerte a convertirse en enfermeras, y en la escuela francesa, donde su predilección parece que se decanta más por el francés que por las matemáticas, aunque su madre quiere que saque unas oposiciones de matemáticas.

Finalmente será escritora, en Francia, lo que la capacita para contarnos la historia de cómo se convirtió en ella misma desde la intención de reflejar los “periodos ocultos” de esa misma historia. Una historia sin centro, que no se sucede en un camino ni en una línea, pues no es ésta la naturaleza de nuestro vivir, sino la recurrencia.

(13 octubre 2013)

correcciones a la traducción de la novela de Kate Morton, El jardín olvidado

The Forgotten Garden y El jardín olvidado
The Forgotten Garden y El jardín olvidado

The Forgotten Garden de Kate Morton fue la primera novela cuya traducción al español analicé. Esta actividad se ha descubierto para mí como una experiencia fascinante, pero el efecto total se ha visto incrementado por el hecho de que la traducción de The Forgotten Garden al español firmada por un tal Carlos Schroeder del que no he podido averiguar información alguna por Internet, está colmada de errores y despropósitos, algunos simples descuidos, otros de mayor gravedad. Tanto es así que el problema principal que aparece con este volumen publicado por Suma de Letras es no ya tanto que no se le haya hecho justicia a la propiedad intelectual de Kate Morton, sino que las propias gramática y sintaxis de la lengua española se han visto tan afectadas que uno se pregunta cómo ninguno de los más de 230.000 lectores de la novela en español parece haber puesto todavía el grito en el cielo, pues no hace falta poseer la versión original de la novela para detectar el fracaso de su rendición al castellano, ya que la ausencia de gramaticalidad y la tortuosidad de numerosas expresiones salta a la vista de cualquier lector.

Presentaré a continuación una breve aunque, espero, representativa, lista de ejemplos de fragmentos de traducción en los que no se ha respetado ni el sentido del texto en inglés ni la gramaticalidad propia del español. En primer lugar proporcionaré la traducción publicada y firmada por Carlos Schroeder y en segundo mi propia traducción:

“Every so often the traffic current swept a wind-blown cluster of people inside the restaurant doors…” (Chapter 19)
a. De cuando en cuando el flujo del tráfico barría a los grupos de gente arremolinada dentro del restaurante…
b. De cuando en cuando del flujo de transeúntes se desprendía un grupo de gente azotada por el viento que era barrida hacia el interior del restaurante…

“Mr Swindell had been threatening to call the do-gooders ever since Sammy left them…” (Chapter 20)
a. El señor Swindell llevaba tiempo amenazando con llamar a las ‘benefactoras’ desde que Sammy falleciera…
b. El señor Swindell había estado amenazando con llamar a las ‘benefactoras’ desde que Sammy falleció…

“She tugged slightly at Sammy’s cap, which she was still wearing.” (Chapter 20)
a. Tironeó apenas de la gorra de Sammy que llevaba puesta.
b. Se recolocó con cuidado la gorra de Sammy, que aún llevaba puesta.

“Another set of footsteps in the hall and Rose was granted brief respite from the challenge of summoning up further pleasantries to converse with this strange, silent cousin.” (Chapter 28)
a. Un nuevo ruido de pasos en el corredor y Rose pudo recuperarse brevemente del desafío de buscar nuevos comentarios agradables para conversar con esta extraña y silenciosa prima.
b. Otro ruido de pasos en el pasillo y a Rose le fue concedida la oportunidad de un breve descanso en la ardua tarea de invocar nuevas formalidades para conversar con esta extraña, silenciosa prima.

“A thin beam of light passed through a tiny hole in the centre of a timber knot at the back of the desk.” (chapter 30)
a. Un delgado rayo de luz pasó a través de un pequeño agujero en el centro de la mesa del escritorio.
b. Un delgado rayo de luz se deslizó a través de un pequeño agujero en el centro de un nudo de madera en la parte trasera del escritorio.

“The other woman’s breath was warm as she combed the hair from Adeline’s brow, strangely comforting.” (Chaper 31)
a. El aliento de la otra mujer era tibio al rozar los cabellos de la frente de Adeline, una extraña sensación reconfortante.
b. Percibió el aliento cálido, extrañamente reconfortante, de la otra mujer mientras ésta le cepillaba los cabellos desde la raíz.

“He tossed the residue of morning tea from the mugs and dangled a fresh bag over each rim.” (Chapter 38)
a. Echó el resto del té de la mañana de las tazas y puso una bolsita nueva en cada una.
b. Vació las tazas de los posos del té de la mañana y dejó caer una bolsita nueva sobre el borde de cada una.

“She shifted the handles of her plastic grocery bag from around her wrist and scratched the red imprints they’d made.” (Chapter 40)
a. Ella intercambió las bolsas de plástico del mercado de mano y se rascó las marcas rojas que habían dejado.
b. Cambió de posición las asas de su bolsa de plástico de la compra, que se habían clavado en sus muñecas, y rascó las marcas rojas que habían dejado.

Sirvan estas frases como muestra reducida de lo que es el carácter generalmente excesivamente descuidado de esta traducción, y ojala consiguiera esta pequeña nota llamar la atención de las personas responsables y capaces de hacer que todas las necesarias correcciones se llevasen a cabo en la traducción de un libro que debería servir para satisfacer al público español, no para confundirlo.

regreso al suspense

Tu nombre después de la lluvia y un par de rebanadas de tea loaf con mantequilla
Victoria Álvarez, Tu nombre después de la lluvia, 2014.

El año es 1903, el lugar Oxford, la ciudad de las agujas de ensueño, y los protagonistas el profesor Alexander Quills, —un investigador de la realidad paranormal, que ha tenido que abandonar su cátedra de Física Energética en la universidad, y que acaba de dar una exitosa conferencia en la británica Sociedad de Investigaciones Psíquicas sobre las máquinas que ha construido con inquietante propósito de detectar la presencia de criaturas sobrenaturales—, su amigo el joven huérfano y brillante estudiante de lenguas antiguas en el Balliol College Oliver Saunders, que está trabajando en la redacción de un diccionario de proverbios latinos, y por último, aunque no menos importante, el señor Lionel Lennox, un aventurero con grandes dotes de seducción que se gana la vida comerciando en el mercado negro de las obras de arte, lo que le lleva a no arredrarse ante la necesidad de rescatar tesoros arqueológicos de las tumbas que asalta si se presenta la ocasión, como es el caso de su fallido intento de sustracción del afamado espejo de la princesa Nefernefernura, hija del faraón Akenatón y de la reina Nefertiti, de la XVIII dinastía de Egipto.

Los tres amigos han creado la revista sobre sucesos sobrenaturales Dreaming Spires, que no atraviesa su mejor momento, pero cuando el profesor Quills recibe una misteriosa misiva desde Irlanda que reclama su presencia en un pueblecito cercano a Dublín en el que se ha producido una misteriosa muerte, intuye que han encontrado el caso que revivirá su publicación, pues el pueblo entero teme que quien ha acabado con la vida de su querido vecino Fearchar MacConnal es nada menos que una banshee, la que ronda el castillo de las últimas dos supervivientes del clan de los O’Laoire, la distante Rhiannon y su extraña joven hija Ailish.

Una vez en Kilcurling, los tres amigos ingleses entablan amistad con la familia que regenta el pub local, The Golden Pot, un hombre viudo y sus dos hijas, la mayor de las cuales, Jemima, también trabaja como doncella en el castillo de las O’Laoire junto al acantilado, para acceder al cual hay que atravesar el cementerio del pueblo, que se extiende todo a lo largo de la colina junto al mar. Pero Rhiannon O’Laoire se opone frontalmente a que los tres ingleses investiguen la existencia de la banshee en su propiedad. Los problemas económicos que les afectan a ella y a su hija le hacen considerar la necesidad de poner en venta del castillo, y no desea que se acrecienten los rumores. Entonces el profesor Quills tiene una brillante idea. Escribirán un artículo en su revista Dreaming Spires sobre el castillo, mencionando que tiene su propia banshee y que está en venta, pero no la muerte de McConnal, y seguramente les lloverán las ofertas. Así sucede, y la señora O’Laoire invita a tres posibles compradores a visitar la propiedad y discutir el precio de la venta. Un lluvioso día de finales de invierno llegan a Maor Cladaich los tres intrépidos candidatos a hacerse con el castillo: Delancey, un empresario irlandés que se enriqueció con el comercio de ovejas en Australia, don Reginald Archer, el dueño de una importante cadena hotelera americana, y la subyugante señorita Stirling, que viene en representación de un joven príncipe húngaro, Konstantin Dragomirásky, descendiente de la casa de Luxemburgo. Pero antes de que llegue el nuevo día, la banshee se habrá aparecido y uno de ellos habrá muerto en los jardines del castillo.

Las banshees son unas criaturas sobrenaturales del folclore irlandés de las que se cuenta que estaban asociadas a determinados clanes familiares de la isla y que con sus desgarradores cantos anunciaban la muerte de cada uno de los miembros del clan. Es de notar la coincidencia que tiene lugar al suceder que uno de los interesados en la compra del castillo irlandés sea un príncipe húngaro de la casa de Luxemburgo, pues esta familia noble cuenta con una figura muy parecida a las banshees en su leyenda. Se trata de Melusina, la mujer serpiente que con sus sollozos anunciaba a los oídos de las mujeres del clan que tenían el don de escucharla, la muerte de cada uno de los miembros del mismo.

Se trata de una novela muy recomendable para todos aquellos lectores que amen las tramas de misterio y aventuras. El argumento narrativo es ágil, los misterios se suceden y cada evento suscita nuevas preguntas. Los diálogos marcan el desarrollo de la acción e inciden en la caracterización de los protagonistas. Además, no falta el buen humor, bastante español, curiosamente, en una novela de estilo gótico, y el pulso narrativo es contundente. Los aspectos fundamentales de la historia son resueltos al final, pero éste queda abierto a una posible continuidad de las aventuras que viven los personajes, lo cual sería bastante deseable, y ojalá esta ilusionante joven escritora no deje de contribuir más volúmenes a lo que podría ser una atrayente saga de misterio.

El futuro está en el origen

Reseña de La región más transparente de Carlos Fuentes.

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La muerte de Artemio Cruz es una novela de Carlos Fuentes que leí con anterioridad a La región más transparente y creo que esto fue acertado, porque esto me ha permitido valorar La región más transparente como una novela germinal, pues en ella se produce un ensayo o ejercitación de una serie de temas que acabarían por adquirir gran relevancia en La muerte de Artemio Cruz en particular y posiblemente en toda la obra de Carlos Fuentes en general.

Señalé en mi entrada sobre La muerte de Artemio Cruz que pensaba que trataba sobre la conexión entre los temas del destino y el origen. Parece que no estuve muy desacertada, pues el tema del origen es quizás el tema predominante en La región más transparente, concretamente la necesidad de promover un progreso para el individuo y la nación (un destino conjunto) que se funde sobre los cimientos sólidos de un pasado cultural perfectamente asumido, de unos principios psicológicos y vitales plenamente interiorizados.

También aparece en La región más transparente otro tema que es destacado en La muerte de Artemio Cruz y que también se relaciona con The Great Gatsby, una novela con la que no puedo dejar de comparar temáticamente estas dos novelas de Carlos Fuentes. Se trata del tema de la precariedad del éxito. Gatsby y Artemio Cruz se corrompen para alcanzar el éxito, algo parecido le ocurre a Federico Robles cuando escoge a la frívola Norma Larragoiti como esposa, y el mismo dilema sobre la cuestionabilidad del éxito a toda costa es el que queda suspendido al final mismo de La región más transparente en torno al progreso en la carrera de Rodrigo Pola, el cual tampoco acaba casándose con la mujer de la que está enamorado.

Si Rodrigo Pola representa al literato profesional, contenido, Manuel Zamacona, concebido en la oscuridad del campanario de una capilla de pueblo, es la fuerza bruta del pensamiento. El origen para él es algo no dado de antemano sino en perpetuo proceso de creación. La obediencia ciega a las fuerzas telúricas lleva a los rituales de muerte que Teódula Moctezuma cree necesarios. Por otro lado, las nuevas sociedades burguesas resultado de la revolución son, además de cainitas, ávidas de desentenderse de cualquier vínculo con el pasado. La realidad es un futuro alcanzable: el camino dorado del capitalismo. El joven pensador Manuel Zamacona era el único personaje entregado a la sagrada tarea de realizar la ansiada síntesis, su ‘pacto de sol’ con México. Su incomprensible, gratuito asesinato el 15 de septiembre de 1951 confirma la desesperante vigencia del ciclo destructor de la auto-flagelación de México, que podríamos enlazar con el tema más amplio de la histórica derrota hispana.

(8 de septiembre de 2012)

relatos que comprenden vidas enteras

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Las historias en este último volumen publicado de Alice Munro parecen marcar un progresivo camino descendiente. La autora podría enmarcarse dentro de un realismo poético. Son relatos realistas porque describen retazos de vidas ordinarias de gente corriente que comete deslices que serán más o menos cruciales en sus vidas, y en las que los finales, sin ser felices o infelices, se quedan suspendidos, pues la vida misma no tiene principio ni final, sino que es un río que corre manso pero imparable.

Hablo de un camino descendente porque aunque el tema de la primera historia es un pequeño desliz, un encuentro sexual furtivo en un tren en marcha, la gravedad de cuyas consecuencias corresponde calibrar al propio lector, progresivamente nos encontramos con personajes cuyos errores de cálculo frente a las trampas que les presenta la vida, pequeños fracasos cotidianos, les van hundiendo más y más profundamente en el sufrimiento y la incertidumbre.

La caracterización es uno de los mayores logros de estas historias. Los personajes son los vehículos a través de los cuales los principales temas son presentados al lector. Así, conocemos a Corrie, una rica heredera, pero no tan joven, hermosa pero coja, que se entrega a una pasión ilícita con un hombre casado. ¿Cuál de los dos sale más favorecido?

También están aquellos personajes, mujeres en su mayor parte, que sufren desvaríos cuyas consecuencias no habían calibrado lo suficientemente. Como Greta, la joven mujer casada que tiene un furtivo encuentro sexual en el tren que la lleva a Toronto, donde va a encontrarse con un hombre que la trajo a casa de una cena en la que había bebido demasiado. También, está la madre de Caro, una niña a la que parece costarle aceptar que su madre la haya sacado del confortable hogar familiar para empezar una nueva vida en una caravana a la orilla de un bosque, con un actor algo hippie al que la idea de paternidad responsable le viene bastante ancha.

En su mayor parte, estos personajes son héroes de lo cotidiano, como el conmovedor policía del turno de noche de Maverley, que ofrece a la joven Leah, la hija adolescente de unos granjeros pobres y ariscos, una primera impresión de lo que pueden ser sus posibilidades en el mundo exterior, al contarle las descabelladas anécdotas que tienen lugar en las películas del cine del pueblo, que sus padres le prohíben ver.

Estos héroes anónimos muchas veces se enfrentan a momentos decisivos en los que deben tomar decisiones que transformarán sus vidas, y las de las personas en su entorno. Es el caso de Jackson Adams, el joven soldado que regresa de la guerra a su pueblo natal y a unos kilómetros de la estación decide saltar del tren en marcha en una curva lenta y empezar una nueva vida allá donde el azar le lleve. También está la valiente Dolly, que huye de su casa para evitar ser testigo de la posible infidelidad de su marido.

El tema de la supervivencia en un mundo extraño y poco favorable está acentuado en la historia de Oneida y el chico con el labio leporino, en su juventud tan alejados en el espectro social, pero cuyas vidas acaban convergiendo amarga y entrañablemente a un tiempo. El miedo y el sufrimiento que sienten, atrapados en una vida cuyos códigos no supieron a tiempo descifrar, es palpable en el caso de Dawn, un ama de casa atrapada en un opresivo matrimonio y que sueña con una vida social más gratificante, en la que no falten el arte, la sensibilidad, el gusto por lo superfluo.

Finalmente, una de las historias más hipnóticas y conmovedoras es la de Vivien Hyde, la maestra de escuela que acepta un trabajo en un sanatorio para niños tuberculosos a la orilla de un lago. ¿Encontrara allí su destino, junto al doctor Fox, que le ofrece ir a leer algunos de sus libros por las tardes, junto a una estufa eléctrica, en su pequeña casa abuhardillada?

Muy frecuentemente, al terminar de leer cada una de estas historias, que podrían considerarse mini-novelas, en un giro inesperado, sentimos que necesitamos volver al principio, para seguir las pistas que nos fueron dadas y que nos pasaron desapercibidas, para descubrir aquellos momentos en los que la explicación de todo se hacía ya palpable, pero que nuestros poco avezados sentidos ignoraron, pues la maestría de Alice Munro como narradora de historias es tal que en sus relatos la realidad fluye, como en la vida misma, imperceptiblemente preñada de significados.

Nota: Esta vez me he encontrado con una traducción recomendable realizada por Eugenia Vazquez Nacarino, a la que solamente he tenido que hacer 166 correcciones que no revestían gran gravedad.

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(Originariamente publicado el 25 de diciembre de 2013)

El misterio en torno a la caída de Ana Bolena persiste

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Habría querido leer Bring Up The Bodies consecutivamente a Wolf Hall, pero una serie de lecturas estivales se interpusieron. Sin embargo, mi memoria de la primera novela de la trilogía sobre Cromwell me permitió sumergirme en la lectura de la segunda sin experimentar dificultades, conocedora ya del gran elenco de personajes. Algunos críticos anglosajones han señalado que Bring Up The Bodies puede leerse de por sí, sin haberse acercado antes a Wolf Hall. Yo no estoy de acuerdo. En Bring Up The Bodies se da por supuesto que ya conocemos a los personajes de los que se habla, y la acción da comienzo in media res, durante la estancia de Henry VIII, Cromwell y su séquito en Wolf Hall, la residencia de la familia Seymour.

Con todo, y a pesar de este espíritu de continuidad, en mi opinión Bring Up The Bodies no es sino una sombra de lo que fue la novela inaugural de la trilogía. La mayor parte de los temas de Wolf Hall meramente se repiten, y en esta segunda ocasión palideciendo ante la comparación –la representación del carácter de Cromwell, que llena al lector de admiración y un sentimiento de complicidad en Wolf Hall, se vuelve repetitiva y hueca, al tiempo que la genialidad de su figura se diluye mientras éste se deja atrapar por las intrigas de las familias descendientes de los Plantagenets, Henry Courtenay, los Montague y los Pole, que simpatizan con la fe católica y con la princesa Mary y albergan la esperanza de que el interludio reformista se disuelva con el final del matrimonio con Ana Bolena. A título personal, y sin que medie una consideración de las valoraciones históricas de la parte que Thomas Cromwell pudo haber tenido en la caída de Ana Bolena, una cuestión en torno a la que todavía impera la especulación, desde el punto de vista del lector de la novela parece poco realista que el gran reformista Thomas Cromwell, que se hizo a sí mismo al tiempo que Ana se alzaba en la corte, aceptase prestarse a tomar parte en una conjura católica, incluso con el fin de, de esta manera, satisfacer al Enrique VIII, el cual, insatisfecho por que La Bolena no le hubiese dado un heredero varón, se enamoriscaba de la recatada –en tantos aspectos de su carácter opuesta a Ana Bolena– Jane Seymour. Sin embargo, entre los cargos contra Cromwell que le condujeron a su ejecución –momento que será narrado en la tercera novela de la trilogía– estaba el de preparar clandestinamente una boda suya con la princesa Mary. Las interrogaciones en torno a la figura histórica de Cromwell persisten, pero en lo que respecta a la verdad poética de esta novela, la caracterización de Cromwell, de las motivaciones que pudieron haberle llevado a intrigar contra Ana Bolena, no deja de parecer bastante poco convincente.

Por otro lado, en esta segunda novela Thomas Cromwell carece de antagonistas creíbles, como en su momento lo fuera, en la primera novela –un antagonista a la altura de Cromwell– el insobornable Tomás Moro. Los cuerpos a los que se refiere el título son los de los cuatro amantes de la reina que son ejecutados: Henry Norris, William Brereton, Francis Weston y el músico Mark Smeaton. Las caracterizaciones de todos estos, exceptuando quizás la de Mark, son someras. Se presentan los tres primeros como simples cortesanos galantes, y a nuestros ojos, cada uno de ellos podría ser intercambiable por el otro. Además, la motivación psicológica detrás de la elaboración de la venganza de Cromwell contra este grupo se refiere como su rencor por la parte que estos cortesanos, junto con George Boleyn, el hermano de la reina y también su amante, tuvieron en una representación teatral que es descrita en la primera novela de la trilogía, Wolf Hall, en la que cada uno de ellos agarraba al ya muerto cardenal Wolsey por una extremidad para conducirlo al infierno. Según la ideación de Mantel, Cromwell habría guardado los detalles de esta representación en su retina y su parte en la persecución y ejecución de los amantes de la reina, otrora enemigos de su mentor y protector Wolsey, respondería un personal ajuste de cuentas. De nuevo, corresponde al lector decidir si parece realista que la veneración de Thomas Cromwell por el cardenal llegase al extremo de sobrepasar su identificación con la Reforma, tan ampliamente ilustrada en amplios pasajes de la novela.

Como consideración final, en esta segunda novela no aparecen algunos de los elementos que dotaron de mayor profundidad a la primera, como las referencias escatológicas al posible origen mágico de los Tudor. Se mencionan algo los rumores de brujería de Ana Bolena, sobre todo por parte de un rey Enrique ansioso por encontrarle objeciones a su matrimonio con ella, pero sin que dejen de ser estos considerados como meros rumores sin fundamento o la sustancia de bromas privadas. La Ana Bolena de Bring Up The Bodies es un personaje que aparece mayormente en las conversaciones o en los pensamientos de los otros. No sabemos a ciencia cierta si le fue infiel al rey, pero esto es lo que señalan los crecientes rumores y las declaraciones de sus propias damas.

A pesar de todos estos pormenores, Bring Up The Bodies no deja de ser una novela rica, y una lectura necesaria para todo aquel que amó Wolf Hall. Importantes temas aparecen necesariamente reflejados constantemente, como la cuestión de la legitimidad de la voluntad real, aun cuando ésta sea constantemente voluble. Dice Henry hacia el principio de la novela:

“Dios no permitiría que mi placer fuese contrario a sus designios, ni que mis designios quedasen bloqueados por su voluntad.”

Nos queda, pues, aguardar una tercera parte en la que el genio del espíritu de Cromwell no se vea ensombrecido por las incertidumbres en torno a su verdadero papel en la caída de Ana Bolena y vuelva a brillar tan intensamente como lo hizo en la primera entrega de la trilogía.

(Una versión de esta reseña fue publicada el 6 de diciembre de 2013 en http://www.librosdeotrostiempos.blogspot.com.es)

convirtiéndose en «Cromwell»

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Esta novela ganadora del Man Booker Prize de ficción en el año 2009 aborda uno de los periodos históricos más amados por los británicos: el divorcio del rey Enrique VIII de Catalina de Aragón y su matrimonio con Ana Bolena, que resultó en la ruptura con Roma. La intriga política en que tuvo origen este suceso es examinada en la novela de Hilary Mantel desde el punto de vista único, aunque no necesariamente limitado, del brillante estadista Thomas Cromwell cuya entrada en los círculos de poder de la corte del rey Enrique tuvo lugar al tiempo del ascenso de Ana Bolena en la estima real. De este modo, Cromwell pronto se da cuenta de que Ana y él tienen ambiciones similares: doblegar a los sectores más tradicionalistas de la corte, y de hecho del conjunto de la sociedad, para conseguir alcanzar sus ambiciones, convirtiéndose ella en reina y él en, sencillamente, “Cromwell,” el sueño de sí mismo, que en buena parte se trasladaría a la realidad, al lograr pasar de ser “el hijo del herrero” a uno de los hombres más influyentes de la Reforma, y, de este modo, el brazo derecho del rey.

Cromwell comenzó su carrera como protegido del influyente cardenal Wolsey, que destacó por sus fundaciones de colegios mayores como el Colegio del Cardenal en Oxford y bibliotecas, y que perdió trágicamente el favor real por diversos motivos, entre ellos por las intrigas de los nobles que estaban celosos de su creciente poder. En la serie de acusaciones – 44 – que los consejeros del rey preparan contra Wolsey ya se atisba el germen de la Reforma, aunque en realidad la herejía era todavía perseguida y gravemente castigada. Se le acusa formalmente de “praemunire”: representar a una jurisdicción extranjera dentro del reino, mediante el ejercicio de su función de legado pontificio. Después de la muerte de Wolsey, quien, adivinamos, se envenena a sí mismo tras ser arrestado, Cromwell ve peligrar todo lo que hasta el momento había conseguido. Un hombre menos inteligente habría renegado de Wolsey cuando su caída era inminente, pero ¿qué habría ganado con ello más que el nombre de “desertor”?, razona uno de los muchachos a su cargo. Cromwell mantiene siempre una semblanza de fidelidad a su señor, al menos en apariencia, pues cuando Wolsey se traslada al norte él se queda en Londres, realizando sus funciones como miembro del Parlamento y maniobrando su acercamiento a Enrique, mientras no deja de defender a Wolsey en todas las agitadas discusiones que anticipan su caída en desgracia.

Sin duda en esta novela Hilary Mantel se propuso otorgarnos la dimensión más humana y más actual de Thomas Cromwell, un personaje que fue amado en la corte isabelina y denostado por los elitistas victorianos, que tenían una mala consideración de su bajo origen social. La percepción popular que se ha creado es la de un astuto y ambicioso manipulador sin entrañas. En su escuela católica Hilary Mantel se sentía oprimida por la gran veneración que se dispensaba a Tomás Moro, cuya imagen decoraba una cristalera de colores. Ya desde entonces comenzó a preguntarse si acaso Thomas Cromwell, que estuvo detrás de la ejecución de Moro el 6 de julio de 1535, no tendría algo que decir a su favor. Esta novela es la plasmación de esa curiosidad por introducirse en la mente del hombre que cambió Inglaterra para siempre y mostrárnoslo como un ser de carne y hueso, con una vida familiar honesta y una enorme capacidad de trabajo, preocupado por la prosperidad propia y por los destinos de su nación, capaz de distinguir las posibilidades del devenir histórico y hacer girar los acontecimientos de manera insospechada pero con éxito.

La cuidadosa representación de las actividades cotidianas en el hogar de Thomas Cromwell en Austin Friars es sólo uno de los elementos que integran la extraordinaria caracterización de Cromwell como un hombre a la vez ambiguo, que declara no conocerse a sí mismo y cercano, que seguramente se sentiría muy confortable en una sociedad como la actual, donde priman el esfuerzo y el progreso, al menos la mayor parte de las veces. La sutil técnica novelística por la que se consigue trasladar al lector la sensación de la vida intensa del protagonista es mediante un curioso desdoblamiento de la voz narrativa por el que el narrador se introduce en la mente de Cromwell y sin embargo nos narra sus pensamientos en tercera persona. A veces frases pensadas o dichas o escuchadas por Cromwell aparecen sin acotar en forma de diálogo, y esto y la persistente utilización del pronombre “él” han provocado un quebradero de cabeza a más de un lector poco avezado. No es una novela fácil de leer, pero eso es, precisamente, porque está muy bien escrita. Hilary Mantel diseña su propia técnica narrativa para introducirse en la mente de Cromwell.

Por lo que respecta a la caracterización de los demás personajes de la historia, ésta tiene lugar a través de la conciencia de Cromwell, pero el resultado final resulta muy convincente, pues todos los personajes rezuman vitalidad y credibilidad. Los jóvenes a su cargo en su casa son observados siempre con amor y un instinto protector, los nobles como el duque de Norfolk, con una mezcla de respecto y condescendencia, la pareja real formada por Enrique y Ana Bolena con ternura y un sano sentimiento de diversión ante sus excentricidades y las peculiaridades de sus caracteres.

Como nota final, señalar que esta novela mantiene la teoría del origen mágico de los Tudor, reflejado en la leyenda de Melusina, la mujer serpiente de la que se decía que procedía Jacquetta, la madre de Elizabeth Woodville, madre a su vez de Elizabeth de York, la madre de Enrique VIII. Cromwell, en la novela, es consciente de esta historia oculta de Inglaterra, y esto es lo que le hace ver que el matrimonio de Enrique con Ana Bolena es posible, a la luz de matrimonios reales, como el de Edward IV con Elizabeth Woodville, en los que la mujer es tenida por bruja. Pero, ¿hay mejor embrujo que el amor? Y, al hilo de la historia de Melusina, ¿no resulta una curiosa coincidencia que Ana Bolena se criase en la corte de Borgoña, a la que perteneció Jacquetta, la bisabuela del rey en quien originó la leyenda del poder mágico de Melusina?

(Una versión de esta reseña fue publicada el 15 junio 2013 en http://www.librosdeotrostiempos.blogspot.com.es)

El dulce thriller psicológico de Anxos Sumai

A-lúa-da-colleita

Una misteriosa mujer que ya pasa de los treinta años alquila un apartamento en un feo edificio situado en un paraje de gran belleza que domina una playa de la ría de Arousa, junto a la desembocadura del río Ulla, un edificio en el que se propuso vivir algún día en su ya distante adolescencia, y en el que espera romper con su vida anterior –vida a la cual no es ajena su inquietante “amiga” Bet– recuperar su salud y su belleza y disfrutar de la soledad perfecta.

En Madrid dejó a un novio pintor que la conocía por el nombre de Bet, esa otra versión de sí misma, la más cercana entre todas las apariciones que la visitan, la única que es capaz de introducirse bajo su piel y sacar de su interior cosas que nunca imaginaría, en sus períodos más sosegados, cuando es Nuria, que lleva dentro: como la desenfrenada pasión sexual, la voracidad frente a la vida, una fuerza creativa ingente y una violencia inusitada. Pero las vidas de Bet y las vidas de Nuria se superponen de manera tan confusa y peligrosa como para hacer perder a la protagonista toda noción de la realidad, ya que sus graves pérdidas de memoria la conducen a ignorar periodos completos de su existencia.

Es por esto que está condenada a repetir su pasado, en un eterno retorno del que no tiene escapatoria, como no puede escapar a la dualidad intrínseca a su identidad, y así, sin conocerlo, su llegada al apartamento del edificio con el que se obsesionó en su adolescencia no es sino un nuevo regreso.

¿Quién es ella realmente, Nuria o Bet, o una mujer que se mueve inciertamente en un espacio que corresponde a ambas? Nuria Uría-Bet comienza sus vacaciones decidida a dejar atrás la inestabilidad de su confusa identidad, a “reunificarse.” Pero pronto descubrirá la inutilidad de intentar acallar a Bet buscando llevar a cabo una vida en apariencia normal e intentando dominar los aspectos más salvajes de su persona mediante un estricto régimen físico. Su búsqueda de la luz la hará caer en un pozo más negro y doloroso que ninguno que hubiese antes conocido, y de este sufrimiento y esta lucha surgirán una nueva partida y un nuevo regreso, y una nueva mujer que no es ya ni Bet, ni Nuria, sino una criatura que acepta su indefinición, y que, con esto, encuentra finalmente un grado de satisfacción consigo misma.