Belleza derramada

Guadalupe Nettel, La hija única, Editorial Anagrama, 2020.

Laura vive su no-maternidad con un fervor evangélico, está convencida de que no debe multiplicarse. Quiere ser libre, vive atada a su escritura. Quiere hacer algo por ella misma. La tientan los viajes interoceánicos, los contrastes entre culturas, la búsqueda espiritual.

Cuando regresa a México, su amiga Alina se queda embarazada. Laura decide involucrarse. Su compromiso emocional se incrementa cuando llegan las malas noticias, en el octavo mes de gestación. El bebé, Inés, padece una microlisencefalia. Su diversidad neurológica es debida a la mutación de un gen en el cromosoma 17. Quizás el destino estaba escrito en las estrellas. La discapacidad es una prueba moral de la que no todas las familias salen airosas. Es una oportunidad de desarrollar la fortaleza del espíritu, de alumbrar una nueva dignidad en la existencia. En los cuidados a las personas dependientes no hay ganancia ni promoción, solamente hablamos de una potencia del alma. Entregarse y perderse en el otro, la familia como contrapeso a los valores del mundo.

Hay tantas oportunidades para que una mujer ejerza la maternidad en nidos ajenos. Laura observa el nido que unas palomas han construido en su balcón. La cría es un pajarito feo que no se parece a sus padres. Las palomas cuidan y alimentan a este pequeño cuco como si fuera propio. Se trata de un caso de parasitismo de puesta. Ocurre algo parecido cuando Laura se ocupa del hijo pequeño de su vecina Doris, un niño traumatizado y difícil cuya madre renuncia a la crianza. Involucrándose en diversas redes de cuidados, Laura experimenta una vivencia alternativa de la maternidad que está de acuerdo con las condiciones que ha establecido para su propia existencia, su decisión de no traer nadie a este mundo porque ya se ha derramado demasiada belleza. Nos abruman las existencias sorprendentes de seres únicos que no son queridos por nadie, que aguardan nuestro gesto de compasión, nuestro compromiso.