Trama y trauma

Charles Dickens, Grandes esperanzas, (1861), Alba Editorial, 2010.

En Grandes esperanzas (1861), de Charles Dickens, el poder de las tramas que atrapan a los personajes, principalmente Pip y Estella, es una parte fundamental de la estructura narrativa. El poder opresivo de estas tramas actúa como parte indispensable de la crítica social. Las tramas que oprimen a los desclasados son hiladas en opulentas mansiones decadentes como Satis House, el centro de las telarañas. La boda de Miss Havisham ha sido suspendida en el tiempo. Los relojes de la casa marcan siempre las 8:40 horas. El romance ha sido pospuesto hasta la tumba y más allá, el suyo es un corazón desintegrado en la nada. Por obra del designio de Miss Havisham, Estella debe endurecer su corazón, poner en efecto una venganza sobre el amor de los hombres.

El joven Pip al inicio de la historia está poco preparado para dilucidar el poder de las tramas en las que se ve envuelto. Dickens despliega el arte de la autobiografía como lectura del mundo de un narrador en primera persona que vuelve una mirada irónica a los ideales románticos de su juventud. Asistimos, como en tantos bildungsroman, a la construcción del relato de uno mismo a partir de los propios errores, el aprendizaje que sucede a las equivocaciones, que se establece en la aceptación final de la propia sombra, el doble maldito que ejecuta nuestros designios más oscuros.

Para ser vivida, la vida ha de ser reinterpretada una y otra vez a la luz de la temblorosa bujía del entendimiento. Pip crece entre dos mundos, entre la fábula y la modernidad. El futuro le pertenece, en el siglo diecinueve se despliega la odisea del Capital, un relato con el poder de transformarnos, quizás, en lo que nunca fuimos.

Miss Havisham acabará por reconocer que ha destrozado la vida de Pip. Quizás, también, ha alentado su progreso, quizás le ha empujado a descubrirse a sí mismo como adulto. El río Támesis serpentea entre el barro de los marjales, a resguardo de la niebla. Quizás es una metáfora del destino, de las esperanzas dudosas. Quizás los páramos se mostrarán un día libres de las cadenas, de las pisadas de los presos, de la desolación.

Charles Dickens escribió Grandes esperanzas hacia el final de su vida, pero la obra está basada aproximadamente en la época anterior al inicio de la era victoriana, alrededor de la década de 1820, en un tiempo paralelo a la propia niñez del escritor. Pip ansía convertirse en caballero, y Dickens se permite reflexionar quizás sobre sus propias humillaciones de la infancia, su propia oportunidad en una sociedad cuyas férreas barreras sociales se empezaban a reblandecer. Grandes esperanzas refleja la transición entre la era pre-industrial y el origen de la modernidad y de la era del capitalismo.

La movilidad social es el gran tema de los bildungsroman del siglo diecinueve, y en muchos casos este ascenso del héroe dependía de su alfabetización, de la oportunidad de recibir una educación que le distinguiera del resto. En su infancia y juventud, el esfuerzo de Pip por “leer” sus circunstancias frecuentemente se ve deformado por su imaginación, por la fantasía que se ha derivado de su sensibilidad privilegiada. Cuando, tras su primera visita a Satis House, Pip descubre que no es más que un niño campesino, se produce su expulsión del paraíso y su pérdida de la inocencia al tiempo que ansía convertirse en un caballero en Londres y conquistar a la inaccesible Estella.

Pip abandona su puesto de aprendiz en la forja de Joe, se muda a Londres con unas perspectivas inciertas y trata de reprimir la memoria de su pasado, su sospecha de los orígenes dudosos de su fortuna, la vergüenza de la clase a la que pertenece su familia. Su redención no se produce hasta que por fin se reconcilia con Magwitch y comprende la sencillez y grandeza de Joe, al tiempo que acepta la disciplina y el trabajo de la ética burguesa de la clase media comerciante que pasa a integrar. Para redimirse, deberá depender solo de sí mismo. La ventura capitalista de su época se convierte en su destino manifiesto. El trabajo es a la vez su condena y su liberación. 

Frente a este ideal burgués que se iba estableciendo para sustituir al delirio del Antiguo Régimen, Joe, el herrero inocente aunque incapaz de actuar más allá de su forja, inútil cuando era preciso poner orden en los asuntos domésticos y proteger a Pip de las violencias de su hermana, aparece como el último habitante de la fábula, justo antes de la llegada de la alienación de la modernidad. Parece que la solidez de los lazos familiares se desvanece, y que cada quién debe sostenerse por sus propios medios. Asistimos a la eclosión del capitalismo burgués. Solo nuestro propio esfuerzo nos pondrá a salvo de nuestros progenitores.

Desde su infancia, Pip anhela escapar de su experiencia de abuso doméstico mediante una proyección romántica, pero la violencia de su deseo supone que esté dispuesto a asociarse (de modo inconsciente) con el submundo criminal con el fin de garantizar esta huida. A lo largo de su juventud se esforzará por reprimir el conocimiento de esta culpa respecto a los verdaderos orígenes de su fortuna. Las tramas reprimidas ocasionan el trauma, que solo será curado al desanudar todos los hilos.

El propio relato que hace Pip de su huida de la miseria integra los hilos retorcidos de las tramas que otras personas han diseñado para su vida por capricho. Cuando consigue poner en marcha el negocio del que finalmente dependerá su salvación, lo hace como un gesto de generosidad desinteresada para con su amigo. No es hasta el final de la novela que ha adquirido suficiente sabiduría para desvelar los hilos ocultos que originaron el trauma compartido por Estella y por él mismo. Trama y trauma parecen complementarse en un juego de espejos. No lograremos liberarnos de la culpa hasta que no seamos capaces de hilar finamente todos los hilos de nuestro propio destino, también aquellos que conectan nuestras aspiraciones y sueños, la pesadilla de los orígenes, nuestra realidad y nuestro presente.