La poesía de Carmen Martín Gaite se ocupa del milagro de la escritura, la creatividad, la imagen y el lenguaje. La tarea del poeta consiste en trasladar una visión del espíritu al papel. A veces hay demasiada luz para el poema. La conciencia individual es quien, pues, nos resguarda de los peligros. La gracia se alimenta de las cosas más sencillas, de un oficio humilde que es ejercido en soledad, con útiles pobres y honestos: la ortografía, la gramática y la perspectiva con la que se enfoca el mundo, ese paisaje inhóspito que sobrevive en la palabra.
La escritura representa también una traición de la inspiración. El lenguaje es engaño, pero también es indescifrable la realidad, un mundo que nos es “ajeno e invencible”, como el paisaje del poema “Batalla perdida”, que nos sirve como excusa para pensar, para soñar un sueño doloroso y nítido, escenario de pasiones que estallan en batallas sin nombre ante su desafiante imperturbabilidad. Nuestra mirada sobre el paisaje, esta es la cifra del acertijo, esta relación entre la conciencia y el mundo. Toda nuestra imperiosa voluntad ahogada finalmente en un lamento de soledad.
Naturalmente surge la incertidumbre sobre la trascendencia del poema: ¿es palabra verdadera o artificio? Toda el ansia de escribir es una búsqueda de significado, aunque la autora se muestra escéptica, sospecha ser víctima de un engaño en sus ensoñaciones artísticas, intuye la burla de un destino cruel y omnipotente por el que quizás nada llega a comprenderse nunca.
El pasado, especialmente el tiempo de la infancia, aparece como salvación perdida. Aquel era un tiempo libre del terror y de la duda moral del arte, de los numerosos desgastes de la edad adulta, esa dureza de la monotonía. La impetuosidad del futuro surge con su amenaza frente a un pasado luminoso e impertérrito. El sueño es la frontera exacta entre la infancia y la poesía.
Toda antología es el resultado de lanzar los dados, y ciertamente José Teruel era el maestro de ceremonias propicio, pues la sucesión de los textos, aparentemente inconexos, si no fuera por el hilo del genio de la autora, va arrojando un tapiz que corresponde a la lectora descifrar para proclamar el oráculo. La tarea sagrada de la interlocutora era interpretar estas páginas desordenadas siguiendo las miguitas de pan del cuento, igual que Carmen Martín Gaite descifró a Macanaz.
Carmen Martín Gaite frecuentemente necesitó incidir en la justificación en el acto de la escritura. Se da una urgencia ante el papel en blanco, una necesidad de registrar las revelaciones. Existimos como argumento, toda narración del yo se da como jeroglífico, por eso la vida se recrea en las imágenes de la fábula. En esta sucesión de textos asistimos al progresivo desvelamiento de la imagen como punto de partida de la escritura. Hablamos por ejemplo de ese campo de flores malva que descubre a través de la ventanilla del tren.
Ese mundo exterior nos invade, y continuamente percibe Martín Gaite la confusión de esta opresión. La escritura se convierte en una herramienta para razonar la propia diferencia, esa manera en que nos desprendemos del torbellino de la vida para iluminar un pensamiento, algo que propiamente nos salve. Este acto de escribir es un acto de separarnos del mundo, un ejercicio de liberación.
Pero lo principal es que la palabra es para Carmen Martín Gaite, como el poder de la narración y el lenguaje, sinónimo de vida, y toda literatura ha de estar tocada por el brillo del espíritu, en oposición a los discursos resabiados, a los estereotipos, a las frases huecas y a las teorías sin contacto alguno con la autenticidad de la existencia.
Una imagen del campo (las vacas, las moras, las nubes) durante un paseo con su hija en El Boalo el 31 de julio de 1964, cuando la niña tenía ocho años, y que está incluido en El cuento de nunca acabar, resulta en la urgencia de poner esa imagen por escrito. Hay algo en la relación entre madre e hija, en la manera en que ambas responden al paisaje, que proporciona a Carmen la clave de su estética. No se trata tanto de lo que ella quiera escribir, sino de los sacrificios que ha de acometer –vivencias suprimidas, esperanzas ahogadas– para llegar a ser quien es. El viejo dilema entre la escritura o la vida, al fin. La génesis del cuento está, pues, nuevamente en una imagen que cristaliza no solo un estadio de la conciencia, sino también un manojo de emociones. El pecado está en narrarlo para no vivirlo, en ese gesto de apartar la vida para volverse al interior.
Esa imagen que es preciso rescatar como motivo de la escritura la persigue a lo largo de su carrera y se plasma plásticamente en el “cuento roto” de su poema a Nueva York. Esta imagen que antes era quizás un paisaje en El Boalo ahora se convierte en un cuadro de Edward Hopper en el museo Whitney. Se trata de la representación pictórica de una mujer sentada en la cama de una pensión mirando hacia la ventana, la misma ventana que conduce al país de los sueños, la intersección entre dos mundos que da origen a todos los cuentos.
En aquel paseo del verano de 1964, su hija había concebido el deseo de pintar un cuadro que pareciese de verdad, que fuera incluso más allá, representando lo invisible. Ésta es la misma verosimilitud del cuadro de Edward Hopper en el museo Whitney en el poema “Todo es un cuento roto en Nueva York”. Es ése el espejismo que hemos buscado constantemente entre las páginas de los libros, como esa mujer de Hopper con “la mirada estática / clavada eternamente de cara a una ventana / que de tan bien pintada parece de verdad”. Pintar la verdad, el sueño de Marta.
Hemos descubierto a través de estos textos la búsqueda de una imagen, un fragmento de realidad que justificase el viaje estético. La realidad, al fin, irrumpió brutalmente con la enfermedad y después la muerte de Marta Sánchez Martín el 8 de abril de 1985: “Pero esta vez no era literatura”, escribió Carmen Martín Gaite sobre el fatal rapto de la Reina de las Nieves en el poema “La última vez que entró Andersen en casa”.