El terror y la gracia

La poesía de Carmen Martín Gaite se ocupa del milagro de la escritura, la creatividad, la imagen y el lenguaje. La tarea del poeta consiste en trasladar una visión del espíritu al papel. A veces hay demasiada luz para el poema. La conciencia individual es quien, pues, nos resguarda de los peligros. La gracia se alimenta de las cosas más sencillas, de un oficio humilde que es ejercido en soledad, con útiles pobres y honestos: la ortografía, la gramática y la perspectiva con la que se enfoca el mundo, ese paisaje inhóspito que sobrevive en la palabra.

La escritura representa también una traición de la inspiración. El lenguaje es engaño, pero también es indescifrable la realidad, un mundo que nos es “ajeno e invencible”, como el paisaje del poema “Batalla perdida”, que nos sirve como excusa para pensar, para soñar un sueño doloroso y nítido, escenario de pasiones que estallan en batallas sin nombre ante su desafiante imperturbabilidad. Nuestra mirada sobre el paisaje, esta es la cifra del acertijo, esta relación entre la conciencia y el mundo. Toda nuestra imperiosa voluntad ahogada finalmente en un lamento de soledad.

Naturalmente surge la incertidumbre sobre la trascendencia del poema: ¿es palabra verdadera o artificio? Toda el ansia de escribir es una búsqueda de significado, aunque la autora se muestra escéptica, sospecha ser víctima de un engaño en sus ensoñaciones artísticas, intuye la burla de un destino cruel y omnipotente por el que quizás nada llega a comprenderse nunca.

El pasado, especialmente el tiempo de la infancia, aparece como salvación perdida. Aquel era un tiempo libre del terror y de la duda moral del arte, de los numerosos desgastes de la edad adulta, esa dureza de la monotonía. La impetuosidad del futuro surge con su amenaza frente a un pasado luminoso e impertérrito. El sueño es la frontera exacta entre la infancia y la poesía.

Flor de curación

“Más tarde, en casa, / reparo en / que mi melancolía es / un golpe de amarillo”. Marta Sanz revisa la mecánica de la luz y de sus sombras de muerte a través del bosque de la fábula. Este interés en iluminar la visión hasta el detalle, esta “luz del cuarto oscuro” en los poemas, surge de una perspectiva crítica del mundo que nos rodea, al tanto de sus conflictos. Vivimos en un tiempo de guerras que también desgastan al espíritu, que observa desde la distancia. Hay manchas, impurezas en la mecánica de la vida, esta ley que rige el mundo. Se insinúa como alternativa la conciencia de la rebelión. La agresividad y el dolor vienen a ser lo mismo, y todos los males amenazan con enquistarse en el ser, originando esa maraña que es la enfermedad, ese sobresalto del yo ante la carga de la realidad. Quizás el problema es tener una visión demasiado detallada, que interioriza cada suceso. El yo enfermo y el yo político.

La palabra es exacta, desencajada, como un fragmento de guerra, el conflicto de Palestina o las enfermedades hepáticas. También era esto la vejez, el temor a que se desencadene el fin. El desastre anunciado por el paso del tiempo, horror de hospitales y error de la biografía. Ser mujer y ser vieja es también ser consciente de las deudas de la historia. Se ha dibujado la geografía del miedo, un mundo diseñado por el hacedor de torturas, el que nos advierte y nos atormenta. Es la última oportunidad de regresar al libro. La metáfora y la “carne de gallina”. Porque dudamos si hay palabras que no se saben decir. Dudamos entre el lenguaje y la vida. Dudamos también del telediario. De todas las peripecias del dolor. Entrañamiento imposible de la desdicha. “Indagamos en las raíces reales del dolor”. Quizás eso también es la curación por la palabra, allí, dentro de la flor juanramoniana.

Visión encendida

Galdós inició los Episodios Nacionales con un relato sobre la pérdida del imperio. Trafalgar (1873) es la novela que describe la batalla más melancólica de la historia de España. El 21 de octubre de 1805 el almirante Nelson rompió la línea franco-española en su centro y disipó la ambición napoleónica de invadir Inglaterra. El retrato ejemplarizante de Churruca, así como de los marinos españoles críticos con la estrategia de Villeneuve, da lugar a la creación de un relato enraizado en la narración de un duelo histórico, sin rastro de artificio en su patriotismo, pues es el pueblo, a través de los ojos de Gabriel, el niño narrador, que despierta de la inocencia al abismo impredecible de la historia.

Es así que la pareja formada por don Alonso, el marino retirado que ha adoptado a Gabriel, y Marcial, un marinero veterano y mutilado, símbolo de la marina humilde y heroica, nos trae a la memoria asociaciones cervantinas. Marcial es el contrapunto humorístico y realista que personifica a Sancho Panza frente al quijotismo melancólico de don Alonso. Es esta dualidad la que insiere el relato en la épica literaria hispánica, fusionando el intimismo costumbrista con el relato histórico con el propósito de provocar una reflexión sobre el ser de España, grandiosa en la derrota como lo había sido un día en sus ideales.

Galdós escribe historia viva, palabra injertada en el devenir, deletrea el retrato de una derrota colectiva, sitúa a España entre el mapa y su reflejo en el espejo del porvenir. No renacerá ya más el heroísmo, pero sí se ha alumbrado una nueva mirada, quizás fue la única propiamente nuestra desde el inicio de los tiempos, el ser irónico, la actitud contemplativa, el juicio antes perdido y ahora recobrado por obra de una profunda aflicción.

Pintar la verdad (imagen y palabra)

Toda antología es el resultado de lanzar los dados, y ciertamente José Teruel era el maestro de ceremonias propicio, pues la sucesión de los textos, aparentemente inconexos, si no fuera por el hilo del genio de la autora, va arrojando un tapiz que corresponde a la lectora descifrar para proclamar el oráculo. La tarea sagrada de la interlocutora era interpretar estas páginas desordenadas siguiendo las miguitas de pan del cuento, igual que Carmen Martín Gaite descifró a Macanaz.

Carmen Martín Gaite frecuentemente necesitó incidir en la justificación en el acto de la escritura. Se da una urgencia ante el papel en blanco, una necesidad de registrar las revelaciones. Existimos como argumento, toda narración del yo se da como jeroglífico, por eso la vida se recrea en las imágenes de la fábula. En esta sucesión de textos asistimos al progresivo desvelamiento de la imagen como punto de partida de la escritura. Hablamos por ejemplo de ese campo de flores malva que descubre a través de la ventanilla del tren.

Ese mundo exterior nos invade, y continuamente percibe Martín Gaite la confusión de esta opresión. La escritura se convierte en una herramienta para razonar la propia diferencia, esa manera en que nos desprendemos del torbellino de la vida para iluminar un pensamiento, algo que propiamente nos salve. Este acto de escribir es un acto de separarnos del mundo, un ejercicio de liberación.

Pero lo principal es que la palabra es para Carmen Martín Gaite, como el poder de la narración y el lenguaje, sinónimo de vida, y toda literatura ha de estar tocada por el brillo del espíritu, en oposición a los discursos resabiados, a los estereotipos, a las frases huecas y a las teorías sin contacto alguno con la autenticidad de la existencia.

Una imagen del campo (las vacas, las moras, las nubes) durante un paseo con su hija en El Boalo el 31 de julio de 1964, cuando la niña tenía ocho años, y que está incluido en El cuento de nunca acabar, resulta en la urgencia de poner esa imagen por escrito. Hay algo en la relación entre madre e hija, en la manera en que ambas responden al paisaje, que proporciona a Carmen la clave de su estética. No se trata tanto de lo que ella quiera escribir, sino de los sacrificios que ha de acometer –vivencias suprimidas, esperanzas ahogadas– para llegar a ser quien es. El viejo dilema entre la escritura o la vida, al fin. La génesis del cuento está, pues, nuevamente en una imagen que cristaliza no solo un estadio de la conciencia, sino también un manojo de emociones. El pecado está en narrarlo para no vivirlo, en ese gesto de apartar la vida para volverse al interior.

Esa imagen que es preciso rescatar como motivo de la escritura la persigue a lo largo de su carrera y se plasma plásticamente en el “cuento roto” de su poema a Nueva York. Esta imagen que antes era quizás un paisaje en El Boalo ahora se convierte en un cuadro de Edward Hopper en el museo Whitney. Se trata de la representación pictórica de una mujer sentada en la cama de una pensión mirando hacia la ventana, la misma ventana que conduce al país de los sueños, la intersección entre dos mundos que da origen a todos los cuentos.

En aquel paseo del verano de 1964, su hija había concebido el deseo de pintar un cuadro que pareciese de verdad, que fuera incluso más allá, representando lo invisible. Ésta es la misma verosimilitud del cuadro de Edward Hopper en el museo Whitney en el poema “Todo es un cuento roto en Nueva York”. Es ése el espejismo que hemos buscado constantemente entre las páginas de los libros, como esa mujer de Hopper con “la mirada estática / clavada eternamente de cara a una ventana / que de tan bien pintada parece de verdad”. Pintar la verdad, el sueño de Marta.

Hemos descubierto a través de estos textos la búsqueda de una imagen, un fragmento de realidad que justificase el viaje estético. La realidad, al fin, irrumpió brutalmente con la enfermedad y después la muerte de Marta Sánchez Martín el 8 de abril de 1985: “Pero esta vez no era literatura”, escribió Carmen Martín Gaite sobre el fatal rapto de la Reina de las Nieves en el poema “La última vez que entró Andersen en casa”. 

La encrucijada de la poesía

Desde un tiempo antiguo, los dictados determinan las vidas de las mujeres.  Aquellas órdenes no pueden ser desobedecidas sin causar un tumulto. Estos poemas de Pilar Adón examinan la geografía emocional de una mujer soltera, sola. Hay una mujer cuyo ser se ha escindido. Ya no es aquella que otros esperaron ni la que ella soñó ser. Los poemas enfocan este dolor en el entorno doméstico, un espacio traspasado por la tristeza. La mujer también es la casa que habita. Su hogar es un refugio ahora ensombrecido. Consiste en muros que no contienen el calor, puertas que no se abren ni se cierran, el centro de la soledad.

Hay un efecto íntimo, desgarrador, de la soledad. Un daño que trasciende los entornos. Esta odisea inversa se refleja en un cuerpo que se quiebra, una mente que zozobra, el luto ante el amor que nunca fue. Tal vez una escalera se materializa ante la conciencia de la mujer herida, una oportunidad para la ascensión, para sobreponerse a este torbellino descendente.

La pérdida de la felicidad es el tema de estos poemas. Este dolor no ocurre en el vacío. No hay neutralidad posible. Pilar Adón esboza una estética del desconsuelo. Es precisamente esta voluntad de aferrarse al pasado, de no superar el trauma de la vida adulta. Son los primeros instantes de la desolación, la comprensión del daño que es el destino. Es entonces cuando se susurran las respuestas, todas insuficientes. Nos quedan las palabras, esa voluntad inútil de curación en el lenguaje.

Existe una esperanza frágil, una memoria del paraíso ahí donde se alumbró un sueño de plenitud justo antes de la pérdida. No hay razonamiento ni justificación, solo visiones encendidas. Un dolor que se vuelve menos vivo, que asiste a un nuevo capítulo. La vida no ha cumplido su promesa. Los vínculos se diluyen y, sin embargo, los días se suceden: una renovación de la existencia, que se sabe más vulnerable, más sabia.

Esta supervivencia precaria arrastra el desconsuelo, se lleva lo más querido. Esa caída del paraíso y algo nuevo que surge, esta identidad solitaria, independiente, alimentada de vínculos borrados, de sueños, de un fuego ya callado. Todo lo que pudo ser frente a la realidad del desconcierto. El asidero de las palabras para explicarse el cambio de un mundo, una vida transformada sin asomo de culpa, acaso con unos pedazos de nostalgia, aquella que yo fui. Aquel paraíso soñado pervive en la memoria. El pasado que nos alimentó, el pasado nutricio, un rastro de amor. Aquel vínculo roto, una herencia generacional sin culpa, sin lamentaciones. El pasado que nos habita, la soledad inevitable.

Esta pérdida implica una transformación, pero también un traslado, el pasadizo entre los mundos. Una forma de habitar los umbrales, espacios liminales en los que se revela un sentimiento, se sella un vínculo. La gracia de haber poseído otro ser y la transfiguración del viaje, aquel emisario del miedo. Asistimos al luto por un ser que amamos, quizás por un pedazo de la propia conciencia, el tránsito entre la gracia y la desolación.

Estos poemas contemplan pasadizos, los caminos que nos llevan al hogar y a lo que no es hogar. Hay un antes y un después. Un futuro que nos renueva contra nuestra voluntad cuando todo lo que ansiamos está en el pasado, el instante de la gracia. Aquel sol que ya fue. Rumor de sentimientos perdidos que nos sitúan en el inicio mismo de la ascensión. Quizás la renuncia a todos los mandatos nos ha situado en esta intersección confusa, la oportunidad de la transfiguración, la encrucijada de la poesía.

Desplegamos una vigilancia insistente que estudia cada etapa del trayecto, esta expedición por la que retornamos a nuestro yo auténtico. La juventud perdida que reaparece en una tardía manifestación del espíritu. Son estas las floraciones del ser, las dádivas del dolor por haber perdido la imagen de una misma en el laberinto. Fue quizás el miedo lo que propició esta maduración, este reverdecer de todo lo invisible que nos habita. Los recuerdos y también las promesas.

Nos queda asumir la contención como consuelo. El dolor que se suprime mediante el silencio. Esta disolución del ser, paulatina. Esta promesa de cariño, olvidada. Porque no hay hijos. No quedan rastros. Ser siempre hijas de alguien, nunca madres. Haber perdido el corazón porque hace frío, frío en el mundo del mañana y el amor es apenas un souvenir.

Demasiado sentimiento para ver el camino. Demasiada comprensión para aceptar el presente. “Demasiada luz es ceguera”. Los días se suceden pesados, sin perspectiva, cuando nos resistimos a asumir la levedad.

El tiempo es ese misterio que cifra nuestra agonía. ¿A dónde se van los momentos felices? Alimentan nuestra memoria, sostienen el espíritu… y desaparecen. El tiempo huye y nada permanece, sobre todo en la vida de la mujer soltera, cuya mirada está puesta siempre en el pasado, en el origen propio, la mirada fija en la infancia constante, principio y final de un destino.

Promesa de la luna

Miguel Hernández, pastor y poeta del sol y de la luna, poesía que es luz derramada sobre la noche del alma, poeta de la génesis del mundo, trovador de la pena y del penar y de la lástima, trovador de la vida como rayo de amor que no cesa en su aspiración de muerte, el destino de la piel del toro. La tragedia civil es una oportunidad para la fraternidad, para componer el canto de un mundo que es España, de una geografía que se hunde en el vientre materno, dulce, blando, oscuro como la luna meridional. Poeta del mediodía, de la luz, ante todo un poeta que es un hombre rendido ante la belleza del misterio, el misterio del dolor y de la muerte pero también de la generación y de los astros. Del alba de su Josefina Manresa. De la noche profunda del hijo muerto, Manuel Ramón. Poeta de la palabra que se rompe para dar con la luz de un lenguaje nuevo, crisol de la modernidad. Lengua que se quiebra espantada del pasado para que fluya la sangre del nuevo día, una savia renovada, fractura del futuro, esperanza de la tierra, esperanza del porvenir, promesa de luna, promesa de redención.

Relato del fin

María Sánchez, Fuego la sed, La Bella Varsovia, 2024.

Fuego la sed (La Bella Varsovia, 2024) es el relato del fracaso de un mundo. La historia es interrumpida y nos enfrentamos al riesgo de perder los lugares que conocimos. El punto de referencia es el pasado, la aldea de la que provenimos. Nos queda poco tiempo para asimilar el conocimiento del fin.

María Sánchez quiere narrar el instante anterior a la desaparición, cuando al fin recapitulamos. El agua es ese elemento mágico, la fuente de la vida. Ahora se vuelve escasa, las historias se cierran. ¿Qué existencia nos aguarda más allá de esta realidad? Quizás habitaremos un espejismo. Quizás la realidad será excesiva, sombra de sombra, fulgor de la existencia.

Se abre esta brecha en la historia y la poeta reconoce la necesidad de darle voz al mundo natural, recrear el lenguaje de la resistencia. Los animales hablan en versos, reproducen el murmullo de los siglos, enumeran sus reproches. Las mujeres entonan su canto, un silencio áspero, ardiente. No hemos sabido escuchar estos lenguajes. La palabra del hombre se ha impuesto sobre todas las demás. Ha ensordecido al mundo. El deseo de poder también es un deseo de lenguaje. Este deseo de dominación ha sacrificado nuestra convivencia, ha creado el desierto. ¿Qué haremos con el exceso de lenguaje de los hombres?

El poema es una invocación y un examen de conciencia colectivo. La historia es esa calamidad por la que el agua es pasado y el fuego es futuro, destino trágico, pathos, pesadilla. Asentimos a los equívocos del progreso. Reconocemos la inocencia de la naturaleza frente a los errores de la inteligencia, ese fruto prohibido del que comimos, el inicio de la desmemoria. La lucha por la existencia es también una batalla entre distintos lenguajes: el poder del hombre para nombrar todas las cosas antes de destruirlas, y el lenguaje sometido que solo se conoce a sí mismo. “Reclamamos el espejo”, dicen los animales. Ellos ansían deshabitar la prisión, reclaman el relato de las historias que no fueron escritas, los verbos que se estimaron superfluos, la canción de la sed frente al reflejo roto del universo, los pedazos de vida diseminados en otra dimensión. Somos pasajeros de la migración entre los mundos.

Seducción, casi

Si Sara Torres pretendía escribir una novela sobre la poética de la seducción, el arte de la conquista amorosa, el resultado no cumple las expectativas que podría generar este gran tópico literario. Una joven fotógrafa en invitada a la masía de una escritora veinte años mayor para realizarle un reportaje, albergando la esperanza de que surja una relación. Pero la escritora se muestra esquiva y la rehúye, sumiendo a la joven en una incertidumbre que deriva en la inseguridad y el auto odio, la ansiedad y la exacerbación del deseo. ¿Es posible alumbrar una pasión más grande mediante la negativa a consumarla?

La novela parte de una premisa atractiva que presenta la seducción como un proceso lento que favorece una cierta tensión existencial, la antesala quizás de un amor que nunca llega a nombrarse, como si las relaciones entre personas del mismo sexo debieran tener otro nombre. Pero en la mecánica del relato estas mujeres fluyen a la deriva de sí mismas, sin nunca llegar a encontrarse como personajes, y de ahí lo forzado del falso final feliz. La fotógrafa es egoísta, posesiva y está obsesionada con su propio cuerpo (a quién le interesan sus agobios). La escritora madura es una snob que se encapricha con la idea de poseer una muchacha a la cual dominar con el mismo aire de falsa sabiduría con el que apacigua a su perra o decora su masía, que parece sacada de un frívolo reportaje de interiores de la revista Vanity Fair.

Hay destellos aislados en la escritura de esta novela, pero el desarrollo parte de una serie de tópicos preconcebidos de la contracultura LGTBI. La relación entre las mujeres protagonistas no resulta creíble porque no se logra un grado suficientemente alto de verosimilitud literaria, y no siempre basta con desplegar una ideología o un canon cultural y académico comúnmente aceptado para hacer literatura. La preponderancia de las ideas y de la teoría constriñe el valor artístico del texto, sin dejar lugar para ninguna idea auténtica sobre el lesbianismo, sin dejar lugar para la poesía ni para el gozo.

El poeta ventrílocuo

Mario Obrero, Tiempos mágicos, La Bella Varsovia, 2024.

Hay libros a los que habrá que regresar una y otra vez para no perder el sentido de la revelación. Mario Obrero es el bardo visionario de unos Tiempos mágicos (La Bella Varsovia, 2024) que son la encrucijada del porvenir. Asistimos a la rapsodia del poeta ventrílocuo que versifica al dictado de un dios iracundo (iracundos son todos los dioses) que declama machaconamente el estribillo de la historia, una fábula ya concluida, una sonata política cuyas enseñanzas se nos habían escapado. El misterio es revelado en renglones torcidos, en cláusulas de luz.

No aprendemos, por eso las imágenes se suceden alucinadamente. Los ecos del pasado retumban en nuestros oídos. Venimos de ese abismo que se abrió en el 36. Ansiamos la salvación en la palabra, en la síntesis que produzca la reunión de las voces que se dispersaron por los caminos, que se ahogaron en las cunetas. El poema es un rompecabezas inscrito con letras de oro. Nos corresponde descifrar el sentido de los acontecimientos, pero el relato es una algarabía. No se ha perdido el rastro de lo divino, no, somos testigos de la palabra. Vivimos tiempos mágicos pero las verdades son susurradas en los callejones de la historia, entre sus desperdicios. El poeta es el rapsoda de la fábula nacional, hace suyo el relato mágico que persiste a través del tiempo que a su vez insiste en torcer los sentidos. Su tarea es manifestar lo indecible, abrir un reguero de luz que salve a España de su memoria, del martirio que oculta los senderos. Por eso el lenguaje se resquebraja. Estos son los fragmentos de los ecos aterrorizados de un destino que ya se consumó. Este mandato vive en la memoria del presente, en todas las ideaciones que proyectamos. Estamos ya en un país que no se recuerda a sí mismo. La voz poética lucha por hacer inteligible un secreto impensable.  

Hemos presenciado un acto de seducción muy voluntarioso. La palabra del dios hastiado de olvido. Una confusión de lenguas nacionales. Un requerimiento de pureza. La ofrenda de una inteligencia nueva. El relato de esta vieja luz que ha nacido.

Dueña de sí

Elisa Victoria, Otaberra, Blackie Books, 2023.

Renata, la protagonista de Otaberra (Blackie Books, 2023), se recluye en su casa para exorcizar su trauma por medio de la escritura. El detonante tiene lugar a partir de la grabación de un reportaje sobre el trabajo en su laboratorio. Ella, que es consciente del coste moral de las rutinas laborales intrascendentes, se ve obligada a observarse a sí misma a través del objetivo. Son las 16:04, una hora propicia para fundirse dentro de su propia conciencia y buscar la perfección. Este es el momento en el que observa el vídeo de su entrevista, y decide registrar el instante en que parpadea en una grabación con su teléfono móvil. Esta imagen del parpadeo, reproducida hasta el infinito, la desubica. Se encuentra ante un portal, el instante propicio para la escritura.  

A partir de este momento, ya en la Segunda Parte de la novela, la historia de Renata es el resultado de su propia reescritura de su trauma, de su traslación al papel de una violencia asumida en la adolescencia como parte inseparable de la existencia. Este ejercicio de introspección la impulsa a bucear en su propia historia, reproduciendo sus insatisfacciones en el amor, su precariedad laboral de la juventud. Su esfuerzo creativo es fragmentario, incide en las rupturas, en la búsqueda de esos estados liminales por los que asomarse a una comprensión más valiosa de sus vicisitudes vitales. Renata precisa disociarse, multiplicarse en voces distintas en el teatro de títeres de su imaginación para asumir esa contaminación de su ser que ha producido Eusebio, el malogrado amigo de su juventud. Quizás sea posible escribirlo todo, hasta lograr la redención.

Así Renata inicia una búsqueda, a través de la palabra, de la posibilidad de una refundación de su propio ser, también de la afirmación de la propia pureza, ese reducto vacío e intachable de la propia inviolabilidad. Así llega a descubrir, en el término del libro, otra imagen de sí misma muy distinta de aquella grabación en su entorno de trabajo: una Polaroid que le habría hecho Eusebio que sí dice la verdad sobre ella misma. Hay también un cromo, el número 23 de un álbum de Robin Hood, que la redime de todo mal. Reproduce el encuentro entre Lady Marian y Skippy en la película de Disney de 1973. Este cromo es un símbolo de lo que nunca llegó a suceder, esa esperanza inquebrantable en la propia inocencia. Otaberra no es tanto el relato de la culpa de la protagonista por no haber evitado el suicidio de su mejor amigo como la afirmación de esa misma renuncia a la actuación que distingue a Renata. Hay una privacidad en los tormentos que ha sufrido a lo largo de su vida y que la impulsan desvelar su trauma a través de los poderes de su imaginación.

Elisa Victoria ha escrito una novela críptica que oculta sus líneas narrativas maestras, como un jeroglífico. No es una historia novelesca fácilmente asimilable, sino que incide en el desconcierto, como una partitura para los iniciados. Hay un esfuerzo por descifrar lo innombrable. Hay un esfuerzo por lograr la comprensión de un mundo endemoniado que nos sustenta, alimentándonos. Hay pecados, faltas, que transforman la existencia de quienes se ven obligados a hacer de testigos desde la inocencia. Eusebio nos violenta con la exhibición de su naturaleza, con su insurrección. Quizás no es posible cambiar lo que sucedió, pero sí mejorar nuestro entendimiento. Hay un profundo reposo que se instala en la aceptación de las cosas verdaderas y en la negación de las falsas. 

Otaberra es una novela de ideas políticas, no es un pastiche emocional. Su lectura nos impulsa a reflexionar sobre las violencias invisibles ejercidas por el consenso social. Hay maldiciones, tabúes, rituales siniestros por los que nos hacemos adultas o quizás somos destruidas en el proceso. Cabe preguntarse si la violencia del juicio dará lugar a la compasión y la empatía en la sucesión de procesos históricos. Este es uno de los grandes temas de nuestro tiempo, el debate sobre los límites del puritanismo.

Las décadas de los ochenta y los noventa aparecen aquí como escenario donde se reproduce el mythos romántico, la repetición de un nuevo ciclo de utopía y represión. El año 1989 es un portal desde el que asistir a un nuevo sacrificio. El año 1981 se repite incesantemente en los diarios de Eusebio recreados por la imaginación de Renata. Al terminar el libro tenemos la sensación de que se nos ha comunicado algo valioso que tal vez haya pasado desapercibido. La conciencia ha hilado un hilo que nos ha conectado con el abismo oscuro del que procedemos. Hay una suciedad en los cuerpos, un espanto en la condena de estar viva. También hay una gracia en la felicidad de saberse, finalmente, entera, dueña del propio ser.