El encantamiento

La montaña mágica es la historia de un encantamiento. En el sanatorio de Davos, Hans Castorp se enfrenta a las tareas del espíritu. Durante siete años se sumerge en lo que Thomas Mann describió como la “cara nocturna de la naturaleza y del alma”, un espacio en el que predomina lo preespiritual, la pasión, lo inconsciente. Se trata de un “retroceso a lo nocturno”, a “lo sagrado originario”, “a lo preconsciente grávido de vida”, al “seno materno romántico-histórico-mítico”. Todas estas citas provienen del ensayo ‘El puesto de Freud en la historia del espíritu moderno’, que Mann pronunció en la universidad de Múnich el 16 de mayo de 1929.

El sanatorio de Davos es un escenario en el que se despliegan las fuerzas irracionales que progresivamente habían comenzado a dominar una época. Es así que la novela actúa como anuncio presciente de la gestación de lo que Mann en el mismo ensayo denominó el “monstruo moderno”, y que está en el origen del fascismo. Como espejo de la génesis de estas fuerzas en la novela nos encontramos con la confrontación dialéctica entre las ideas de Naphta, jesuíta converso simpatizante del socialismo, que se enfrenta a Settembrini, defensor del humanismo y de la razón kantiana, pero no por ello un personaje sin su rastro de sombras.

La guerra mundial despierta a Hans Castorp de su ensoñación, aquella muerte mágica que conforma su viaje hermético. El amor por Claudia Chauchat, melancólica majestad lunar, ha sido parte de este viaje en el que se aúnan el cuerpo, la belleza y la muerte. La batalla dialéctica es inicialmente perdida por Naphta, pero aquel monstruo estaba en pleno proceso de gestación y aquí Mann profetiza el surgimiento del nazismo como aquel resultado de una apropiación reaccionaria de los instintos más oscuros del alma humana. Quizás aquella alquimia precisaba ser dirigida diestramente hacia su conscienciación en un proceso Freudiano, como el que representa la sublimación intelectual de Hans Castorp. En lugar de ello, las fuerzas irracionales que se habían ido desatando como un fenómeno paradójico de la modernidad en Alemania proseguirían su desenvolvimiento hasta la conflagración final.

Contar la retirada

La necesidad anímica de Thomas Mann de consagrar sus fuerzas al espíritu, a la literatura y a la filosofía, a la tarea noble del pensamiento, se remonta a lo que él denomina esa “pereza soñadora” de su infancia en Resumen de mi vida, y marcaría su carácter y su obra, convirtiéndose el dilema entre la vida y el espíritu en su tema fundamental.

Es de Nietzsche de quien hereda este dilema entre la vida y el espíritu, que Mann trataría con ironía en la magna obra que es La montaña mágica, que es también una reflexión sobre las consecuencias morales de la primera guerra mundial, esa necesidad de enfrentarse a la llegada de un nuevo mundo.

Es el impacto de la democracia lo que Hans Castorp debe asimilar en esta particular sublimación alquémica que constituye el peculiar viaje interior del libro, una placentera (y erótica) regresión del espíritu, una filosófica especie de afinidad por la melancolía y la muerte heredada de Schopenhauer que se ve brutalmente interrumpida por el estallido de la guerra.

Era preciso despertar al pueblo alemán de su ensoñación del pasado. Este es el propósito de La montaña mágica, quizás un designio vital en la biografía de Mann, pero para hacerlo, y ahí estriba la genialidad de su interpretación, debía escribir una tragicomedia.

Aquella otra obra que escribió por aquel tiempo, las Consideraciones de un apolítico (1918), también tratan el problema de ser alemán en el nuevo mundo, retratando «un último y gran combate de retirada de la burguesía romántica frente a lo “nuevo”», en las palabras del propio Mann en Resumen de mi vida.

Es así que Thomas Mann encarna el reto supremo de la época para el hombre culto alemán: hacer una transición desde la metafísica hacia la democracia. Esta superación de las preocupaciones meramente individualistas de la burguesía culminaría en el trasfondo mítico de la obra José y sus hermanos.

La posterior ascensión del nazismo confirmaría a Mann en la tarea de una vida, esa voluntad de superar la subjetividad irracional, incorporándola, y abrirse a una comprensión más incluyente, más generosa, compleja, dinámica y, en última instancia, “social” de la existencia.

La mirada de Uta

Durante una gira de lecturas en la Alemania del Este antes de la caída del Muro, Günter Grass –o eso relata la fábula–, hace una visita a la catedral de la pequeña ciudad de Naumburg, donde creció Nietzsche. Allí, entre los muros húmedos del monumento, en el coro occidental podemos encontrar las doce estatuas de los fundadores, imágenes de piedra viva, palpitante, entre las que destaca Uta de Ballenstedt, cuyo realismo solo es comparable a su belleza, una imagen que convoca a la fantasía –inspiró a la madrastra de Blancanieves de Disney– y que hechizó a Grass hasta que se vio obligado a escribir esta historia para conocer a esta mujer sobre el papel.

Grass siente curiosidad por la estatua de Uta y convoca a la escritura y a la imaginación para lograr un conocimiento más transcendente de este misterio. Observamos que Uta se alza el cuello del manto sobre la mejilla derecha quizás en un gesto de rechazo hacia su marido Ekkehard II, que protegió las fronteras orientales del Sacro Imperio Romano Germánico. Pero esta historia trata sobre algo más que sobre el enfrentamiento secular entre germanos y eslavos. La mirada de Uta es indescifrable. ¿Qué es lo que contemplaban sus ojos, abiertos de una vez por todas a un mundo insospechado? Quizás el vacío, quizás el vértigo de los siglos, en todo caso algo que  nadie más que ella podía ver.

La escritura es una excusa para el hechizo. Lo que le interesa a Grass es el poder de convocatoria del papel. Allí se reunen los modelos de las estatuas en torno a la mesa, un domingo a las doce, junto al maestro de Naumburg. Es una oportunidad de soñar sus existencias, que se confunden con las de los personajes históricos reales. Hay una confusión en las identidades de esta Uta de Ballenstedt. Hay, desde luego, una pasión por el pasado, una desconfianza hacia el futuro.

“En realidad estoy en contra del color”, dice el maestro. “¿Cómo va uno a llegar al Señor con tanta distracción de colorines?” Piedra gris, sueños. La modelo para Uta es la hija de un orfebre y pide una Coca-Cola. A partir de ahí puede ocurrir cualquier cosa.

Uta cobra vida. Es Jutta, una figurante que Grass se encuentra primero frente a la catedral de Colonia, luego frente a la catedral de Milán. La acompaña su novio, un hombre de apariencia eslava o árabe. Quizás aquí también hay una historia de violencia. El amor es imposible. A Jutta (Uta) le sigue gustando la Coca-Cola. Un compromiso tan cierto como ambiguo con la modernidad. Hay un destino oscuro a través de los siglos. La desilusión de Grass se traslada al texto, un borrador que nunca terminó de pulir. Al mismo tiempo, hay algo que se nos escapa. La mirada de Uta. ¿Lo habíamos olvidado? El espanto de la historia. Tal vez ese secreto nunca será desvelado.