El relato de un mundo

Los Diarios de Virginia Woolf son el testimonio irrefutable de la transformación de un mundo, el alumbramiento de la modernidad. Es conocida la aseveración de Virginia de que el mundo cambió alrededor de diciembre de 1910, recogida en uno de sus más famosos ensayos, “El señor Bennett y la señora Brown”. A esta evolución en las relaciones sociales y culturales no fue ajeno el espíritu del círculo de Bloomsbury. Allí se fraguó el modernismo inglés, una repuesta cultural y artística propia a un mundo que avanzaba vertiginosamente.

Estos diarios comienzan el 1 de enero de 1915, cuando Virginia ya se iba restableciendo de una de sus graves crisis de salud mental, acaecida dos años antes, escritura que se vería interrumpida por otra crisis a finales de febrero de ese mismo año. El diario sería retomado en el verano de 1917 en Asheham, su casa de campo, y desde ahí continúa con un vigor que se va afianzando con el paso de las semanas hasta finales de 1919, la conclusión de este primer volumen cuidadosamente editado por Anne Olivier Bell, su sobrina política.

A estas páginas pertenece el recuento de una versión muy personal de una época crucial en el devenir histórico y cultural de la humanidad. Se suceden la narración de la guerra, el relato de los bombardeos alemanes de Londres, la vida que prosigue pese a todo, las conversaciones, las fiestas, las cenas con amigos, los chismorreos, el té y el periódico en el 1917 Club, el incipiente internacionalismo del que participó Leonard intelectualmente, el movimiento sufragista, los talleres de arte Omega y el postimpresionismo, una versión pictórica de aquel renacer de la conciencia.

Virginia Woolf hace el cuidadoso registro de la tristeza de los días y la emoción de la escritura, la maravilla de descubrir el que sería su propio retiro en el campo, Monk’s House, un refugio para el matrimonio Woolf en aquel esfuerzo titánico y conjunto por sobreponerse a la enfermedad, por consagrarse a la creación de una obra y unas vidas perdurables. En este diario quedan plasmados los cimientos de ese logro, la escritura que surge victoriosa ante la enfermedad y la decadencia de un viejo mundo que no regresaría ya más.

La gramática de la melancolía

May Sarton escribió su Diario de una soledad entre 1970 y 1971, en un estado de gracia, con el propósito de corregir la imagen idílica que se había popularizado en torno a su solitaria vida en su granja de Nuevo Hampshire tras la publicación de Anhelo de raíces. Si ella misma había contribuido a construir la mitología de Nelson, ahora se hacía necesario destruirla. Porque su vida en aquella aldea también conocía los altibajos de la depresión y la angustia, turbulencias emocionales que ella consideraba esenciales para el progreso espiritual en el esfuerzo por desentrañar el mundo.

Una de sus preocupaciones era el origen y la preservación del pulso creativo. A lo largo de un crudo invierno asistimos a su exposición minuciosa de la gramática de la melancolía. May Sarton escribió en estos diarios sobre el silencio, la soledad, la luz del otoño en Nueva Inglaterra, esa luminosidad en la que se comprende todo fugazmente en instantes irrepetibles, siempre buscando la reparación que surge de la escritura en ese lugar exacto donde prende la raíz, el centro de un mundo, el territorio del sueño.

Consciente de que no se debía evitar el dolor, May Sarton insistió en la búsqueda de esa tensión, el hallazgo de las revelaciones que surgen tras tormentos sucesivos, de ese manantial de donde brota la palabra, la fuente de la creación, el verbo de la soledad. Estos son los trabajos del espíritu, los trabajos de la poesía. Sus diarios registran el empeño cotidiano por adquirir la conciencia de lo sagrado, por vislumbrar el ser en sus fugaces destellos de plenitud, breves instantes de reconciliación con el orden y la belleza del mundo, con el destino construido a lo largo de la existencia, una vida que habitar como un regalo o una promesa del misterio. Cada uno de sus poemas aspiraba a capturar la luminosidad en la que se engendra el mundo.

Su soledad solo se vio interrumpida por su correspondencia, por las visitas, por algún viaje. Le preocupaban la transformación de las relaciones personales en aquel tiempo, las condiciones precarias de la mujer creadora, tenía inquietudes políticas. Defendió su derecho a la vulnerabilidad, el lugar propicio para asistir a la revelación, esos momentos de calma en los que momentáneamente comprendemos el mundo, y que se encadenan como iluminaciones sucesivas a las que aferrarse en un gesto imposible, porque nada es firme, ni los rayos de luz, ni esta palabra escrita, ni la ventisca.