El terror y la gracia

La poesía de Carmen Martín Gaite se ocupa del milagro de la escritura, la creatividad, la imagen y el lenguaje. La tarea del poeta consiste en trasladar una visión del espíritu al papel. A veces hay demasiada luz para el poema. La conciencia individual es quien, pues, nos resguarda de los peligros. La gracia se alimenta de las cosas más sencillas, de un oficio humilde que es ejercido en soledad, con útiles pobres y honestos: la ortografía, la gramática y la perspectiva con la que se enfoca el mundo, ese paisaje inhóspito que sobrevive en la palabra.

La escritura representa también una traición de la inspiración. El lenguaje es engaño, pero también es indescifrable la realidad, un mundo que nos es “ajeno e invencible”, como el paisaje del poema “Batalla perdida”, que nos sirve como excusa para pensar, para soñar un sueño doloroso y nítido, escenario de pasiones que estallan en batallas sin nombre ante su desafiante imperturbabilidad. Nuestra mirada sobre el paisaje, esta es la cifra del acertijo, esta relación entre la conciencia y el mundo. Toda nuestra imperiosa voluntad ahogada finalmente en un lamento de soledad.

Naturalmente surge la incertidumbre sobre la trascendencia del poema: ¿es palabra verdadera o artificio? Toda el ansia de escribir es una búsqueda de significado, aunque la autora se muestra escéptica, sospecha ser víctima de un engaño en sus ensoñaciones artísticas, intuye la burla de un destino cruel y omnipotente por el que quizás nada llega a comprenderse nunca.

El pasado, especialmente el tiempo de la infancia, aparece como salvación perdida. Aquel era un tiempo libre del terror y de la duda moral del arte, de los numerosos desgastes de la edad adulta, esa dureza de la monotonía. La impetuosidad del futuro surge con su amenaza frente a un pasado luminoso e impertérrito. El sueño es la frontera exacta entre la infancia y la poesía.

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Autor: Lorena Porto

Profesora de inglés. Libros y traducción literaria.

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