
Desde un tiempo antiguo, los dictados determinan las vidas de las mujeres. Aquellas órdenes no pueden ser desobedecidas sin causar un tumulto. Estos poemas de Pilar Adón examinan la geografía emocional de una mujer soltera, sola. Hay una mujer cuyo ser se ha escindido. Ya no es aquella que otros esperaron ni la que ella soñó ser. Los poemas enfocan este dolor en el entorno doméstico, un espacio traspasado por la tristeza. La mujer también es la casa que habita. Su hogar es un refugio ahora ensombrecido. Consiste en muros que no contienen el calor, puertas que no se abren ni se cierran, el centro de la soledad.
Hay un efecto íntimo, desgarrador, de la soledad. Un daño que trasciende los entornos. Esta odisea inversa se refleja en un cuerpo que se quiebra, una mente que zozobra, el luto ante el amor que nunca fue. Tal vez una escalera se materializa ante la conciencia de la mujer herida, una oportunidad para la ascensión, para sobreponerse a este torbellino descendente.
La pérdida de la felicidad es el tema de estos poemas. Este dolor no ocurre en el vacío. No hay neutralidad posible. Pilar Adón esboza una estética del desconsuelo. Es precisamente esta voluntad de aferrarse al pasado, de no superar el trauma de la vida adulta. Son los primeros instantes de la desolación, la comprensión del daño que es el destino. Es entonces cuando se susurran las respuestas, todas insuficientes. Nos quedan las palabras, esa voluntad inútil de curación en el lenguaje.
Existe una esperanza frágil, una memoria del paraíso ahí donde se alumbró un sueño de plenitud justo antes de la pérdida. No hay razonamiento ni justificación, solo visiones encendidas. Un dolor que se vuelve menos vivo, que asiste a un nuevo capítulo. La vida no ha cumplido su promesa. Los vínculos se diluyen y, sin embargo, los días se suceden: una renovación de la existencia, que se sabe más vulnerable, más sabia.
Esta supervivencia precaria arrastra el desconsuelo, se lleva lo más querido. Esa caída del paraíso y algo nuevo que surge, esta identidad solitaria, independiente, alimentada de vínculos borrados, de sueños, de un fuego ya callado. Todo lo que pudo ser frente a la realidad del desconcierto. El asidero de las palabras para explicarse el cambio de un mundo, una vida transformada sin asomo de culpa, acaso con unos pedazos de nostalgia, aquella que yo fui. Aquel paraíso soñado pervive en la memoria. El pasado que nos alimentó, el pasado nutricio, un rastro de amor. Aquel vínculo roto, una herencia generacional sin culpa, sin lamentaciones. El pasado que nos habita, la soledad inevitable.
Esta pérdida implica una transformación, pero también un traslado, el pasadizo entre los mundos. Una forma de habitar los umbrales, espacios liminales en los que se revela un sentimiento, se sella un vínculo. La gracia de haber poseído otro ser y la transfiguración del viaje, aquel emisario del miedo. Asistimos al luto por un ser que amamos, quizás por un pedazo de la propia conciencia, el tránsito entre la gracia y la desolación.
Estos poemas contemplan pasadizos, los caminos que nos llevan al hogar y a lo que no es hogar. Hay un antes y un después. Un futuro que nos renueva contra nuestra voluntad cuando todo lo que ansiamos está en el pasado, el instante de la gracia. Aquel sol que ya fue. Rumor de sentimientos perdidos que nos sitúan en el inicio mismo de la ascensión. Quizás la renuncia a todos los mandatos nos ha situado en esta intersección confusa, la oportunidad de la transfiguración, la encrucijada de la poesía.
Desplegamos una vigilancia insistente que estudia cada etapa del trayecto, esta expedición por la que retornamos a nuestro yo auténtico. La juventud perdida que reaparece en una tardía manifestación del espíritu. Son estas las floraciones del ser, las dádivas del dolor por haber perdido la imagen de una misma en el laberinto. Fue quizás el miedo lo que propició esta maduración, este reverdecer de todo lo invisible que nos habita. Los recuerdos y también las promesas.
Nos queda asumir la contención como consuelo. El dolor que se suprime mediante el silencio. Esta disolución del ser, paulatina. Esta promesa de cariño, olvidada. Porque no hay hijos. No quedan rastros. Ser siempre hijas de alguien, nunca madres. Haber perdido el corazón porque hace frío, frío en el mundo del mañana y el amor es apenas un souvenir.
Demasiado sentimiento para ver el camino. Demasiada comprensión para aceptar el presente. “Demasiada luz es ceguera”. Los días se suceden pesados, sin perspectiva, cuando nos resistimos a asumir la levedad.
El tiempo es ese misterio que cifra nuestra agonía. ¿A dónde se van los momentos felices? Alimentan nuestra memoria, sostienen el espíritu… y desaparecen. El tiempo huye y nada permanece, sobre todo en la vida de la mujer soltera, cuya mirada está puesta siempre en el pasado, en el origen propio, la mirada fija en la infancia constante, principio y final de un destino.