La mirada de Uta

Durante una gira de lecturas en la Alemania del Este antes de la caída del Muro, Günter Grass –o eso relata la fábula–, hace una visita a la catedral de la pequeña ciudad de Naumburg, donde creció Nietzsche. Allí, entre los muros húmedos del monumento, en el coro occidental podemos encontrar las doce estatuas de los fundadores, imágenes de piedra viva, palpitante, entre las que destaca Uta de Ballenstedt, cuyo realismo solo es comparable a su belleza, una imagen que convoca a la fantasía –inspiró a la madrastra de Blancanieves de Disney– y que hechizó a Grass hasta que se vio obligado a escribir esta historia para conocer a esta mujer sobre el papel.

Grass siente curiosidad por la estatua de Uta y convoca a la escritura y a la imaginación para lograr un conocimiento más transcendente de este misterio. Observamos que Uta se alza el cuello del manto sobre la mejilla derecha quizás en un gesto de rechazo hacia su marido Ekkehard II, que protegió las fronteras orientales del Sacro Imperio Romano Germánico. Pero esta historia trata sobre algo más que sobre el enfrentamiento secular entre germanos y eslavos. La mirada de Uta es indescifrable. ¿Qué es lo que contemplaban sus ojos, abiertos de una vez por todas a un mundo insospechado? Quizás el vacío, quizás el vértigo de los siglos, en todo caso algo que  nadie más que ella podía ver.

La escritura es una excusa para el hechizo. Lo que le interesa a Grass es el poder de convocatoria del papel. Allí se reunen los modelos de las estatuas en torno a la mesa, un domingo a las doce, junto al maestro de Naumburg. Es una oportunidad de soñar sus existencias, que se confunden con las de los personajes históricos reales. Hay una confusión en las identidades de esta Uta de Ballenstedt. Hay, desde luego, una pasión por el pasado, una desconfianza hacia el futuro.

“En realidad estoy en contra del color”, dice el maestro. “¿Cómo va uno a llegar al Señor con tanta distracción de colorines?” Piedra gris, sueños. La modelo para Uta es la hija de un orfebre y pide una Coca-Cola. A partir de ahí puede ocurrir cualquier cosa.

Uta cobra vida. Es Jutta, una figurante que Grass se encuentra primero frente a la catedral de Colonia, luego frente a la catedral de Milán. La acompaña su novio, un hombre de apariencia eslava o árabe. Quizás aquí también hay una historia de violencia. El amor es imposible. A Jutta (Uta) le sigue gustando la Coca-Cola. Un compromiso tan cierto como ambiguo con la modernidad. Hay un destino oscuro a través de los siglos. La desilusión de Grass se traslada al texto, un borrador que nunca terminó de pulir. Al mismo tiempo, hay algo que se nos escapa. La mirada de Uta. ¿Lo habíamos olvidado? El espanto de la historia. Tal vez ese secreto nunca será desvelado.  

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Autor: Lorena Porto

Profesora de inglés. Libros y traducción literaria.

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