
El fantasma de Stephen Dedalus parece haberse reencarnado en los dos hermanos Koubek, Peter, un abogado de treinta y dos años, e Ivan, un ajedrecista de veintidós, al tiempo que se enfrentan al duelo tras la muerte de su padre por cáncer. Como en el caso de la novela de Joyce, nos encontramos la representación de unas psicologías atrapadas en un contexto social concreto, aunque aquí trasladado a problemáticas de los milenials como la crisis de la vivienda, el cambio climático, el rechazo del consumismo y la decadencia del catolicismo, además de la representación del tumulto de unas conciencias que no encuentran asideros. En el caso de Peter, la coincidencia entre su voz y la del Stephen del Ulises de Joyce resuena con la sintonía de una auténtica reencarnación literaria, al tiempo que asistimos al flujo de conciencia de un joven atormentado suspendido en la geografía dublinesa.
Stephen Dedalus se negó a rezar ante la cama de su madre moribunda, un acto de apostasía o deserción de la fe que le persigue a lo largo de Ulises. De modo similar, Ivan siente remordimientos por no haber pronunciado el elogio fúnebre de su padre, de lo cual culpa a Peter, pero es Peter quien ha heredado el espíritu de la rebelión. Obligado a mantener una relación platónica con la mujer que ama, con frecuencia contempla la idea del suicidio. Al final de la novela de alguna manera, la red de relaciones en que consiste la vida les mantiene atados al presente, en ese centro mismo del sufrimiento desde el que contemplamos el sacrificio que es la existencia.
La muerte del padre es el origen de la disgregación, el principio del duelo, un periodo en el que ambos hermanos parecen caer en una espiral de odio y destrucción mutuos alimentada por la incomunicación, víctimas de la ley de la entropía que ha desatado esa pérdida. Durante este interludio del duelo, Ivan se enamora de Margaret, una relación que es cuestionada por ser ella catorce años mayor y estar separada, y Peter se debate entre dos relaciones, una física y sensual con la joven Naomi y otra platónica e intelectual con Sylvia, que amenazan su percepción de su propia reputación. Quizás hay un centro de gravedad que puede volver a dar coherencia a estas vidas, la fría casa del padre en Kildare, el perro Alexei, o el paso del tiempo que nos devuelve una y otra vez los rostros de los vivos y nuevas oportunidades para la esperanza. Quizás perdurará la fuerza de la memoria que no deja de brillar con el recuerdo de aquellos días en que fuimos felices y parecíamos tenerlo todo, aquel instante hermoso y perfecto de nuestra biografía anterior a la pérdida, la pervivencia de nuestro ser verdadero en el laberinto de los sueños.
Si hubiese una corriente filosófica detrás de Intermezzo sería el nihilismo. Estamos sujetos a una causalidad materialista, parece decirnos Rooney, que dirige nuestros destinos sin un propósito claro. De ahí se derivan las situaciones absurdas en que se encuentran los personajes, los equívocos cómicos, a veces esa agridulce compulsividad del azar que se alía con nuestra inercia para empujarnos por un camino.
Los personajes se debaten con la admisión de que la vida quizás no tenga sentido, que no es racional ampararse en el relato de la propia historia, que toda explicación consoladora sobre lo que nos sucede podría no ser más que una ficción. Lo único cierto es que el pasado nunca vuelve. Esa es una de las principales enseñanzas del duelo. Y nuestras acciones pasadas, acertadas o erróneas, permanecerán. El presente es escrito con una pluma indeleble. Por eso el duelo a veces implica tanto arrepentimiento, además de dolor por la irrecuperabilidad de los que quizás fueron los días más felices de nuestras vidas.
Quizás nunca volverán esos tiempos felices, pero sus imágenes habitan nuestro presente y nos nutren de esperanza. Si no podemos explicarnos la pérdida, al menos sí podemos dejar que la memoria nos acompañe alimentando nuestro espíritu porque el recuerdo de aquellos días de plenitud nos devuelve nuestro verdadero rostro. Para Sylvia y Peter se trata de su vida en común antes del accidente. Para Ivan, el tiempo compartido con su padre y su perro Alexei. Algún día todo esto será pasado. En ese momento, ¿quién podrá negar el poder de la memoria?
No cree Rooney que exista una moral previa a nuestras acciones, sino que nuestras decisiones van creando las condiciones para la formulación a posteriori de nuestra propia moralidad personal. “Esta vida, la experiencia, nunca hubo nada más”, reflexiona Margaret. El deseo es un poderoso agente de esta arbitrariedad de la experiencia. El deseo y los sentimientos, la nostalgia, la memoria y los sueños, la urdimbre inmaterial de la existencia.


