La gramática de la melancolía

May Sarton escribió su Diario de una soledad entre 1970 y 1971, en un estado de gracia, con el propósito de corregir la imagen idílica que se había popularizado en torno a su solitaria vida en su granja de Nuevo Hampshire tras la publicación de Anhelo de raíces. Si ella misma había contribuido a construir la mitología de Nelson, ahora se hacía necesario destruirla. Porque su vida en aquella aldea también conocía los altibajos de la depresión y la angustia, turbulencias emocionales que ella consideraba esenciales para el progreso espiritual en el esfuerzo por desentrañar el mundo.

Una de sus preocupaciones era el origen y la preservación del pulso creativo. A lo largo de un crudo invierno asistimos a su exposición minuciosa de la gramática de la melancolía. May Sarton escribió en estos diarios sobre el silencio, la soledad, la luz del otoño en Nueva Inglaterra, esa luminosidad en la que se comprende todo fugazmente en instantes irrepetibles, siempre buscando la reparación que surge de la escritura en ese lugar exacto donde prende la raíz, el centro de un mundo, el territorio del sueño.

Consciente de que no se debía evitar el dolor, May Sarton insistió en la búsqueda de esa tensión, el hallazgo de las revelaciones que surgen tras tormentos sucesivos, de ese manantial de donde brota la palabra, la fuente de la creación, el verbo de la soledad. Estos son los trabajos del espíritu, los trabajos de la poesía. Sus diarios registran el empeño cotidiano por adquirir la conciencia de lo sagrado, por vislumbrar el ser en sus fugaces destellos de plenitud, breves instantes de reconciliación con el orden y la belleza del mundo, con el destino construido a lo largo de la existencia, una vida que habitar como un regalo o una promesa del misterio. Cada uno de sus poemas aspiraba a capturar la luminosidad en la que se engendra el mundo.

Su soledad solo se vio interrumpida por su correspondencia, por las visitas, por algún viaje. Le preocupaban la transformación de las relaciones personales en aquel tiempo, las condiciones precarias de la mujer creadora, tenía inquietudes políticas. Defendió su derecho a la vulnerabilidad, el lugar propicio para asistir a la revelación, esos momentos de calma en los que momentáneamente comprendemos el mundo, y que se encadenan como iluminaciones sucesivas a las que aferrarse en un gesto imposible, porque nada es firme, ni los rayos de luz, ni esta palabra escrita, ni la ventisca.