La mirada en el espejo

Kafka escribió estos aforismos que recoge Reiner Stach en la edición de Acantilado, su producción más críptica, a partir del otoño de 1917, cuando, tras su diagnóstico de tuberculosis, se trasladó al pueblo de Zürau con su hermana Ottla buscando el reposo. Aquí Kafka produce unos apuntes para una metafísica que parte del dualismo de las filosofías platónica y judeocristiana, desarrollando un misticismo impregnado de escepticismo existencial, quizá el único tipo de misticismo ya posible en el fin de la historia. Su autoexigencia le llevó a tachar casi todas las frases que iba escribiendo, como si en su interior comprendiese que hay una verdad inalcanzable y más auténtica que solo acierta a intuir, cuya formulación le acecha como acecha a la tierra el negro manto de la noche.

La metafísica moral de Kafka se ocupa de la lucha entre el bien y el mal, y también de la relación entre el mundo sensible y el mundo espiritual. Kafka intuye la existencia de una fuerza que se oculta en el interior de los hombres, lo que él llama el “núcleo indestructible del ser”, que tiene correspondencia con una realidad metafísica cuya objetivación se encuentra en la noción del Paraíso. Su conclusión es que de alguna manera el Paraíso pervive en nosotros y en nuestro mundo. Nuestros vínculos con aquel lugar permanecen, así como el reflejo de sus imágenes en nuestro paisaje, como si la expulsión del Paraíso nunca hubiese concluido porque habitamos esa caída para la eternidad.

A lo largo de sus aforismos, Kafka muestra una preocupación por las condiciones exactas que hacen posible el progreso espiritual. El tema del camino verdadero es una metáfora de esta progresión, de esta construcción del ser, una tarea que sin embargo jamás puede ser concluida, y ahí precisamente reside la esperanza, en la promesa del recorrido, de la indagación. Estos son los episodios en un camino de perfección que es inagotable. Si el bien es identificable con la verdad, los conflictos morales también son conflictos epistemológicos. Se da un grado exacto de tensión en la lucha moral que permite la iluminación. Resulta tan tramposo perseguir el bien a toda costa como perseguir el mal. El espíritu precisa sus estímulos necesarios, un conocimiento que surge de la ambivalencia.

La fe en el ser surge así como el hecho fundamental de la filosofía de Kafka, una convicción redentora que abre el camino a la esperanza porque mientras exista el yo existirá el pensamiento y un misterio digno del asombro. Toda su escritura es un esfuerzo por adquirir la visión donde la oscuridad reina sin dar lugar a otro consuelo que no sea la admisión de la propia derrota, una lección de humildad ante los enigmas.

El elemento original en este camino de perfección es la conciencia de la víctima, un entendimiento doloroso de la historia como una progresión en la extrañeza. Para Kafka saberse víctima es preservar la conciencia del yo, conocerse como humanidad expuesta a un poder inexplicable. A pesar de la humildad ante el destino nunca muere la conciencia de la injusticia. Esta conciencia dolorida permanecerá siempre como un rastro cósmico, como una mirada reflejada en un espejo.

Kafka concibe un cierto fatalismo en la mecánica del mundo que es el que sostiene la injusticia a la que se ve sometida la víctima. Es una ilusión vana pensar que podemos desprendernos de las ataduras. Nuestra existencia está supeditada a las leyes que gobiernan la existencia. Existe un vórtice en torno al cual giramos sin que los aspectos esenciales de nuestras vidas se vean modificados jamás. El cambio y la huida son ilusorios. Este fatalismo ensombrece la experiencia del mundo. El desafío de la historia está en la comprensión de sus episodios, en la superación de la fe en las bondades de la causalidad y el progreso. Kafka nos invita al escepticismo, también a ejercitar el placer de la memoria para salvaguardar todo lo que existe, todo aquello que ya ha sido dado y que no se repetirá a no ser como decadencia. Kafka parte de la asunción de su lugar al final de la historia y su ideología es la regresión, la vuelta a los orígenes para rescatar algo precioso que tal vez había sido olvidado y que precisamos para nuestra salvación.

La continuidad de estos aforismos revela una dinámica a partir de la cual el pensamiento de Kafka busca elaborar la síntesis entre los contrarios que lo atormentan: el bien y el mal, el espíritu y la materia, y este es el verdadero valor de su indagación, esa intuición de la mecánica del espíritu que llega de improviso, cuando ya se había desistido de descifrar el acertijo, y su formulación es apenas un boceto, un par de frases entrelazadas, una línea de puntos que se pierde en un infinito cosmos sin palabras.

Es así como Kafka indaga en las posibilidades del lenguaje para aludir a las verdades del espíritu, un esfuerzo que se queda en la sugerencia de imágenes ciertas pero inaprensibles, porque el lenguaje nunca puede llegar a establecer una correspondencia directa con la verdad, de ahí el carácter fragmentario de estos aforismos, su sintaxis abierta, porque más que sentencias son preguntas o proposiciones, umbrales místicos, acertijos sin rastro de engaño.

El esfuerzo por alcanzar la verdad está emparejado con la búsqueda del bien y el amor, objetivos tan imprescindibles como inalcanzables. Estos aforismos que él mismo tachó cuidadosamente uno tras otro, como negando la posibilidad de su propia progresión, son lo único que nos queda. No puede haber amor donde no hay un esfuerzo por destilar más y mejor la propia intuición sobre la verdad, en un desplazamiento constante hacia el centro de gravedad del universo. Dentro de la jaula del mundo, el amor y el arte representan posibilidades de esperanza.

La existencia, pues, se da también como tachadura, como autonegación y humilde renuncia a la formulación plena de nuestras posibilidades. Si no es posible conocer la verdad absolutamente, tampoco es posible la plenitud. Así como la mayor felicidad está en la renuncia, el propósito de la escritura está en la tachadura, ese instante de duda ante todo lo que existe, y, a continuación, siempre, en esos puntos suspensivos que adivinamos tras el trazo de cada pensamiento, en la esperanza en esos rastros de conocimiento que apenas conseguimos alcanzar.

Toda la serie de reflexiones plasmada en sus aforismos concluye lógicamente, una vez establecida la existencia del mundo espiritual, en la preocupación por la necesidad de hacer el bien, de afrontar el conocimiento del bien y de las acciones que requiere de nosotros para que nuestras vidas adquieran el brillo de una luz fijada en la eternidad, el consuelo de esa trascendencia esquiva.

¿Cómo conciliar la necesidad de hacer el bien con la preferencia por la inacción? La perfección está tal vez en la renuncia clarividente, en la asunción de las humillaciones de la existencia, de ese lugar inferior en el que lúcidamente se sitúa la víctima. Este es el valor supremo del sufrimiento para Kafka, que, si no es una forma de conocimiento, sí es al menos una forma de construcción espiritual colaborativa para la humanidad.

No hay, finalmente, un significado absoluto que explique nuestras vidas. Somos un fragmento de incertidumbre que aspira a la eternidad sin llegar a alcanzarla.

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Autor: Lorena Porto

Profesora de inglés. Libros y traducción literaria.

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